PARAPENTES: El placer de imitar a los cóndores y volar con ellos

domingo, 30 de agosto de 2020 · 01:10

Los parapentistas que se lanzan desde la rampa de El Portezuelo valoran el “plus” de practicar su deporte en simbiosis con las aves rapaces del entorno.

La pista de lanzamiento ubicada a la par de la Hostería “Polo Giménez”, en la cima de la Sierra de Ancasti, es un clásico del deporte provincial. Además -modestia aparte- es el despegue más alto y hermoso de la Argentina. Existe desde hace muchísimos años y por ella han pasado “viejas glorias” del parapentismo y de los vuelos con aladeltas, muchos de los cuales fueron los maestros de quienes hoy vuelan en el país. No debe haber catamarqueño practicante de estos saltos a pura adrenalina que no haya iniciado un viaje desde esa plataforma de montaña que, por estos tiempos ha sido "vestida" con una alfombra artificial muy verde. “Es una donación que agradecemos de parte del arquitecto Jorge Bonader, dueño de canchas de fútbol de césped sintético, que había prometido entregarlas para este fin. Y cumplió”, explica Fabio Leguizamón, uno de los que se mantiene en competencia en el orden nacional con un segundo puesto en Precisión -revelación, ya que es bastante nuevo en la actividad- y un séptimo lugar en la General. Ahora la rampa es mucho más lisa y ha obtenido un despegue mucho más seguro. “Antes teníamos un despegue con lo justo y necesario. Pero esto no es de ahora. Viene desde hace muchos años, más de 30. Los pioneros trabajaron mucho en esto. Tiraron enorme cantidad de camionadas de tierra para que hoy tengamos el despegue cómodo que tenemos, con la inclinación justa que nos favorece”, explican.

Cuentan quienes trabajan en la hostería que los cóndores están habituados a su presencia en el balcón, donde se posan. Desde un tiempo a esta parte, los cultores de estas disciplinas aéreas han notado algo que podría ser una adaptación de las aves rapaces que habitan la zona. Bien es sabido que hay un nido de cóndores a escasos mil metros de la hostería. Pues bien, las aves salen de su condorera cuando notan que hay actividad en la rampa de lanzamiento y se muestran mansos ante la proximidad de las personas. “A mí me tocó la experiencia de que, en pleno vuelo, uno de los cóndores se acerque e intente posarse sobre el parapente, no sé qué habrá pensado hacer, pero sintió que es un material blando y lo soltó”, relata Gabriela Czekus. Incluso “Cuca”, una hembra de cóndor que los pilotos reconocen muy bien, es “amiga” de Guillermo y sale a volar cada vez que el piloto despliega su parapente. “No sé si será que le atrae el color de la tela o si será otra cosa, lo cierto es que me acompaña siempre”, apunta el piloto.

Licencias
La actividad está regulada por la Federación Argentina de Vuelo Libre. Eso significa que para poder llegar a volar en parapente o aladelta es preciso hacer un curso.

Lo primero que se practica es una simulación de vuelo sobre el agua. Es un curso que lo llaman por sus siglas S.I.V. (Simulación Inicial en Vuelo). Allí se aprende sobre las distintas incidencias y situaciones con las que será posible hallarse en el aire, y se capacita al practicante en distintos aspectos como el manejo del equipamiento y nociones sobre meteorología, técnicas de vuelo y otros aspectos.

Cuando un alumno hace el curso obtiene, precisamente, una “Licencia de alumno” que está avalada por el instructor. O sea que puede empezar a volar, aunque siempre asistido por el instructor. Después de eso puede rendir distintas licencias a medida que demuestre sus progresos, por ejemplo, la N3 y la N4, en que ya es “dueño” de volar solo y por donde quiera. Más adelante sigue la Licencia N5, que lo habilita para las competencias a nivel nacional, después sigue la licencia de instructor, y así a medida que aumenta la exigencia.

Información y equipamiento
A diferencia de lo que pasaba antes, ahora –con el desarrollo de las tecnologías de la información- hay mucha información en el mundo a la que se puede acceder. “Recomendamos especialmente una web que se llama El ojo volador, que testea todo lo nuevo que sale en el mercado. Resultan muy útiles sus comentarios, la experiencia que tiene, las explicaciones que da sobre el equipamiento y todo en general”, explica Guillermo Gómez. “Los pilotos de antes no tenían esa suerte que tenemos hoy nosotros. Inclusive el equipo es más seguro ahora, los materiales son mejores”, opinan.

Un punto a tener en cuenta es que el costo del equipo inicial para volar en parapente es algo oneroso teniendo en cuenta la desventaja competitiva del país con una moneda tan devaluada. No obstante, hay ofertas disponibles por cualquier plataforma de compras en Internet. “En caso de darle continuidad a la actividad, es necesario ir reemplazándolo cada cierto tiempo por el desgaste de los materiales. Quien lo usa mucho le puede durar tres o cuatro años, quien lo usa poco, tal vez un par de años más”, indica con su experiencia Román Leguizamón. Por otra parte, es necesario saber que los vendedores de equipamiento “no le venden a cualquiera” sino que se aseguran que el comprador vaya a hacer los cursos y obtenga los permisos necesarios para volar. Por cierto, también los equipos se diferencian en cuanto a talla y niveles de aptitud, por lo que no es lo mismo el de un inicial que el de un experimentado.

Leyes de tránsito
Muchos no saben que para esta actividad rigen leyes de tránsito que hay que respetar durante un vuelo. “Durante los vuelos muchas veces se nos hace necesarios buscar las térmicas, que son corrientes de aire caliente que suben. Hay dos formas de diferenciarlas: visualmente, cuando uno ve que se arma ese “diablillo” de remolinos de tierra, o en los filos de la montaña sobre los que las térmicas “viajan”, o por los contrastes térmicos que se dan, por ejemplo, en parcelas aradas rodeadas de verde. Cuando entramos en esas corrientes ascendentes nos metemos y tratamos de girar con ayuda de los instrumentos de que disponemos”, explican.

Por más destreza que se tenga, es tradición en una jornada de parapente que el primer en salir a volar (el “win dawn”, el que “gana el amanecer”) haga un vuelo de reconocimiento para verificar las condiciones atmosféricas, especialmente el viento. A partir de su “okey”, salen por detrás el resto de los pilotos o bien esperan el momento adecuado.

En decir que “el win dawn es el cóndor. Nosotros imitamos el vuelo que ellos hacen, son nuestra referencia obligada”, coincide a pleno este grupo de unos veinte pilotos que, integrados con muchas otras personas que apoyan la logística de su actividad –fotografiando, alentando, acompañando en viajes, llevando y trayendo equipos y vehículos- le han dado un fuerte impulso en los últimos tres años. Aún a pesar de la cuarentena. “Nuestro deporte no es de contacto, nos mantenemos a bastante distancia uno de otro, cada uno despliega su propio equipo, la verdad es que nos cuidamos entre todos”.

Si el disfrute de los mil tonos de verde desde el balcón de la Cuesta del Portezuelo es impactante para un observador, más deslumbrante ha de ser poder viajar por el cielo y convertirse en elemento de un paisaje de excepción sobre el Valle de Catamarca. Y, si a eso le agregamos que los jóvenes cóndores custodios del Ancasti, acompañan la travesía… bueno. Solo resta revivirlo. Ojalá que sea muy pronto en otra competencia, aunque sea de alcance local mientras dure la pandemia.

Textos: Carlos Gallo
Fotos: Mara Navarro