sábado 21 de marzo de 2026
Análisis

¿Batacazo?

Por Javier Vicente- Especial para EL ANCASTI, Agosto de 2023

Las PASO recientemente celebradas (más por unos que por otros) resultaron, al menos para gran parte del paupérrimo periodismo nacional (hay sanas excepciones) un batacazo. Le propongo humildemente, amigo lector, relativizar un poquito el término. También se definió, por ejemplo, como batacazo la reciente derrota del gobernador Arcioni en Chubut, cuando lo más lógico era que se esperara una caída contundente por su pésima gestión, y se define hoy como batacazo el triunfo de una coalición no peronista en Santa Cruz, cuando también se avizoraba desde hace bastante tiempo un agotamiento de la gestión kirchnerista en esa provincia.

Acabo de ver un periodista televisivo nacional que dice sin ponerse colorado, en el mismo imperdible párrafo, que “el triunfo de Milei fue arrasador y el de Kicillof aún no es un triunfo, porque ésta es una PASO…. (¿¿¿!!!!!????). O sea que uno tiende a pensar que cuando el triunfo corresponde a alguien no peronista, se trata de un triunfo con todas las letras y un batacazo; no así cuando el ganador es un peronista que, a lo sumo, está consiguiendo una victoria parcial, momentánea, provisional.

El término batacazo es un autoantónimo, significa esto y lo contrario, como sugiere la RAE.En algunos países latinoamericanos (la Argentina entre ellos) un batacazo es “un triunfo inesperado de un caballo en unas carreras”, pero también “un triunfo o suceso afortunado y sorprendente” y en otra acepción “fracaso o caída brusca en un asunto, negocio o posición”.

Vista la desafortunada performance de las encuestas en elecciones anteriores, sorprenderse de un abultado voto castigo en un contexto de crisis inflacionaria y de salarios deprimidos, entre otras lindezas del momento económico, creo es de una ingenuidad llamativa. Cuando Macri perdió las Paso de 2019 por 18 puntos, estoy seguro de que no se cuestionaban tanto su ineptitud general, falta de ética en múltiples campos y otros aspectos morales o políticos de su gestión, sino el fracaso de su lineamiento económico.

El peronismo gobernante puede presentar variados éxitos, pero no puede, entre otros problemas, sacar del pozo en que se encuentran los salarios deprimidos frente a una inflación galopante. El mismo periodismo no menciona jamás la mordaza mortal que el endeudamiento con el FMI le pone a cualquier iniciativa de mejora en ese aspecto. Y mucha gente, como lo hiciera en otras oportunidades, expresa con su voto su desesperación ante la falta de horizontes.

El “que se vayan todos” del 2001, que no tenía quien lo corporizara, se reencarna hoy en el voto a Milei. El fracaso estruendoso y continuado de la clase política en general para dar soluciones a los ciudadanos, y un horizonte de sueños muy oscuro respecto de las posibilidades de ascender en la escala social, adquirir una vivienda o simplemente progresar en la vida, hacía esperar que ese disgusto se transformara en votos para otro candidato, cuanto más anti-política, mejor. Esto, al menos, es lo que sucede en un “país normal”, como el que dice gustarle a Patricia Bullrich. Aquí también habría que relativizar el término y ponerle un poquito de memoria. Quisiera saber si alguien considera “un país normal” al que propone como candidata a presidente de la Nación a una señora que fue montonera, menemista, integrante del Frepaso, ministra de De la Rúa y Macri, … tal vez sea normal para los que sostienen que los políticos no cambian, ni saltan, ni transfuguean, sino que evolucionan.

Siguiendo con el seudo análisis de lo que constituye o no un batacazo, muchos recuerdan hoy al expresidente Alfonsín como lo que fue, un estadista con aciertos y errores que marcó un camino digno en el tremendo tema de los derechos humanos. Muchos años después de haberlo eyectado del poder sin mayores lamentos para castigarlo por el 600 por ciento de inflación, entre otros déficits de su gestión económica, se le reconocen los méritos de lo trascendente, lo que entra en la historia grande de un país. Pero se fue mal del sillón presidencial, momentáneamente con pena y sin gloria.

Salvando las distancias, me pregunto cómo evaluará la historia la gestión de un Alberto Fernández al que le tocó lidiar con una herencia atroz de deuda externa asfixiante, una pandemia, una guerra, el continuo fuego “amigo”, la peor sequía de la historia …. Pero, mientras tanto, mucha gente se siente con legitimo derecho a expresar su bronca por la falta de perspectivas y de soluciones para el aquí y ahora.

Se ha dicho en reiteradas ocasiones que las PASO constituyen el instrumento para castigar o avisar del descontento al gobierno, sin que se dirima quienes van a ser los próximos funcionarios. Es algo así como un rapapolvo, dirían los españoles, una “reprensión dura y severa”, pero, en el fondo, gratuita: no se está eligiendo al nuevo presidente o gobernador, lo que se hará en nuestro caso en octubre. Se supone que para ese momento se ponen en juego algo más que disgustos y rapapolvos; se supone que se vota en defensa propia no sólo en materia económica, sino en derechos laborales, sociales, familiares, conquistados hace mucho tiempo. Para mí sentimiento peronista el verdadero batacazo sería que la ciudadanía se exigiera a sí misma analizar no sólo el momento económico de hoy, sino apelar a la memoria para recordar lo conquistado con tantos años de luchas y hasta sangre derramada.

Los que conocen a Sergio Massa dicen que no se arredra ante ninguna dificultad, por grande que sea. Se pone a trabajar sobre el conflicto en aras de su solución. Creo que el candidato de UP recordará las elecciones de 2019, ya mencionadas. Macri perdidoso por 18 puntos en las PASO, recuperó aproximadamente 10 al poco tiempo. Más que a afortunadas decisiones de su parte, creo que el repunte (que de todos modos no alcanzó, pero fue significativo) se debió más al “susto” de sus seguidores, que le habían dado el rapapolvo pero, ante la decisiva elección presidencial, miraban las cosas con otra óptica.

Volviendo a Massa, creo que está demostrada su versatilidad, y no me extrañaría que adoptara medidas audaces, sobre todo en materia de salarios, en estos 60 días que restan para definir, entre otras cosas trascendentes, las nuevas autoridades y eventualmente el sueño dorado de muchos electores: la desaparición como fuerza relevante de la política argentina del peronismo.

En un marco de tanta paridad (se presenta mediáticamente a estas PASO como una derrota humillante de UP cuando los tres candidatos más votados están comprendidos en tres puntos, y hasta Milei puede quedar fuera del eventual ballotage) Massa habrá de apelar seguramente a su ingenio, sacar de sus casas a los desilusionados o escépticos que últimamente no votan y convencer a propios y extraños pero no tanto de que otro batacazo es posible. Pero esta vez sería un batacazo distinto, el de los que tienen necesidades y ansiedad por mejorar, pero también memoria y empatía con el resto de la sociedad. No sería el triunfo de los que “se salvan solos” o se sienten de una raza superior; o de los que piensan que “cualquier cosa es mejor que lo que estuvo”; sería una oportunidad de poner a los que se ganan el pan decentemente todos los días en el camino de recuperación de una vida digna y con esperanzas. Y para nosotros los veteranos (nombre elegante de viejos) queda la tarea de convencer a los jóvenes, genuinamente escépticos respecto de recetas pasadas, de que, aun las que se presentan como las más novedosas y disruptivas, son refritos en muchos casos siniestros de fórmulas que pusieron de rodillas al país y su gente, condicionándonos por generaciones.

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