domingo 24 de mayo de 2026
Las nuevas obras de María del Rosario Andrada

Un canto a la sacralidad del mundo frente al extractivismo

La reconocida autora catamarqueña dialogó con la Revista Express sobre sus dos últimos libros. Una profunda reflexión que conecta el impacto del avance extractivista en la puna con la herencia ancestral y la urgencia por defender lo sagrado.

La poeta catamarqueña María del Rosario Andrada presentó dos nuevas obras: El huevo del flamenco (Vincinguerra, 2025) y Trilogía Andina (El Guadal, 2026). Esta última es una antología compuesta por tres libros destacados en su trayectoria: Huayrapuca, la madre del viento; Suri patitas largas y Wanaku. Con un nuevo paso en su labor literaria, las recientes publicaciones reafirman una poética atravesada por un tema fundamental, la puna catamarqueña, y su defensa frente al avance de lo que denomina como “colonización del litio”.

De esta manera, asistimos a la construcción de una geografía poética, que integra lo mítico, lo existencial y, por supuesto, lo político. “Se habla del despojo, por ejemplo, con el destierro migratorio de las aves, pero también de la devastación del paisaje y la aparición de nuevos conquistadores”, describe la autora, en diálogo con la Revista Express.

El escritor Jorge Tula había advertido que el uso de la belleza en la obra de Andrada no obedece a una búsqueda estética vacía, sino que es el vehículo que moviliza la denuncia social. “La belleza contemplativa del lenguaje funciona en estos poemas como un medio, como una excusa para la ‘desocultación del ser’ y un fundamento para la verdad”, escribe.

En este sentido, la poesía de Rosario Andrada va más allá de la denuncia y se atreve a construir un imaginario; un futuro posible frente a este ambiente apocalíptico que retrata verso tras verso. Así parece contradecir al “realismo capitalista”, del que hablaba el filósofo Mark Fisher, quien consideraba que incluso las artes eran incapaces de imaginar “una alternativa” a una sociedad sumida en el capitalismo: “Nada habrá entonces (...)/ hasta que el nuevo cosmos/ se renueve/ y la tierra tenga otro nombre/ y otros hombres.”.

En diálogo con la Revista Express, la autora reflexiona sobre ambas obras:

Bueno, en realidad, sí son dos libros, uno es El huevo del flamenco, que está editado por Vicinguerra, cuyo diseño de tapa, muy bonito, es de Sandra Andrada, mi hermana. Y el otro es la Trilogía Andina, editada por El Guadal. Lo importante en el primero es que es un canto en contra de toda la depredación que existe en los salares y en todo lo que es la puna. El huevo es como un símbolo, algo que está viendo, capturando el paisaje; una sustancia que grita, pero no tiene voz; ve, pero no tiene ojos. Es algo que está inserto en ese paisaje viendo lo que sucede. Aparece también la migración de las aves ante las máquinas que avanzan. Todo esto es producto de la colonización del litio. Es un grito y mi postura ante lo que está sucediendo.

Si bien en el libro se puede observar un ambiente apocalíptico ante el avance extractivista, el hecho de llamarlo “El huevo del flamenco”, según mi perspectiva, obedece a una cierta esperanza. ¿Esto es así?

Sí, es una esperanza de algo que va a nacer o está por suceder. Se mezcla el tema apocalíptico con una esperanza. El último poema, por ejemplo, habla de los nuevos hombres, la nueva vida. Vendrán nuevos nombres, nuevos hombres y la tierra seguirá estando.

La puna es el gran tema de tu literatura. Sin embargo, hay un poema del libro “Profanación en las alturas” que me llama la atención, porque hablás de un “arrepentimiento” o de una “vergüenza” por no haber nacido allí. ¿Cuál fue el momento en que vos llegaste y te enamoraste de ese paisaje o ambiente puneño?

Tuve la suerte de estar tres veces en Antofagasta hace varios años. Y la verdad es que ha sido conmovedor para mí; es uno de los paisajes que me ha quedado grabado permanentemente. Lo que más me atrapó fue la geografía y el gran silencio que hay. Por eso ese libro se llama “profanación”; hay una profanación del silencio, es decir, nosotros con nuestra civilización y su avance hemos profanado el silencio en Antofagasta, como así también devastado la cultura andina. Me caló muchísimo la gente que habita ese lugar y también lo sagrado, porque para mí es un territorio sagrado. Sinceramente, es algo extraordinario, como si estuviéramos en otro planeta.

Es posible notar cierta evolución en cuanto a este tema. Quizás al principio aparece una postura más contemplativa sobre la puna y después ese yo lírico fue mutando hasta adoptar una postura de denuncia social. ¿Considerás que el arte necesariamente tiene que tener compromiso social?

Sí, existió esa evolución, pero no soy de los que dicen que el arte tiene que tener obligatoriamente un compromiso social. Yo digo que sí se puede tenerlo, pero no es una exigencia. El mundo del arte es infinito y se abre para todo. En mi caso, da lugar a esa postura porque uno está viendo lo que sucede con el avance de la explotación del litio y de otros minerales. En definitiva, no queda nada para la provincia, ese es otro tema, y también es preocupante la devastación que afecta a la geografía y a todo. En este libro, El huevo del flamenco, hay un poema que habla del despojo, por ejemplo, con el destierro migratorio de las aves, pero también con la devastación del paisaje y la aparición de nuevos conquistadores. Yo siento que hay un compromiso de fuerza en las palabras; una especie de reflexión hacia el futuro que avizoramos.

Con respecto al tema del extractivismo, en “Wanaku”, incluido dentro de La Trilogía Andina, hay un poema llamado “Atrás quedaron los días del asombro”, en el que se habla de esta nueva colonización. ¿A qué te referís con “asombro” en dicho poema?

Me refiero a que atrás quedaron los días en los que podíamos asombrarnos con la belleza de la naturaleza. Ser sus custodios o vigilantes. Es como si ya no nos importara la ecología y, sobre todo, la contemplación y el valor que se le da a la naturaleza. Por eso dice: “Atrás quedaron los días del asombro cuando la cordillera era tierra de guanacos”. Es decir, estamos en otro momento de la civilización donde nada importa.

Vivimos como si estuviéramos en una serie de televisión: sin que nada nos importe, ni el compromiso social, ni el compromiso ecológico, ni el compromiso solidario. Lo que estamos viendo ahora, política y socialmente, no tiene nada que ver con lo que, me parece, fueron nuestros ancestros, cuyo custodio dirigía toda una civilización, que parecía que se perpetuaba, pero luego fue diezmándose.

En una entrevista con El Ancasti, Víctor Aybar (editor de El Guadal) afirmó que “un escritor no sale de la nada” y remarcó la importancia de resguardar la obra de escritores catamarqueños que fueron y son relevantes, pero que, por diversos motivos, se perdió o quedó fragmentada. ¿Coincidís con esta mirada? ¿Hay grandes escritores cuya obra se perdió y, por ende, no son tan reconocidos?

Sí, totalmente, hay autores que deben ser reeditados, como por ejemplo Juan Bautista Salazar. Él fue uno de los grandes poetas de nuestra provincia y, sin embargo, es muy difícil acceder a sus poemas. Además, hay otros escritores, como por ejemplo Samuel Lafone Quevedo, que tiene historias que deberían ser rescatadas o también Adán Quiroga. Son obras que ya no se consiguen.

El Guadal es una de las editoriales que está marcando un rumbo muy importante para la cultura en ese sentido. El apoyo que están recibiendo los escritores de su parte es inmenso, ya sea por las ediciones cuidadas o por todo el trabajo que hay detrás.

¿Cómo ves a la literatura catamarqueña con respecto a los escritores jóvenes?

Hay mucha gente escribiendo en este momento porque resulta más accesible que en nuestra época; existen elementos tecnológicos que ayudan a su difusión. Lo que sí veo, no sé si en todos los casos, es que a la gente joven le falta mucha lectura. En ese sentido, considero que soy una persona disciplinada; tengo horas de lectura y me propongo leer para escribir.

Para realizar, por ejemplo, Los señores del jaguar, que trata el tema de la llegada de Hernán Cortés a México, necesité de mucha lectura. No solo para comprender el contexto histórico, sino porque hay mucha invención, por ejemplo, de las palabras místicas del libro. La lectura es la base de todo. De allí la importancia de nutrirse antes de escribir algo, de obtener el conocimiento.

Esto es lo único que yo veo que a veces falta. Hay como una cierta orfandad, pero es en general. La gente está más interesada en lo tecnológico que en la lectura. Esto es importante porque nadie inventa de la nada. Los temas nunca son originales, salvo algunas cuestiones que han sido tratadas por grandes escritores en su tiempo y fueron pioneros.

A propósito de este libro, que implicó tanta investigación, ¿sentís que ocupa el lugar que se merece dentro de tu trayectoria?

Para mí, Los señores del jaguar es mi mejor obra, aunque a menudo ha sido un libro ignorado. Significa muchísimo en mi camino porque me exigió un esfuerzo enorme de documentación para poder inventar desde la literatura ese mundo místico de la llegada de Cortés a México. A veces pasa que ciertos poemarios no tienen la misma visibilidad que otros, pero en lo personal, le tengo un cariño fundamental por todo lo que puse en él.

Con respecto a la Feria del Libro en Buenos Aires, ¿sentís que ha tenido buena recepción la literatura catamarqueña?

Me gustaría agradecer porque fue tan impecable la organización del Ministerio de Cultura, Turismo y Deporte. La presentación ha sido de altísimo nivel. Nosotros estuvimos en la Sala Ernesto Sábato con una gran puesta en escena y tuvimos mucha acogida con el público. Estuvo presente Víctor, que iba marcando, leyendo y hablando sobre cada libro y yo leía. Después cantaron Itatí y Belén Parma, realmente fue hermosísimo.

Además de haber estado en la sala, paralelamente, los escritores de la provincia pudieron participar del stand de Catamarca durante la Feria, llevando sus libros y charlando con la gente; lo que generó una muy buena interacción con el público. Por eso me gustaría agradecer a Celia Sarquís y a la ministra de Cultura, Daiana Roldán, sin desmerecer a nadie.

En la feria también se dio la presentación de “Trilogía Andina”. ¿Por qué elegiste esos tres libros para integrar la antología? ¿O fue una decisión de la editorial?

No, eso fue una decisión editorial, que me pareció muy acertada. Víctor Aybar me dijo ‘quiero publicar estos tres libros’, ya que desde hace un tiempo hablaba de la Trilogía Andina. De hecho, escribió un artículo respecto a esto. Me pareció una muy buena idea porque los tres libros que componen la antología hablan de íconos de la cultura calchaquí. Está Huayrapuca, la madre del viento, una deidad diaguita, representada a veces con rasgos de serpiente; en otro libro, Suri patitas largas, que tiene que ver con ese animal, también ícono, presente en innumerables símbolos diaguitas; por último, está Wanaku, que significa ‘guanaco’, en quichua.

Sobre esto, me interesaba hablar de la figura del guanaco, el cual, dicen, fue el camélido que precedió a la llama y al camello. Para mí es el más importante de todos ellos. Su hábitat se extiende desde Ecuador hacia abajo, hasta el sur, en la Patagonia. Los onas, por ejemplo, se abrigaban con su piel. Les permitió asentarse a múltiples civilizaciones. Por eso ese libro es más latinoamericano en todo sentido, habla de Lima, Ecuador, Bolivia, y distintos países, pero siempre ubicándose en la cordillera.

Además de la lírica, ¿escribiste algún otro género?

En narrativa tengo el libro de cuentos Las tres caras de la herejía. Y, además, tengo para publicar en breve un libro llamado ‘Lorenza Pitambalá’, quien fue una originaria que vivió en Santiago del Estero. Yo hago toda la invención de lo que podría haber sido su historia, pero ficcionalizándola través de la literatura. Ella fue juzgada y sentenciada en las postrimerías de la inquisición, ya en los juzgados civiles santiagueños. Eso ya está listo para publicar. Además de eso, estoy trabajando en otros textos; me entusiasma mucho el ensayo. Disfruto mucho la parte de investigación que conlleva.

Antes de cerrar, ¿te gustaría agregar algo o hacer algún comentario para los lectores de la revista?

Me gustaría decirle a la gente que le gusta la literatura que trate de seguir, de leer, y acercarse a grupos que compartan las mismas afinidades. Yo no tuve la suerte, en su momento, de tener la cantidad de talleres literarios que existen ahora y que permiten a uno no solo pulir su escritura, sino interactuar con otras personas; una parte fundamental de la literatura. También decirles que se acerquen a la lectura, la investigación y que sigan escribiendo, eso es lo más importante.

Texto: Colaboración de Neuhén Vázquez

Sobre la autora

María del Rosario Andrada es poeta y narradora. Nació en Catamarca, Argentina, en 1954. Es autora de los poemarios: Uvas del invierno (1978); Casa olvidada (1982, Municipalidad de la Capital); Tatuaron los pájaros (1988, Botella al Mar); Anuín y los senderos del fuego (1992, Último Reino); Los cánticos de Otmerón (1998, Último Reino); Profanación en las alturas (2004, Último Reino); El Último resplandor (2007, Del Dock); Los Señores del jaguar (2011, Vinciguerra); Huayrapuca, la madre del viento (2014, Vinciguerra); Suri patitas largas (2015, Del Dock); Wanaku (2017, Lisboa); Obra poética reunida (1978-2018- Ed Lisboa); Mapamundi (2021, Ediciones En Danza); El huevo del flamenco (2025, Vinciguerra); Trilogía Andina (2026, El Guadal).

En el género cuento ha publicado Las tres caras de la herejía. Antologías: Poesía de la Mujer Argentina, de María del Carmen Suárez; Antología de poetas del Noroeste, de Santiago Sylvester (Fondo Nacional de las Artes) y Poetas argentinas, de Irene Gruss (Del Dock).

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