Relato de la muerte del padre Esquiú

domingo, 12 de enero de 2020 · 08:35

El franciscano Luis Cano, en su libro “Fray Mamerto Esquiú obispo de Córdoba (Argentina)” cuenta pormenores de las últimas horas del Venerable de la Iglesia.

El relator en este libro se valió de fieles testimonios para armar una perspectiva objetiva de la escena del ocaso del ilustre fraile, próximo a ser beatificado según aguarda la grey católica.
Mientras era obispo de Córdoba, “a fines de 1882 surgió en La Rioja la cuestión del cementerio” explica Cano para introducir al lector en los motivos que llevaron a Esquiú a emprender su último y penoso viaje desde su sede en Córdoba hacia la eternidad. La cuestión era que el gobernador riojano había escuchado el ruego del obispo para que el cementerio de su ciudad sea católico, y no como pedía un reglamento civil y laico elaborado ad-hoc. Por ello, Esquiú asistió a impartir la bendición de las instalaciones, el día de la inauguración. Viajó el Mamerto el 28 de diciembre en tren común, renunciando el ofrecimiento de ser agasajado con un coche especial: “No puedo gastar en lujos, esta plata no es mía sino de los pobres”. Ya camino a La Rioja, el obispo repartió comida y sirvió vino a los compañeros de vagón, y comió de las sobras. Cuenta Cano, citando al secretario de Esquiú, Pedro Ignacio Anglade y Torrent, que, fuera de su jurisdicción episcopal, no usó el pectoral típico de los obispos. De los campos salía gente a saludar su paso y Mamerto hacía parar el tren para saludarlos. Entonces los campesinos se lamentaban de la escasez de lluvias y él invocaba de rodillas al Cielo pidiendo esa gracia.
Llegó a La Rioja el último día del año y permaneció hasta el 8 de enero. Aceptó homenajes, pero no a título personal sino por su dignidad; confesó, predicó y, finalmente, bendijo el cementerio. Como se sentía enfermo, recibió medicamentos diciendo “Yo no tengo fe sino en Dios”. Antes de irse celebró misa y le dieron regalos, que en el siguiente viaje repartía a los pobres.
“El miércoles 10 de enero de 1883, a las dos y media de la tarde llegaba la mensajería a la posta del ‘Pozo del Zuncho’ (sic), donde esperaba al Obispo mucha gente”. Luego de bajarlo, lo pusieron “en cama, en un humilde catre de tientos de cuero, en un pobre rancho del lugar. Allí, en aquella soledad semidesértica y rodeado de gentes sencillas y pobres de ese rincón olvidado de Catamarca, pero asistido por su secretario, quien le administró los últimos sacramentos, entregó su alma pura al señor, a las tres de la tarde de aquel día, ‘con una muerte tan dulce como la sonrisa de un ángel’”, escribió Cano citando a Anglade y Torrent.
“Cundió la triste nueva por las cercanías, y vinieron hombres y mujeres a llorar y rezar ante su cadáver, y a besar sus manos, sus pies, su hábito, su cuerda; especialmente su hábito y su cuerda, como si el Señor hubiera querido premiar así el amor que Mamerto les tenía.
A las nueve de la noche, después de rezarse varias veces el Rosario, colocaron el cadáver en la mensajería y, entre rezos y llantos, lo acompañó el pueblo hasta varias leguas del villorio.
Lo llevaban a la estación El Recreo. A una larga distancia antes de llegar, los recibió una multitud que, a pie y a caballo, con faroles encendidos, había salido al encuentro de los restos del santo Obispo a quien conocieran a su paso para La Rioja, y los acompañaron rezando y llorando, en lenta caravana. Fue un espectáculo lleno de emoción e inolvidable para todos los que participaron en él, en aquella soledad, durante esa tibia noche de estío.
El telégrafo llevó a toda la República la noticia de su muerte, y derramó por todas partes el dolor y la tristeza.
En El Recreo esperaba un tren especial para conducir los preciosos restos, que la muchedumbre despidió emocionada.
En la estación Avellaneda, miembros del clero secular y de las comunidades religiosas de Córdoba bajaron el cadáver, para colocarlo en un ataúd de lujo que habían llevado; pero el cuerpo estaba hinchado, y no pudo ser encerrado en él.
Entregaron el cadáver a un Padre franciscano, para que le diese sepultura en la capilla de Avellaneda, bendecida poco antes por el padre Esquiú, y allí fue inhumado sin ataúd y directamente en la tierra.
El padre Esquiú, que tanto amó a su Orden, no tuvo más mortaja que el hábito franciscano, y al ser sepultado, un hermano suyo de religión lo bendijo por última vez.
No permaneció mucho en aquella primera tumba. A las cuarenta y ocho horas fue exhumado para ser conducido a Córdoba, pues así lo dispuso un decreto del Gobierno Nacional.

El corazón
En algunos círculos del país, al conocerse la noticia de la muerte del padre Esquiú, corrió el infundado rumor de que había sido envenenado. Ante la insistencia de los mismos, el Gobierno de la Nación ordenó por decreto que se hiciera la autopsia del cadáver.
Ocho días después de la muerte, y habiendo estado cuarenta y ocho horas sepultado el cadáver directamente en tierra sin ataúd, se hizo la autopsia en el Hospital San Roque, de Córdoba, bajo la dirección y responsabilidad del doctor Antonio Seara.
El cuerpo ofrecía todos los síntomas de la descomposición. En sus vísceras no se encontró ninguna sustancia extraña. En cambio, el corazón estaba intacto.
El doctor Seara, maravillado por el fenómeno, colocó reverentemente el corazón en un frasco con alcohol y lo llevó a su casa, con la intención, según sus propias declaraciones, de enviarlo a Buenos Aires, al museo de Ciencias Naturales.
Don Odorico Esquiú, que había acudido a Córdoba al enterarse de la muerte de su hermano, solicitó al doctor Seara que le entregara el corazón, para conservarlo ‘como un recuerdo de familia’.
El doctor Seara se lo entregó, juntamente con un testimonio autenticatorio, escrito y firmado de puño y letra.
Don Odorico Esquiú vivía en Salta. De regreso a esta ciudad, y a su paso por Catamarca, se hospedó en el Convento de San Francisco. Mostró a los frailes el tesoro que llevaba en una cestilla de mimbre sin ninguna protección. Los frailes le suplicaron que lo dejara en aquel convento, donde mamerto había ingresado a la orden y en el que había vivido tantos años.
Allí quedó el corazón” relata hasta aquí el padre Cano, quien no llegó a saber que esta reliquia fue sustraída vilmente en el año 2008 por un hombre que declaró haberla arrojado a la basura.

Exequias triunfales
Siguiendo el texto, “todos los diarios del país y muchos otros de Bolivia, Uruguay, Paraguay, Perú, Chile, Ecuador y otras naciones americanas dieron noticia de la muerte del padre Esquiú, y publicaron numerosos y extensos artículos elogiando sus virtudes y lamentando su desaparición.
Cuando llegaron las primeras noticias de su muerte a la ciudad de Córdoba, el pueblo, en especial los pobres, agrupados frente a la casa del Obispo, lloraban su desaparición, sin terminar de creer que fuera cierta, hasta que voló por toda la ciudad la nueva de que iba a ser traído su cadáver y sepultado en la Catedral.
Se vio entonces lo que nunca se había visto en la patria: un duelo espontáneo y auténticamente universal. Anticipándose el pueblo a todos los decretos, acudió a tributar a los venerados restos el más grande homenaje que se hiciera hasta entonces a un muerto.
Mamerto, que en vida había rechazado y huido de las aclamaciones populares, recibió en muerte la más grande manifestación de amor.
Desde el jueves 11 de enero, día siguiente al de su muerte, empezaron en la Catedral de Córdoba los oficios fúnebres cantados por el clero secular, que luego continuaron los sacerdotes regulares. Y esas oraciones y manifestaciones de duelo que empezaron en Córdoba, siguieron en todas las provincias y ciudades del país, y en muchas iglesias de Bolivia, del Perú, del Ecuador, del Uruguay, del Paraguay y de Chile, así como en algunas ciudades de Italia, lo mismo que en Alejandría, Nazaret y Jerusalem. Así el duelo llegó a ser no sólo nacional, sino verdaderamente universal.
El clero de Córdoba, el Gobierno civil, el Ejército y el pueblo se unieron en la tarde del 31 de enero para trasladar desde la iglesia de San Roque a la Catedral sus despojos mortales.
El cadáver fue conducido primero por el Vicario Capitular de la diócesis, el Gobernador de la provincia y sus ministros; luego, por sacerdotes y religiosos, y después, por el pueblo, confundiéndose los altos funcionarios con los humildes obreros, pues todos se disputaban el honor de conducir sobre sus hombros aquellos restos queridos.
En el atrio de la Catedral habló el doctor Miguel Juárez Celman, gobernador de la provincia y luego presidente de la República; y dentro de la iglesia, el Deán del Cabildo.
¡Allí quedó el cadáver ocho días expuesto a la pública veneración! El miércoles 7 de febrero, casi un mes después de la muerte, fue depositado el cuerpo en la tumba que se había preparado en la catedral. El Poder Ejecutivo de la Nación había decretado duelo nacional, y la bandera estuvo izada a media asta durante varios días.
En la República Argentina, jamás, ni antes ni después, estuvo un cadáver tanto tiempo sin sepultar y recibiendo honores.
 
N. de la R: Este artículo reproduce fragmentos del libro “Fray Mamerto Esquiú, obispo de Córdoba (Argentina) de Luis Cano O.F.M.

Fotos: Ariel Pacheco