Cada escritor tiene su propio Macondo, diría. El mío, la tierra fecunda adonde van a hundirse las raíces de mi palabra, es Guayamba.
Por Celia Sarquis
Cada escritor tiene su propio Macondo, diría. El mío, la tierra fecunda adonde van a hundirse las raíces de mi palabra, es Guayamba.
A veces pienso que pude haber nacido ahí. Estuve en el vientre de mi madre un mes antes de ver la luz. Más allá de eso, es la patria de mi corazón.
No era la tierra de mis ancestros. La historia se inicia con mi padre, buscando un lugar tranquilo y fresco para el verano. Y bien que lo era. Transcurrí gran parte de mi infancia y adolescencia en un poblado pequeño sin luz eléctrica, sin agua potable, un lugar ignoto para todo el mundo. “¿En qué país queda? -me preguntaban- ¿Y no te aburrís?” concluían cuando les describía eso, que era lo más cercano al primitivismo.
(Anquincila era la tierra de mi abuelo, lo supe después, y hay cierta hermandad en esos territorios fecundos.)
El río estaba a la par de casa. Me dejaban montar a caballo “a pelo”, treparme a los árboles, revolver la leche, siempre en sentido del reloj, mientras las lenguas del fuego relamían el hollín de la paila. Gran parte de lo “churita” que soy para el trabajo, lo aprendí ahí, insertándome en las tareas diarias de la casa.
Mis padres no se acercaban ni remotamente a unos granjeros. Sin embargo, tengo tantos recuerdos sobre la abundancia de esa tierra. El año que sembraron porotos y pusieron la parva en la galería, y me hacían saltar encima, para lograr que las vainas entreguen las semillas. Cuando me mandaban al maizal a traer mazorcas para cocinar, y saber reconocerlas por la madurez del “pelo”. Las horneadas de pan, que empezaban al mediodía y terminaban con el farol a querosén, la cosecha de las nueces y regresar a la ciudad con los dedos negros de pelar. Y lo más exquisita: ese año del trigal, las flores chascas y doradas, ondeando al sol.
Cuando era niña, a la par de casa vivía don Nascionceno y doña Ramonita. Ellos tenían su huerta y sus gallinas ponedoras, y nos regalaban las verduras frescas y los huevos. “Para la shulca” decían. Mis padres retribuían con cosas difíciles de conseguir: azúcar, aceite, cosméticos para la coquetería de ella (la recuerdo con dos trenzas largas, que se afinaban al llegar a la cintura, a la altura de su eterno delantal, un delantal con aroma a humo que yo aspiraba cuando me abrazaba a ella).
¿Adónde voy con todos estos recuerdos? A la bienaventuranza de esa tierra, generosa, fértil, que todo lo que se siembra, germina y fructifica; donde los animales se multiplican, sanos; donde el agua transita, cristalina, por el medio del poblado. Ya sé que no es fácil ser agricultor, que el granizo, que la helada tardía, que la lluvia demorada. Pero de eso vivieron los hombres de ahí, de la tierra, de sus animales, de laboriosidad de sus manos.
Después vino el cambio, la comodidad del maíz comprado en bolsas, y las sementeras se cubrieron de yuyales.
Hoy, algo parece sacudir el polvillo que los adormece. Algo que ha elevado nuevamente la dignidad del serrano. De esos hombres y mujeres que conocí, altivos y corajudos. En hora buena.
Porque la tierra es de ellos, de ellos es la decisión de lo que se puede o no hacer. Y eso debe respetarla el que sea elegido para representarlos. La tierra es la gran dadora, hay que cuidarla. Que no sea una frase hecha ni un simulacro de un rito simpático. Incluso para el que va de visita, de paseo: hay que hacerlo respetar ese hogar, nido de las aves, guarida de los animales. Y el bosque protegido, porque cada árbol tiene una estirpe de años.
Toda mi vida admiré la sabiduría y la laboriosidad de esos hombres y mujeres. “Va a nacer una ternera, mire como tiene inclinada el anca para ese lado”. “Rubia, su moro anda para la laguna, vaya con el lazo”. “Tenga cuidado, el río está enojado”.
Todo escritor tiene su patria en la infancia, lo demás es recuerdo, dijo Rilke.
La mía transcurrió en esta tierra fecunda y mágica. En esa tierra que hoy es y debe ser defendida por quienes son los verdaderos dueños. Y que ese impulso los (nos) reconecte con el verdadero sentido de la vida.