No empieza en 1982. Empieza mucho antes, en una forma de ordenar el mundo donde el dominio no desaparece, solo se disfraza, se desliza, encuentra nuevas maneras de sostenerse sin mostrarse del todo. En mapas trazados desde lejos, en signos de posesión que se hunden en la tierra ajena como si quisieran fijar lo que nunca les perteneció, en decisiones que caen sin voz sobre quienes habitan, sienten y recuerdan. Las islas Malvinas forman parte de esa historia larga, persistente, donde el tiempo no avanza en línea recta: se superpone, se arrastra, deja capas.
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Apuntes hacia una memoria del mar: Malvinas y la gestión del despojo
Por Lic. Sosa Ezequiel.
La Guerra de las Malvinas no irrumpe como un hecho aislado, sino como una grieta por donde asoma algo más antiguo. Como si, por un instante, la superficie de la historia se hubiera resquebrajado dejando ver lo que normalmente permanece oculto. Allí, donde las potencias —como el Reino Unido— no solo ocupan territorios, sino que administran distancias, tiempos y recursos, Malvinas aparece como una pieza precisa, casi inevitable.
En torno a las islas, el mar no es silencio: es circulación. No descansa. Se mueve con una lógica que no siempre se nombra. Barcos que entran y salen, redes que descienden, toneladas que se elevan sin dejar rastro visible. La pesca no es solamente una actividad económica; es una forma de ocupación sostenida. El calamar, la merluza, las especies migratorias dibujan un mapa invisible de intereses donde las corporaciones —discretas, persistentes— convierten lo vivo en cifras, en contratos, en balances que rara vez se detienen en el origen de lo que extraen.
Pero el mar guarda más. Bajo su superficie, donde la luz se disuelve, no solo hay petróleo. Hay minerales estratégicos, hay biodiversidad que despierta el interés de industrias farmacéuticas que buscan, en lo imperceptible, nuevas formas de rentabilidad. Hay rutas que conectan océanos y que, como venas abiertas, transportan mercancías y poder. Todo parece confluir en ese punto: una densidad de intereses que transforma a Malvinas en algo más que un territorio; en una bisagra geopolítica donde el control no siempre se exhibe, pero se ejerce a través de la tecnología, el monitoreo y la administración del vacío.
Y en ese entramado, el poder rara vez se presenta de manera explícita. A veces se disfraza de legalidad, de administración técnica, de acuerdos que parecen lejanos pero que tienen consecuencias concretas. Las corporaciones no necesitan banderas visibles: operan en los márgenes, sostienen economías, influyen en decisiones. Son presencias constantes, sin rostro único, que atraviesan gobiernos, décadas y discursos.
Mientras tanto, del otro lado, el país se pensó muchas veces incompleto. Como si el mar fuera un borde y no una extensión; como si la Argentina terminara en la espuma de la costa y no se duplicara en su plataforma sumergida. Aquello que no se dibuja con claridad en el mapa mental de una sociedad no termina de existir del todo. Y sin embargo, es allí —en esa dimensión marítima muchas veces omitida— donde se juega una porción decisiva de su soberanía. No ver el mar también es una forma de perderlo.
Volver a 1982, entonces, no es solo mirar hacia atrás. Es entrar en una zona donde la historia se vuelve más densa, más humana, más difícil de ordenar. Los jóvenes que fueron enviados a las islas —y también quienes permanecieron en el continente— aparecen como figuras atravesadas por una experiencia que los excedía. No eran nombres en un parte militar. Eran cuerpos, voces, miedos, biografías en formación.
Muchos eran conscriptos. Llegaron con más incertidumbre que certezas. Con frío antes que estrategia. Con hambre antes que respuestas. Pero, sobre todo, con una sensación difícil de nombrar: la de estar dentro de algo que no terminaban de comprender, como si la guerra misma fuera un escenario ajeno, sostenido por decisiones que les eran completamente externas. Algunos no volvieron. Otros regresaron, pero lo hicieron con silencios que tardaron años —o décadas— en encontrar palabras. Porque hay experiencias que no se clausuran cuando termina el combate. Quedan suspendidas, latentes, como si una parte de aquella intemperie siguiera habitándolos.
En ese sentido, pensar a los combatientes exige una mirada más honesta y más compleja. Fueron protagonistas de una experiencia extrema que exige reconocimiento, pero también fueron víctimas de un sistema que, en su proceso de degradación institucional, los expuso, los improvisó y los utilizó. Un sistema que ya había demostrado su capacidad de violencia hacia su propia sociedad y que, en ese episodio, volvió a descargar su peso sobre los más vulnerables. Reducirlos a una épica vacía sería injusto; negar su condición de víctimas también lo sería. En ellos se cruzan ambas dimensiones: la del coraje y la del abandono.
Malvinas no quedó detenida en 1982. Continúa. En cada barco que atraviesa sus aguas, en cada recurso que se extrae, en cada licencia que se otorga lejos de la mirada pública. Continúa en la persistencia de intereses que no se interrumpen, que se reorganizan y se adaptan al ritmo de la tecnología y los mercados globales.
Continúa también en la memoria. Pero no en una memoria uniforme, sino fragmentada, a veces silenciosa, a veces incómoda. Una memoria que no siempre encuentra su lugar y que irrumpe en relatos dispersos. Tal vez, en esa incomodidad, haya también una posibilidad: la de reconocer lo que durante mucho tiempo no se quiso o no se supo ver.
Porque Malvinas no es solo lo que fue. Es, todavía, lo que está siendo: una geografía del futuro que se nos escapa por las grietas de los contratos y las redes de pesca. Mientras no aprendamos a habitar el mar como habitamos la tierra, el dominio seguirá su curso, invisible y eficaz. El colonialismo no siempre irrumpe con estruendo: a veces es una oficina que firma un permiso, un radar que vigila el horizonte o una memoria que se intenta clausurar. Y es en esa persistencia —más que en su origen— donde revela su forma más profunda de dominio: la de administrarnos el silencio y hacernos creer que lo que nos falta, en realidad, nunca estuvo ahí.