Del autoempleo con derechos al emprendedurismo de mercado: una peligrosa confusión
Por Elizabeth Fontao (*)
Durante años promoví el trabajo independiente y el autoempleo como parte de políticas públicas del Ministerio de Trabajo de la Nación. Programas como el Empleo Independiente y otras líneas de la economía social y popular ofrecían alternativas reales para quienes no accedían al empleo asalariado tradicional. Pero lo hacían desde un enfoque claro de derechos: con capacitación técnica y en gestión, acompañamiento continuo, acceso a la seguridad social, posibilidad de bancarización, crédito a tasas accesibles y sostenimiento institucional. Es decir, un autoempleo digno, con respaldo estatal y con inclusión plena en la protección social.
Hoy, esa visión ha sido distorsionada —cuando no vaciada— por un relato que se impone desde el Estado. Lo vemos con nitidez: se lanzan “escuelas de empresarias” para mujeres, se alienta a los jóvenes a “ser sus propios jefes”, se multiplican capacitaciones en “mentalidad emprendedora”, como si con actitud y deseo bastara para enfrentar un mercado laboral cada vez más excluyente.
Pero esta narrativa omite un dato clave: la mayoría de quienes hoy emprenden no lo hacen por vocación, sino por necesidad. Y el Estado, en lugar de garantizar trabajo digno, se limita a ofrecer herramientas aisladas, sin continuidad ni inversión real, sin acceso a la seguridad social, sin políticas de desarrollo articuladas. Se impulsa un tipo de autoempleo que, lejos de empoderar, profundiza la precarización.
La diferencia no es menor. Una cosa es promover el trabajo independiente en el marco de una política pública con enfoque de derechos. Otra muy distinta es naturalizar que quienes no acceden al empleo formal deben rebuscárselas en soledad, sin redes, sin protección, sin futuro asegurado.
Esto no es casual. Es parte de un corrimiento ideológico que reemplaza derechos por esfuerzos individuales, que desdibuja la figura del Estado como garante de empleo de calidad y que convierte al mercado en el único horizonte posible. Se celebra a las jóvenes “emprendedoras” que venden maquillaje o hacen envíos por apps, pero se omite decir que trabajan jornadas extensas, sin descanso, sin aportes previsionales y muchas veces sin ingresos estables. Se estimula la “creatividad” de los jóvenes, pero sin garantizarles condiciones estructurales para sostener un proyecto de vida.
Los datos más recientes, compartidos por Fundación Encuentro, confirman la urgencia del debate:
En 2025, las mujeres alcanzaron el nivel de desempleo más alto desde la pandemia.
Entre las jóvenes, la desocupación aumentó 6 puntos en apenas tres meses.
La mitad de las personas desempleadas son jóvenes, y 1 de cada 4 es una mujer menor de 30 años.
Más de 1,1 millones de personas están desocupadas, y 300 mil se sumaron en tan solo tres meses.
La mayoría proviene de sectores con altísima informalidad y bajísima protección: construcción, comercio y trabajo doméstico.
1 de cada 4 personas que hoy busca empleo era cuentapropista o hacía changas.
1 de cada 3 lleva más de un año buscando trabajo.
Estos números desmienten la ilusión de un “ecosistema emprendedor” como camino de igualdad. Nos muestran con crudeza una crisis del empleo que no se resuelve con talleres de marketing ni con discursos de autoayuda. Preocupa profundamente que esto se naturalice. Porque no todo emprendimiento es sinónimo de autonomía. Porque no toda “salida laboral” es emancipadora. Porque no podemos permitir que se presente como opción lo que en realidad es una resignación frente a la falta de trabajo decente.
Si vamos a hablar de autoempleo, hablemos en serio. Hablemos de acceso a la seguridad social, de redes de apoyo técnico y financiero, de inclusión real, de políticas con perspectiva de género, de condiciones laborales dignas más allá del formato contractual. Hablemos de políticas públicas con enfoque de derechos, no de soluciones mágicas importadas del coaching empresarial. La construcción de empleo digno es una tarea colectiva. Y el Estado debe asumir ese rol con decisión, no delegarlo a la voluntad individual ni a las reglas del mercado. Porque el trabajo no es un privilegio ni una aventura: es un derecho.
Para concluir estas líneas quiero decirlo con total claridad: no todo lo que se llama oportunidad es justicia social. No todo lo que se presenta como moderno es progreso. Y no todo lo que se vende como libertad es emancipación.
(*) Ex Jefa de la Agencia Territorial del Ministerio de Trabajo de la Nación