El Mirador Político

Los desafíos de una universidad que se cierra sobre sí misma

1 de noviembre de 2026 - 00:05

La Universidad Nacional de Catamarca atraviesa, como el conjunto del sistema universitario argentino, un tiempo de estrecheces presupuestarias que nadie sensato puede desconocer. El desfinanciamiento de la educación superior, consecuencia de una política nacional que no la considera una inversión estratégica, es una realidad que condiciona salarios, investigación, infraestructura y becas. Pero sería un error, y también una forma de comodidad institucional, atribuir a ese factor todos los males de la casa de altos estudios. Los desafíos que la UNCA tiene por delante, y los problemas que aún no ha resuelto, tienen que ver en buena medida con su estructura y con su método de funcionamiento, y para enfrentarlos no hace falta esperar ningún cambio en la política del Gobierno nacional, al margen de los legítimos reclamos presupuestarios.

Uno de los primeros interrogantes es qué profesionales forma la universidad y para qué Catamarca. La provincia tiene un enorme potencial en minería, energía, agroindustria, turismo, servicios y economía del conocimiento, y requiere técnicos y profesionales con las competencias necesarias para desarrollarlo. Esa demanda convive con una oferta académica que, en muchos casos, ha evolucionado más por inercia que por una lectura de la realidad productiva. Es cierto que todas las profesiones son necesarias y que cada una aporta a mejorar la realidad provincial, por lo que ninguna disciplina debe ser desvalorizada. Pero también es cierto que a la UNCA le corresponde la responsabilidad de pensar estrategias, y de generar los incentivos, que orienten a los jóvenes hacia las carreras con salida laboral rápida en el ámbito local. Una universidad pública que no dialoga con el territorio en el que está inserta corre el riesgo de formar graduados que, para trabajar de lo que estudiaron, deberán emigrar. O trabajar de otra cosa.

Aire fresco y renovación

Esa vinculación con el medio exige, a su vez, una universidad capaz de renovarse. Toda institución que se cierra sobre sí misma termina padeciendo la falta de oxigenación. La UNCA necesita el aire fresco que implica la renovación de sus planteles directivos y docentes, y ello obliga a revisar, en primer término, los mecanismos con que se elige a sus autoridades. La conducción de la universidad y de las facultades se define, en la práctica, mediante acuerdos cerrados, sin debate público de proyectos ni de propuestas, y en asambleas universitarias donde el voto es cantado y no secreto. Difícilmente pueda hablarse de libertad de elección democrática cuando quién vota debe hacerlo a viva voz, a la vista de quienes pueden condicionar su carrera, su cátedra o su futuro dentro de la institución. El voto secreto, conquista elemental de cualquier sistema republicano, no debería ser ajeno a la casa que forma a los ciudadanos y dirigentes del mañana.

La UNCA necesita el aire fresco que implica la renovación de sus planteles directivos y docentes, y ello obliga a revisar, en primer término, los mecanismos con que se elige a sus autoridades. La UNCA necesita el aire fresco que implica la renovación de sus planteles directivos y docentes, y ello obliga a revisar, en primer término, los mecanismos con que se elige a sus autoridades.

La misma lógica se advierte en la designación del cuerpo docente. La falta de concursos, o su realización mediante mecanismos que reciben cuestionamientos permanentes desde adentro mismo de la universidad, impide a veces que las cátedras sean ocupadas por los más capacitados. La antigüedad y la trayectoria dentro de la institución son valiosas, pero no siempre se corresponden con los mejores antecedentes ni con los conocimientos más sólidos.

Hacen falta, entonces, nuevas voces, nuevas miradas y renovadas perspectivas que enriquezcan la oferta académica. Hace falta también una capacitación sistemática de los docentes, que no puede quedar librada a la iniciativa individual, y una integración más profunda con la comunidad, de la cual debe sentirse parte. La renovación necesaria implica la realización de concursos docentes de manera continua y la democratización del acceso a los cargos directivos, pero implica además una ampliación del debate que involucre a todos los claustros. Hoy, estudiantes y hasta sectores gremiales son cooptados por las estructuras jerárquicas, lo que restringe el proceso de democratización interna y vacía de contenido la representación que esos actores deberían ejercer con autonomía.

Finalmente, la renovación supone una mayor publicidad de los actos y transparencia en la comunicación de lo que se decide en la UNCA. Una universidad pública, financiada por todos, debe rendir cuentas a la sociedad: informar cómo se resuelven los concursos, cómo se adoptan las decisiones, cómo se asignan los recursos. La opacidad no es un rasgo neutro, sino que favorece a quienes ya detentan el poder y desalienta la participación de quienes podrían cuestionarlo.

Experiencia exitosa

Podrá argumentarse que la crisis es generalizada en la educación argentina, y que no es justo exigirle a la UNCA lo que el sistema en su conjunto no logra. El diagnóstico es correcto, pero no exime de responsabilidades. Sería injusto, además, ignorar que existen experiencias exitosas, incluso en la propia provincia. El Sistema Educativo municipal de la capital catamarqueña puede exhibir logros sustantivos, que se apoyan en la innovación pedagógica, el acompañamiento de las trayectorias educativas, la integración de los sectores vulnerables, la formación docente continua, la capacitación en oficios y en las nuevas demandas orientadas a la inserción laboral, y la autoevaluación institucional.

Y, por sobre todas las cosas, en la implementación de mecanismos para jerarquizar el acceso a los cargos directivos y docentes mediante concursos de antecedentes y oposición, que buscan dotar de objetividad y mérito técnico a la cobertura de las vacantes dentro del sistema comunal.

Si un sistema educativo municipal pudo avanzar en esa dirección, no hay razones para que la universidad, que se define a sí misma como ámbito del pensamiento crítico y del saber, no lo haga. La autonomía universitaria es una conquista que debe defenderse con firmeza frente a los embates externos, pero no puede convertirse en un escudo contra la exigencia de transparencia, mérito y democracia interna. La UNCA tiene la oportunidad de demostrar que la mejor defensa de la universidad pública es una universidad que se renueva, que se abre y que está a la altura de la provincia a la que sirve.

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