viernes 9 de octubre de 2026
Memorias de la tierra

El canto del agua

Por Lorena Elizabeth Monroy Quevedo

Nos enseñaron a ver la historia desde la sombra, a creer que el esfuerzo de las manos callosas era solo resignación, y que el silencio de los barrancos era olvido.

Pensemos en ellas, en aquellas lavanderas del río Santa María, cuando el agua tenía todavía una pureza de espejo y una transparencia tan viva que se podía mirar el fondo de la arena. Era un agua que nacía de las entrañas de viejas vertientes ocultas en los cerros, corriendo fresca y bullanguera todo el año por entre los grandes barrancos que abrazaban el valle. En aquellos tiempos en que el río aún no conocía la sed, cada amanecer traía consigo un murmurro de plata y el reflejo del cielo limpio sobre la orilla, donde estas mujeres tejían la verdadera trama de la vida.

Allí, donde el paisaje se abría generoso, comenzaba el día de las lavanderas. Eran las mujeres santamarianas de los sectores populares, almas fuertes y discretas de los siglos diecinueve y veinte, que sostenían al mundo desde el silencio de su esfuerzo.

Mucho antes de que el sol asomara con fuerza, dorando las cumbres, el día ya encendía sus exigencias para ellas. Con los atados de ropa ajena bien sujetos —provenientes de las casas de los comerciantes, de los hacendados o de hogares con mejor pasar—, emprendían el camino hacia la ribera. Ellas bajaban a la vera del río, desafiando las pendientes con la batea al hombro o el bulto equilibrado con una gracia ancestral.

El trabajo comenzaba mucho antes de que las telas tocaran el agua. Había que separar con paciencia las prendas: el lino ajado, la ropa blanca que exigía devoción y los pañales de tela que guardaban los secretos de la infancia. Luego venía la preparación del jabón de vaca, hecho en casa con esmero, y la búsqueda del pocotillo, esa medicina milagrosa que la tierra regalaba para arrancar las sombras amarillentas y devolverle la blancura inmaculada a las sábanas de los patrones.

Arrodilladas o inclinadas junto a la corriente, las mujeres sumergían sus manos en el agua fría que adormecía la piel. Refregaban una y otra vez sobre la madera de las bateas o contra las piedras alisadas por siglos de cauce. Era un vaivén rítmico, un latido constante que se fundía con el canto de los pájaros y el viento juguetón de la tarde.

Tallar, enjuagar, exprimir. Cada prenda pasaba por sus manos como si fuera un tesoro delicado. Y cuando el sol comenzaba a templar el valle, tendían la ropa a lo largo de la ribera, creando un paisaje efímero de blancuras suspendidas que flameaban suavemente, como un ejército de banderas levantadas por la dignidad del trabajo.

El esfuerzo, sin embargo, no terminaba con el sol de la tarde. Al regresar a sus hogares cargadas con los bultos secos, comenzaba el segundo acto de la jornada: el planchado. Las pesadas planchas de hierro se alimentaban de brasas encendidas o se calentaban sobre el fuego de la cocina, y con ellas alisaban cada pliegue con una prolijidad casi artística.

Detrás de aquella labor invisible aguardaba la otra vida: la de la casa propia. Eran madres y esposas que, tras horas de soportar el dolor en la espalda y tener las manos ajadas por la humedad y la lejía, debían encender el fogón para los suyos, amasar el pan, cuidar a los hijos y remendar la ropa propia a la luz de un candil.

Por todo ese sacrificio, el pago —aquel "mosle" tan mentado o la condición de sirvientas discretas en las casas grandes— era a veces exiguo, dependiendo de la generosidad ajena o de las costumbres del pueblo. A veces se pagaba con unas pocas monedas, otras con alimentos o con la promesa difusa de una ayuda. Pero para aquellas familias, ese ingreso representaba la única muralla firme contra el hambre.

Con la llegada del agua corriente, el oficio fue apagándose lentamente, transformando el paisaje del río. Hoy, cuando miramos el cauce cambiado del Santa María, el eco de aquellas mujeres aún palpita en el viento. Eran mucho más que trabajadoras anónimas; eran la poesía viva y sufrida de un pueblo que se construyó, hilo por hilo, sobre la fuerza inquebrantable de sus manos.

Seguí leyendo

Te Puede Interesar