jueves 16 de julio de 2026
Cara y Cruz

Todo lo que cabe en solo un partido

A la criolla, con la prepotencia del talento y la garra desde el minuto cero, la Scaloneta capitaneada por Lionel Messi se llevó puesto a su rival más emblemático y lo sacó del Mundial una vez más, 40 años después de aquel otro épico triunfo en México.

A la criolla, con la prepotencia del talento y la garra desde el minuto cero, la Argentina va por su cuarta Copa del Mundo. A la criolla, con la prepotencia del talento y la garra desde el minuto cero, la Argentina va por su cuarta Copa del Mundo.

Messi brilla definitivamente junto a Diego Maradona, inalcanzables en lo más alto del firmamento futbolístico internacional, manifestaciones de la más pura destilación de un estilo hecho a potrero y corazón. Civilización y barbarie, que eso somos, sí señor, ante el que se cuadre.

“Todo cuanto sé con mayor certeza sobre la moral y las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”. Dicen que eso dijo alguna vez Albert Camus. Cómo no aplicarlo a este Seleccionado que tanta felicidad le da al sufrido pueblo argentino.

La moral y las obligaciones de los hombres: cumplidos los protocolos retóricos de circunscribir la semifinal contra Inglaterra al concepto de “solo un partido”, la Argentina salió a ganar con un empuje de sentido diametralmente opuesto al aserto.

Desde el Himno Nacional rugido con fiereza para tapar los abucheos de la hinchada pirata al glorioso trapo con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” en los festejos del final, pasando por las rudas fricciones para imponer respeto desde el primer cruce, los dirigidos por Scaloni protagonizaron otra hazaña de fuste para anotar en el largo historial del enfrentamiento con los británicos.

Los argentinos les mostraron los dientes y los apichonaron. Tras el 1-0 marcado por Gordon a los diez minutos del segundo tiempo, los ingleses se colgaron del arco resignados a resistir, pero la Argentina los cercó en media hora de juego brillante y selló el triunfo en siete minutos: la magia de Messi conectó primero para el golazo del empate de Enzo Fernández, a los 85 del cotejo, y después para el cabezazo lapidario de Lautaro Martínez.

2-1 y a la lona. La felicidad infinita del estadio de Atlanta se replicó de inmediato en las muchedumbres lanzadas a las calles de todas las ciudades y pueblos del país, desbordadas del más legítimo y sano de los orgullos.

Torazos en rodeo ajeno, Messi y sus muchachos confirmaron su inobjetable pertenencia al linaje de los héroes contra la altiva Inglaterra, que Diego Maradona había desenterrado en el ’86 con la “mano de Dios” y el mejor gol de la historia de los mundiales.

El desafiante Antonio Rattín del Mundial del ’66 se fue pocos días antes de esta última gesta, pero la habrá disfrutado desde donde sea con Miguel Rugilo, consagrado “el león de Wembley” en 1951, y Ernesto Grillo, autor de un golazo de antología a la valla de la Rubia Albión en 1953. Entre tantos otros.

“Solo un partido”, puede ser. Pero cuánto cabe en solo un partido que los argentinos sienten como un tiro para el lado de la Justicia. Todo el coraje, toda la pasión, toda la inteligencia puestas para la revancha por los “pibes de Malvinas”.

Argentina está otra vez en la final de un Mundial, contra España. Vamos por la cuarta en los Estados Unidos, a completar la faena que allí mismo le arrebataron a Maradona en el ‘94.

Sin temor a las exageraciones, que al fin y al cabo “solo son partidos”, vale sentir que el fútbol puede ser la continuación de la guerra por otros medios.

Que no habrá la Argentina de recuperar sus islas por esto, vaya perogrullada. Contra tamaña obviedad, la Selección demuestra que se puede alcanzar la gloria a puro talento, corazón y belleza. Sin necesidad de matar a nadie.n

Seguí leyendo

Te Puede Interesar