Sobre el cierre del año 2022, funcionarios del gobierno nacional muy cercanos al presidente Alberto Fernández deslizaron a algunos medios que es intención del oficialismo acordar con la oposición algunas políticas de Estado. Según la agencia Noticias Argentinas, que se hizo eco de esos rumores, una de esas fuentes, que prefirió el anonimato, dijo: “Tenemos la oportunidad de sentarnos en una mesa y programar 10 medidas para que se conviertan en política de Estado, pero después es como el tango: hacen falta dos para bailarlo”. Y luego agregó: “Hay que sentarse a charlar con todos los sectores para que los puntos de acuerdo se transformen en políticas de Estado. Si lo hacemos solos es una cuestión electoral y si lo hacemos juntos nos beneficiamos todos”.
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Responsabilidad que no se cumple
Las convocatorias al diálogo en la política nacional de las últimas décadas han sido declamaciones sin sustento alguno en la práctica. Tanto Néstor como Cristina Kirchner fueron señalados como presidentes sin vocación de diálogo con los sectores opositores. Razones no faltaban para ese argumento. Pero entre 2015 y 2019 gobernó Mauricio Macri, de Cambiemos y no hubo la apertura que había anunciado durante la campaña proselitista, sino una postura de rigidez extrema que cerró las puertas a cualquier posibilidad de debate constructivo. Lo mismo ocurrió con el actual presidente, que no solamente prometió ser un gobierno dialoguista sino que además propuso la creación de espacios para el intercambio con la oposición y todos los sectores representativos de la sociedad civil, sin que éstos se hayan materializado, o al menos no con la enjundia de aquella promesa.
Apenas atisbos de convocatorias para intercambio de opiniones se advierten cuando el gobierno se encuentra en una situación de debilidad. Le pasa al actual en esta coyuntura y cuando perdió las elecciones de medio término en 2021. Algo similar ocurrió con Cambiemos luego de la derrota de las PASO en agosto de 2019. Recién Macri se acordó de llamar a la entonces oposición. Como ya se ha sostenido en varias oportunidades en esta misma columna, promover el diálogo debe ser una actitud permanente, no una postura forzada por necesidades electorales.
En rigor, llama la atención la ausencia de vocación para el diálogo. En principio porque la construcción colectiva de políticas siempre es superadora de la construcción individual. Y las autoridades en ejercicio serían, además de la sociedad, beneficiarias directas del éxito de una o varias políticas públicas. Pero además porque la sociedad argentina en general convalida el diálogo como estrategia de concertación y espera esos gestos que al final nunca llegan.
Puede entenderse como una postura de incauto esta apelación al diálogo en el país de las grietas, pero deberá llegar el día en que se entienda que generar instancias de intercambio y de esfuerzos para llegar a consensos mínimos sobre temas estratégicos, es una responsabilidad de cualquier gobernante o de dirigente que aspire a serlo.