El imperialismo, con otra denominación (reordenamiento del orden mundial), que nos somete casi desde siempre como colonia, busca, con estrategias tecnológicas, su afianzamiento en estos nuevos tiempos. Se impuso la globalización de manera contundente con la unificación de la economía mundial y con la monopolización total de lo que antaño denominábamos “sistema político”. Hoy adquiere otras características, pero con el mismo concepto.
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Consolidar anclas o liberar futuro
Por Lic. Nicolás Quiroga
El padecimiento del pueblo sigue también como siempre y se verifica a diario. La pregunta es: ¿por qué o bajo cuáles resortes el pueblo —aun observando en las pantallas el boato denigrante del poder— “compra” la “miseria de la crisis” y vive sus días asfixiado, colapsado, carente?
Pues porque la realidad que se vivencia (distinta a la que se presenta desde el poder) desestructura cualquier discurso que la obvia. Construyen, entonces, la realidad del pueblo bajo parámetros criminales, con la astucia de la anticipación y el desprecio; esto es, la desquiciada aspiración al todo sin reparar en nada.
¿Cómo se construye una realidad distinta?
Partiendo de la premisa de que todo es posible, pues los recursos abundan, se trata de sensibilización y de centrarse en gobernar para y desde quienes fueron elegidos: el pueblo. Correctamente, en coherencia con la historia y las ideas; esto sí corresponde con un cierto sentido de la trascendencia. Y administrar bien lo que pertenece al conjunto de una comunidad, no a élites sociales y familiares.
Salir cada día, cerrando la puerta, como quien, sencillamente, hace su trabajo. Como cada ciudadano honesto que obra de buena fe en este país y provincia, el administrador político y sus dependientes deberían hacer su trabajo sin tanto estrellato comunicacional, sin enriquecimiento personal —y también familiar y social— ni tanta bulla épica (inmerecida).
Es sencillo: si sumamos las personas y los presupuestos de 40 años invertidos en el ejercicio y la práctica de los poderes y evaluamos los resultados, no es admisible la crisis económica, ni la sanitaria, ni la educativa. Lo que aparece es un concepto de hacer del Estado una empresa propia, pero también existe la mala praxis, la mala administración y el incumplimiento de la función pública. Ergo, si un líder encaramado en el uso del poder abusa y, además, falla (pues la crisis perdura), debería ser repensado electoralmente.
El pueblo, compuesto por sujetos creativos, inteligentes y honestos, deja que haya líderes porque interpreta que sería muy difícil estar allí, ocupar esos zapatos. Sin embargo, día tras día, sobrevive y toma decisiones cruciales para la existencia de todo su entorno social y ecológico, y no por eso sale en los medios a vanagloriarse ni a dar explicaciones.
Es decir que, si obviamos o ignoramos por una vez las “finalidades políticas” tal como las conocemos y optamos por ser y trabajar en la empiria y en la esperanza —construyendo nuestro presente apoyados en las fuentes y no en tergiversaciones que justifican atrocidades—, podremos poner en marcha el tren que se ha quedado sin máquina. Y, si lo hacemos, no habrá que demostrar nada, pues cada quien estará en su puesto, responsable, imprescindible, generando reciprocidad.
El pensamiento de los débiles requiere comprometernos con un conocimiento crítico para liberar el futuro de lo que hoy nos presentan como inamovible e inconmovible: porciones enormes de población que no encuentran sentido a sus días, que no tienen actividad útil, que no son parte de un conjunto, sino que han sido expulsadas a los bordes, marginadas para cubrir estadísticas rentables a los poderosos.
Sin embargo, el patrón del éxito, representado en la gesta heroica del sujeto que trata al poder de un país deteriorado, vencido por la corrupción y una historia de crímenes de lesa humanidad, con un pueblo pauperizado en educación y salud, carente del sentido que construye una verdadera epopeya, resignado al fracaso sistemático y permanente por generaciones, se verifica en ese mismo pueblo. Deja ver cómo la función simbólica se reproduce. El pueblo es ese niño sin juegos, es un rostro colectivo sin horizontes, es esa juventud de barrios desencantados, es la falta de curiosidad y la falta de propuestas serias que despierten su espíritu de construcción social. Una vez más, el cuerpo de la sociedad está desmembrado.
Pero Elpís, el espíritu de la esperanza, era la belleza y la fertilidad, la creación. No conocemos niños que no se fascinen por el juego maravilloso de crear mundos posibles. Cada nueva generación trae el germen de los cambios necesarios. Debemos evitar la cooptación, la represión, la inanición. Proponemos trabajar con ese entusiasmo y jovialidad: construir una realidad posible y evidente para nuestra Argentina y nuestra Catamarca, a través de una práctica y una disposición coherentes y honestas.
Ya se han ido —y no están— liderazgos muy valiosos. También se han ido Pístis (la confianza) y Sofrosine (la templanza y la moderación). No podemos pretender, tampoco, el apoyo de las Gracias divinas. Y, a pesar de todo, porque somos un pueblo prometeico, exponemos nuestra esperanza para vincular históricas deudas con posibles salidas.
El pensamiento de los débiles no es débil. Es hábil por naturaleza, y solo se trata de romper el hechizo, la fábula vindicatoria del fracaso y la imposibilidad que encierra al pueblo en cárceles de impotencia y virtualidad. Esta supervivencia de atrincherados, clamando para obtener el carnet de sujetos reconocidos por el sistema, bancarizados y vacunados, fue necesaria para que el relato pudiera completarse y se lograra establecer el camino único o, peor, la supremacía del Uno por el Todo.
Si lo que hubo hasta aquí fue la negación y el fracaso, proponemos la aseveración de lo posible y que el Éxitus sea una salida para todos, y no solo para los elegidos (herederos del imperio). Por eso, sincerar bastaría. Sincerus, del latín, remitía a algo “intacto”, es decir, que “el tesoro” no había sido tocado: la virtud prevalecía.
Nuestra sociedad reposa en una resignación que hasta le es cómoda. Pues bien, ¿qué esperamos?