La presencia de miles de ratas invadiendo viviendas, patios y comercios en la ciudad de Recreo no debería sorprender a nadie que haya seguido con atención lo ocurrido apenas un mes atrás en San Antonio, localidad vecina del mismo departamento La Paz. Allí, las lluvias y la llegada del invierno —que empuja a los roedores a buscar refugio y alimento en zonas pobladas— combinadas con la acumulación de basura, generaron una invasión de características casi idénticas a la que hoy padece Recreo. En San Antonio hubo una advertencia explícita, formulada a tiempo, y desoída, lo que permite explicar la propagación de la plaga.
Noelia Cordero, concejala de Icaño, municipalidad que tiene jurisdicción sobre San Antonio, reclamó oportunamente la declaración de emergencia sanitaria, que habría habilitado tareas concretas y sistemáticas de desratización, limpieza, desmalezamiento y retiro de chatarra. Ninguna de esas medidas se implementó adecuadamente y el resultado está a la vista.
Lo más preocupante es que la propagación no era un escenario hipotético, sino una posibilidad que los propios especialistas habían anticipado con precisión. Basta un dato para dimensionar la magnitud del error: una pareja de roedores puede generar entre 7.000 y 10.000 individuos en apenas un año, con camadas de 8 a 10 crías cada 21 días. Las demás localidades del departamento, que contaban con esa información, tampoco parecen haber tomado los recaudos preventivos que la situación exigía.
Lo ocurrido en Recreo es, en definitiva, el resultado de una subestimación que hoy se paga cara. Y conviene ser claros respecto de qué es lo que está en juego. No se trata únicamente de una situación desagradable o antiestética, sino de un problema de salud pública de primer orden. Las invasiones de roedores son un vector reconocido de enfermedades graves, entre ellas el hantavirus, además de otras infecciones asociadas a la contaminación de agua y alimentos.
Resulta urgente, entonces, que las autoridades municipales y provinciales actúen con la premura que la situación demanda, en al menos tres frentes simultáneos. Primero, el combate directo de la plaga en Recreo, con recursos técnicos adecuados y no con improvisaciones tardías. Segundo, la prevención activa en las localidades circundantes, que deben asumir que el riesgo de contagio territorial es real y no un supuesto remoto. Y tercero, un aspecto que suele quedar relegado en la discusión pero que es igual de crítico: qué hacer con los miles de animales muertos que hoy se cuentan en Recreo. Sus cuerpos, en proceso de descomposición, constituyen en sí mismos un foco infeccioso adicional, y su remoción y disposición segura debería ser tan prioritaria como el control de los ejemplares vivos.
Lo sucedido en San Antonio y Recreo debería quedar como un antecedente ineludible para la gestión de crisis sanitarias locales en toda la provincia.