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Opinión

Nombrar lo que incomoda

Por Rodrigo Morabito

6 de abril de 2026 - 10:41

Hay violencias que duelen. Y hay violencias que, además de doler, necesitan ser nombradas con precisión. Vivimos en una sociedad atravesada por múltiples formas de violencia; robos, homicidios, conflictos interpersonales, exclusión social. Negarlo sería absurdo. Pero dentro de ese universo hay una violencia que no es igual a las demás. No por capricho, ni por moda, ni por ideología. Sino por su causa, su lógica y su persistencia histórica; la violencia de género.

Decir que existe violencia de género no es negar que los hombres también pueden ser víctimas. Es, simplemente, reconocer un dato verificable; muchas mujeres son agredidas, sometidas o asesinadas en contextos donde el factor determinante es su condición de mujer. No es un detalle. Es el núcleo del problema.

Esto no es una construcción discursiva de jueces o juezas “sensibles”. Es un reconocimiento jurídico consolidado a nivel internacional y nacional. Lo han dicho organismos con autoridad indiscutida; el Tribunal Europeo de Derechos Humanos, la Corte Interamericana de Derechos Humanos, la Corte Suprema de Justicia de la Nación y múltiples tribunales del país. No es una opinión. Es un estándar.

Negar esta realidad no es una postura neutral. Es una toma de posición. Es elegir no ver.

Porque la violencia de género no se define solo por el resultado (una lesión o una muerte) sino por el contexto; relaciones de poder desiguales, patrones culturales arraigados, situaciones de dominación, control y desigualdad estructural. Allí es donde el derecho tiene la obligación de mirar con mayor atención.

En ese marco aparece la perspectiva de género. No como un privilegio, sino como una herramienta. Una herramienta exigida por los sistemas internacionales de derechos humanos para evitar decisiones injustas, para comprender mejor los hechos y para proteger a quienes históricamente han sido más vulnerables.

Aplicar perspectiva de género no es “fallar a favor de alguien”. Es fallar mejor. Es fallar con mayor información, con mayor sensibilidad jurídica y con mayor apego a la realidad.

Claro que existe violencia social. Y claro que hay múltiples víctimas todos los días. Pero también es cierto (y profundamente incómodo para algunos) que muchas mujeres mueren por el solo hecho de ser mujeres. Eso no es ideología. Es un dato.

La diferencia entre una sociedad justa y una indiferente no está en si hay violencia (porque la hay) sino en si somos capaces de reconocer sus formas específicas.

Nombrar la violencia de género no divide. Lo que divide es negarla.

Porque cuando la realidad incomoda, siempre habrá quien prefiera discutir las palabras antes que transformar los hechos.

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