El retorno a la democracia marcó el fin del proceso dictatorial encabezado por Jorge Rafael Videla y sostenido, en su planificación económica, por José Alfredo Martínez de Hoz. Este modelo, caracterizado por la desindustrialización, la apertura económica y el vaciamiento del trabajo, en lo sindical y en lo salarial, no quedó aislado en ese periodo, sino que continúa hasta el día de hoy.
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50 años y la memoria viva
Por Hernán M. Colombo
Dicho modelo económico solamente pudo concretarse a través del genocidio. Walter Klein, el colaborador más próximo de Martínez de Hoz, declaró que era “incompatible con cualquier sistema democrático y solo aplicable si lo respalda un gobierno de facto”.
Las multitudinarias marchas del 24 de marzo realizadas el día de ayer en Catamarca y todo el país son una señal clara de que la sociedad no olvidó los crímenes de la dictadura. La jornada, a diferencia de años anteriores, movilizó una gran cantidad de jóvenes quienes incluso tomaron la palabra y brindaron los discursos más críticos con respecto a la realidad actual.
Esto es un dato positivo, ya que pese al desencanto político, la memoria permanece en la conciencia de las nuevas generaciones (las que no vivieron en carne propia el horror) que cuestionan las atrocidades del terrorismo de Estado y el modelo neoliberal instalado desde ese período hasta el día de hoy.
En este sentido, la encuesta de Amnistía Internacional hacia la población joven de Argentina para saber su opinión acerca de la última dictadura muestra datos reveladores. Más del 75% sabe qué se conmemora el 24 de marzo y el 87% afirma conocer lo ocurrido durante la dictadura.
Es decir, la idea de que “los jóvenes no saben” es falsa. Incluso el 92% considera importante vivir en democracia y el 75% rechaza los indultos a los represores. Y en este punto aparece el dato más inquietante: más de un tercio de los encuestados admitió que aceptaría resignar la posibilidad de elegir libremente a sus autoridades a cambio de estabilidad económica, y otro 30% lo haría por razones de seguridad.
Esto nos dice que las nuevas generaciones valoran la democracia como principio, pero no su experiencia concreta con ella. Entonces, la memoria está viva, sí, pero pareciera no alcanzar por sí sola cuando el presente no puede ofrecer respuestas satisfactorias.
Este malestar tiene raíces profundas. Desde 1983, Argentina logró consolidar, con sus altibajos, un sistema democrático y avanzar en materia de derechos humanos y memoria. Esto fue un cambio histórico. Desgraciadamente, junto con esos avances, persistieron estructuras que fueron incapaces de lograr una transformación profunda.
Se generó, entonces, una dificultad para construir un proyecto común, el debilitamiento de la estructura productiva, la persistencia de la precarización laboral, la dependencia externa y, sobre todo, la concentración económica de los sectores civiles que apoyaron la última dictadura. Es decir, los ganadores del modelo concebido por Martínez de Hoz y aplicado a través de la brutal represión.
En este escenario, Argentina cambió su forma política, pero permanece arrastrando tensiones económicas y sociales que condicionan el funcionamiento real de la democracia. La democracia fue usada por un modelo que le impuso sus propias estructuras.
Y es precisamente la democracia formal la que permite todo exceso en nombre de la democracia, provocando paradójicamente el desencanto democrático. De esta manera, si ese modelo sigue generando frustración, desigualdad o incertidumbre, el riesgo ya no es que la historia se repita de la misma forma, sino que aquello que la memoria nos enseñó a rechazar empiece a volverse aceptable.