miércoles 7 de octubre de 2026
Colección SADE

La escritura como territorio de la memoria en "Jacinta", de Sara Aidé Madueño

María Elisa Argerich (UNCa.)

Claudia Patricia Freddolino (UNCa)

El punto de vista de quien escribe está moldeado por sus experiencias.La fusión de esas experiencias construye el modo en que un escritor ve y comprende el mundo, determina qué conceptos son inteligibles, qué afirmaciones son escuchadas y entendidas, qué características son relevantes, qué razones se consideran contundentes, qué conclusiones son creíbles. (Estrategias de la memoria, María Teresa Andruetto- 2025).

La investigación literaria en el ámbito de las letras catamarqueñas suele revelarnos la presencia de textos que han permanecido silenciados en los márgenes de la historiografía oficial, a la espera de una lectura crítica capaz de restituirles su legítimo valor estético y documental. Impulsadas por este doble propósito de arqueología literaria y reflexión teórica, abordamos en el presente ensayo la faceta narrativa de Sara Aidé Madueño de De la Vega (1905-1976). Nuestro análisis se enmarca en el proyecto de investigación titulado Representaciones Sociales y Formaciones Discursivas en las Literaturas Latinoamericanas del siglo XX y XXI, recientemente editado por la Editorial Científica Universitaria de la Universidad Nacional de Catamarca (UNCa), donde presentamos el capítulo «Representaciones sociales en la novela catamarqueña del 60: identidades y otredades en “Jacinta” de Sara Madueño».

Publicada en 1961, “Jacinta” reviste el mérito histórico y estético de constituir, según consta en nuestros relevamientos bibliográficos hasta la fecha, ser la primera novela o más precisamente nouvelle catamarqueña escrita por una mujer. Adentrarnos en la prosa de Sara Madueño nos exige, ante todo, comprender las complejas condiciones de producción, circulación y recepción que rodearon a las autoras de su generación. Durante esa década, el campo literario local estaba fuertemente dominado por la lírica y la dramaturgia. Juana Collado de Sastre (2010) afirma que el ambiente peculiar de la historia, la geografía y la idiosincrasia del catamarqueño habían sido rescatados mayoritariamente por el teatro y la poesía, mientras que en la novela aún no asomaban voces tan definidas. A esta vacancia del género se sumaba una marcada hegemonía masculina en el canon provincial, liderado entonces por figuras consagradas como Luis Franco, Carlos Villafuerte y Juan Bautista Zalazar. En ese escenario profundamente tradicionalista, la incursión de una mujer en la narrativa representa un gesto de innegable rebeldía intelectual, que quebró tanto las fronteras de los géneros literarios como las expectativas de su época.

Desde esta perspectiva, comprender cómo se gesta esa mirada femenina en nuestras letras requiere detenernos en el itinerario vital y cultural de Sara Madueño. Oriunda de San Fernando del Valle de Catamarca, provenía de una familia acomodada y tradicional; era hija de María Aideé Mauvecín y del reconocido profesor Juan Agustín Madueño, gobernador de la provincia por la Unión Cívica Radical en la década del veinte. Por un lado, su educación en las aulas de la Escuela Nacional Normal Superior Clara Jeanette Armstrong y su pertenencia a círculos de la élite local como la Liga Patriótica, las Damas de Beneficencia y el grupo de lectura y narración oral denominado «Las coyuyas» le brindaron un temprano contacto con la vida cultural e institucional de su época. Por otro lado, su experiencia estuvo signada por el cruce de fronteras geográficas y simbólicas: migró primero a Buenos Aires y luego a Tucumán, experiencias de desarraigo y apertura que enriquecieron su mirada antes de regresar definitivamente a su tierra natal y radicarse en El Rodeo, departamento Ambato, hasta su fallecimiento.

Publica “Jacinta” bajo el prestigioso sello de Francisco A. Colombo en Buenos Aires. Esta casa editorial había alcanzado renombre con la edición de Don Segundo Sombra y de revistas fundamentales como Sur, de Victoria Ocampo, o Destiempo, de Borges y Bioy Casares. Además, se destacó por apoyar a jóvenes escritores y a voces del interior del país con una impronta lírica, criollista y místico-religiosa.

La obra constituye un texto-testimonio del panorama provincial de mediados del siglo XX. Mientras el mundo occidental transitaba los llamados «años dorados» de posguerra y modernización acelerada, la sociedad catamarqueña mantenía arraigados rasgos tradicionalistas y coloniales que entraban en tensa fricción con los nuevos cambios socioculturales. La estética de Madueño se inscribe así en un realismo costumbrista de prosa poética y evocadora, donde las fronteras espaciales y los cronotopos se difuminan constantemente a través de la memoria.

Un aspecto destacable de su técnica narrativa es el posicionamiento enunciativo mediante el solapamiento de la voz femenina. Madueño construye el relato a partir de un narrador testigo y omnisciente masculino, ese «niño-hombre» que evoca con nostalgia su infancia —edad de oro— para reconstruir la vida de Jacinta: ella es la mujer que sirvió en la casa y acompañó con la tradición oral a dos generaciones de una familia provinciana. Con este procedimiento, la escritura configura identidades fronterizas que fluctúan entre lo masculino y lo femenino, y logra perpetuar en el espacio y en el tiempo la figura de una mujer que carga sobre sus hombros la memoria de su tierra y la tradición cultural ante el avance de la modernización.

La figura de Jacinta -cuyo nombre de raíz griega evoca la flor primaveral y simboliza un renacer constante en cada retorno al norte- se erige como el pilar moral del hogar. Es un «cuerpo sentipensante» que, aunque posterga su propia realización amorosa para maternar a los hijos ajenos y doblegarse ante el carácter imperioso de una patrona octogenaria, despliega una sutil e inteligente resistencia cotidiana frente a los mandatos impuestos. Así lo revela en una de las páginas iniciales de la obra: «su mansedumbre, aparente como la fragilidad de la tela de la araña, le permite encauzar con habilidad más de un exabrupto de su señora». Esta compleja subjetividad se entreteje en una estructura narrativa fragmentaria, conformada por apartados sin numeración ni títulos donde confluyen las vivencias de personajes como Doña Rosa Aldonate, la Nati, Don Eufes o el Negrito Apenas. La pluma de Madueño alcanza una exquisita sensorialidad: el devenir diario se mide por el aroma matinal de la yerba mate y el café, la frescura del jabón limpio o el vaho tibio del pan casero atesorado en petacas de cuero, mientras el pulso doméstico permanece regido por aquel viejo reloj traído de Buenos Aires durante el Congreso Eucarístico Internacional de 1934.

Otro recurso de la autora es la hibridación entre el discurso religioso católicoy las creencias ancestrales e indígenas de nuestra tierra. En su narrativa conviven la exaltación mística de la naturaleza con los ritos paganos y la superstición popular, como por ejemplo cuando la protagonista contempla el sol pleno sobre las montañas de El Gracián y exclama vibrante: “¡Parece una gran Hostia!”. Desfilan por sus páginas el mito del Familiar asociado al sumo hacedor indio, la alegría festiva del carnaval con el ritual del topamiento entre albahaca, harina y almidón, la celebración de las guaguas de mazapán y la histórica resistencia del pueblo diaguita en la zona de Capayán. A este entramado cultural se suma incluso la picaresca provinciana, retratada con fino humor en el episodio del santo roto durante una procesión, cuya imagen es reemplazada engañosamente por un palo de naranjo en complicidad entre el cura y el santero Joselino.

Hacia el desenlace, una historia que se entrelaza íntimamente con la de Jacinta es la del nonagenario don Panta, quien con su voz y su caja coplera evoca su desamor de juventud y la trágica decisión que casi le cuesta la vida. Las palabras finales de este viejo lugareño condensan el sentido profundo que encarna Jacinta: «como la piedra grande detiene la corriente, el que se queda, hace que otros se queden». Simbólicamente, la protagonista es esa roca firme de la tradición que resiste en su suelo natal para conjurar la fugacidad del tiempo, la desmemoria y el desarraigo de la modernidad.

Al compartir hoy los alcances de este capítulo a través de las páginas del diario local, en sintonía con la reciente aparición del volumen editado por la UNCa, reafirmamos la convicción de que rescatar la faceta narrativa de Sara Aidé Madueño trasciende el mero gesto de saldar una deuda histórica con la genealogía de las escritoras de Catamarca. Significa, ante todo, invitar a la comunidad lectora a descubrir a una autora sutil y profunda que supo transformar el espacio doméstico y los recuerdos de provincia en un territorio literario de resistencia identitaria; una obra cuya voz permanece viva y detiene, como la piedra en el río, el paso inexorable del olvido.

La incursión de una mujer en la narrativa representó un gesto de rebeldía intelectual, que quebró las fronteras de los géneros literarios y las expectativas de su época La incursión de una mujer en la narrativa representó un gesto de rebeldía intelectual, que quebró las fronteras de los géneros literarios y las expectativas de su época

Seguí leyendo

Te Puede Interesar