Los éxitos deportivos dependen de múltiples factores, entre ellos, por supuesto, el talento del atleta. Y también el azar. Pero hay componentes esenciales que influyen particularmente en los procesos de mediano y largo plazo: la planificación; los liderazgos positivos; el compromiso; la solidaridad con el compañero; el trabajo sinérgico, es decir, en equipo y coordinado de tal manera que la potencia que se logra es superior a la simple suma de esfuerzos; la convivencia madura, que respeta las diferencias de criterios pero las analiza para, eventualmente, corregir errores y crecer; la empatía; la proactividad; la pasión; la convicción de que, al margen de los resultados, se está en el camino correcto…
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En el fútbol como en la política
La Selección argentina comandada por los dos Lionel, Messi y Scaloni, uno desde adentro de la cancha y otro desde afuera, ha reunido los valores enunciados más arriba. No ha sido fácil. Fue, como todo proceso, un recorrido a veces zigzagueante, plagado de obstáculos, con replanteos y objeto de miradas críticas, algunas directamente destructivas que, aunque dolorosas para el grupo humano, una vez procesadas se convirtieron en combustible para continuar adelante con una mayor convicción.
La experiencia –positiva o negativa- del fútbol de alta competición puede trasladarse a procesos de otra índole, como los políticos
El triunfo del equipo de fútbol que representó a la Argentina en el Mundial de Qatar se nutrió de esos valores y ese combustible surgido de la negatividad de miradas apresuradas y además erróneas. Se emparentó, de alguna manera, con aquel equipo que llegó a instancia similar hace 8 años, en Brasil, en aquella oportunidad comandado por Alejandro Sabella y que perdió la final con Alemania 1 a 0.
En el medio de ambos procesos exitosos hubo otro frustrante: el de Rusia 2018. No por el resultado, que en todo caso reflejó cierto estado de descomposición del grupo humano, sino porque careció de aquellos valores. Sin liderazgos claros ni mucho menos positivos, con más improvisación que planificación estratégica, con esfuerzos dispersos, individuales y sin coordinación, problemas de convivencia, diferencias de criterio que crearon recelo y no un aprendizaje positivo…
No existe, en ninguna disciplina deportiva, pero mucho menos en el fútbol, donde lo imprevisto suele tener una incidencia a veces gravitante, una garantía absoluta de que los procesos fundados en los valores aludidos tengan éxito. Y, por el contrario, que los que carecen de ellos estén condenados inevitablemente al fracaso. Pero hay mucha más probabilidad de éxito si estos valores están presentes que si no lo están.
La experiencia del fútbol de alta competición puede trasladarse a procesos de otra índole que, aunque tiene cada uno sus particularidades, comparten sin embargo los rasgos generales.
Desde esta perspectiva de análisis es posible señalar que los fracasos políticos en la Argentina se deben en parte a la carencia de objetivos colectivos, a la improvisación, a la incapacidad para el trabajo en equipo, para el reconocimiento de las diferencias como oportunidad para un enriquecimiento mutuo, a la vigencia de liderazgos que propenden a la hegemonía y no a la conducción democrática y pluralista de un espacio determinado.
Los proyectos deportivos, si carecen de los valores que enriquecen el proceso, pueden ganar partidos, pero difícilmente campeonatos. El razonamiento puede aplicarse a los que recorren el camino de la política: pueden ganar elecciones, pero muy improbablemente serán capaces de producir las transformaciones de fondo que se necesitan para corporizar una sociedad más justa, más igualitaria, más democrática y de mayor calidad institucional.