Hace poco, mediante un correo electrónico, me comuniqué con el Comité Olímpico Internacional, y me confirmaron mis peores temores: no está en los planes del COI incluir la acción de tropezarse en público como disciplina olímpica en las próximas ediciones. Mis sueños de una medalla se encuentran más lejos que nunca.
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El arte de tropezarse en público
Por eso, para no desanimarme, decidí escribir sobre el tema. He aquí algunas consideraciones acerca del arte de tropezarse en público. Escritas desde la autoridad de la práctica, no soy un improvisado, cuento en mi haber con numerosos traspiés en la vía pública, todos ellos con una presencia de espectadores considerable, para salpimentar la experiencia.
Una de las recomendaciones más importantes a la hora de tropezarse en público es jamás perder la compostura, levantarnos lo más rápido que podamos y mantener nuestro ánimo inmutable, como si nada hubiera pasado. Al igual que un jugador de póker no debe demostrar sus emociones al conocer sus cartas, quien tropieza en la calle debe mantener un rostro pétreo, en sus facciones la nada misma. El incidente debe tratarse con una negación absoluta de su existencia. La persona que nos ve un segundo después del mal paso no debe advertir indicio alguno de ese accidente.
Una curiosidad de tropezarse delante de otras personas es como nos evidencia el paso del tiempo en las reacciones de quienes presencian el acto. A medida que cumplimos años las risas cuando tropezamos en público van decayendo, en la juventud las carcajadas no tienen límite, en la adultez aparecen las primeras dudas y demoras en la risa, y una señal indiscutible de la vejez es cuando llega el día en el que nadie se ríe cuando tropezamos. En mi caso particular, todas las semanas juego al fútbol con un grupo de amigos y he tenido la oportunidad, a lo largo de estos años, de advertir como abandonamos la etapa de la risa franca y actualmente chequeamos que el caído se encuentre con vida antes de echarnos a reír.
Otra de las cuestiones a las que quiero hacer mención es el índice Ricky Maravilla, escala que mide el nivel de vergüenza del evento teniendo en cuenta una enorme cantidad de variables. La metodología utilizada es compleja hasta el punto de que muchos la consideran arbitraria o, en el mejor de los casos, indescifrable, pero apuntemos quese considera la importancia de la ocasión, la afluencia de público, si hubo caída o se mantuvo la verticalidad, como factores más evidentes y de fácil comprobación. También se tienen en cuenta otros elementos más precisos y difíciles de acreditar, como la presencia de la persona que nos gusta –un componente que dispara el índice por los cielos, grandes amores se han visto truncados por un tropezón- lo cancheros que nos veíamos en el instante previo y otras particularidades que disminuyen la dignidad. La escala va del 1 al 100, y si consideran que alguna vez estuvieron arriba de 80, les agradecería que me lo hicieran saber.