Antes que la eficacia del miedo como instrumento de control, conviene detenerse en sus nutritivas cualidades como forraje de la miseria moral. Del miedo provienen tanto el desenfreno despótico de tiranos y tiranuelos como la cobardía, la obsecuencia y la estupidez que los engordan.
Gerardo Morales, gobernador de Jujuy, realizó un importante aporte a esta dinámica con la oficialización del estigma a los reos de coronavirus. Sus casas, dictaminó “urbi et orbi”, serán marcadas con una faja; se informará a sus vecinos que conviven con sospechosos, se llamará a los potenciales apestados por teléfono “tres o cuatro veces por día” para monitorear que ellos y el resto de los habitantes del hogar permanecen recluidos. “Y más vale que estén todos los que viven en la casa, porque no solo le vamos a cobrar multa, sino que puede haber detención y todo lo que establece el régimen de sanciones”, advirtió, sin aclarar si estos castigos incluyen algún tipo de humillación pública adicional tipo andar con sambenito y recibir una tanda de azotes en la plaza de armas.
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Los miserables
Pero no solo hay que tener pico; hay que saber picar. Mejor que Morales la hacían los nazis: a los judíos le cosían una estrella de David en la ropa. Bien ostentosa, cosa que no fallara la segregación ni se produjeran confusiones en la repulsa.
El jujeño es hasta ahora, por su posición, el más célebre, pero la paranoia dinamizada por la peste propicia la consagración de “führers” aldeanos por el estilo.
El intendente de Recreo Luis “Lula” Polti, para no irse muy lejos, ganó titulares nacionales por el ataque a una enfermera que se atrevió a pedirle barbijos, en un arranque de autoritarismo y misoginia combinados.
No han de faltarles seguidores. Aceitados por las redes sociales, empiezan a cundir en la pandemia fenómenos como la conformación de turbas de linchamiento, el escrache informático y la metamorfosis de la delación en celebrada y deseable virtud.
En la peste empiezan a cundir turbas de linchamiento y escraches, y la delación se transformó en virtud
El primer indicio de estas declinaciones éticas apareció en San Juan, con la convocatoria a apedrear la casa de una joven médica que tuvo la desgracia de ser el primer caso de la provincia.
Siguió con la discriminación, intentos de expulsión de consorcios y amenazas con carteles a médicos y trabajadores de la salud expuestos a contraer el mal. En todos los casos, es un rasgo notorio cómo el anonimato acrecienta el coraje de los objetores.
Correlativamente, escraches, manifestaciones y agresiones a enfermos reales o presuntos, como acaba de ocurrir con la primera víctima en Chubut, o con el hijo de un fiscal de Claromecó, en el partido bonaerense de Tres de Febrero, a quien la canalla aterrorizada le impidió el ingreso a su casa a pesar de que había cumplido con el protocolo de la cuarentena tras retornar de Brasil.
Tras advertir el rechazo a sus manifestaciones, el gobernador Morales pidió disculpas por lo que consideró un exabrupto.
Sirve su caso, no obstante, para marcar lo indispensable de la prudencia en este complejo momento que atraviesan el país y el mundo.
Hay al parecer demasiada gente dispuesta a suscribir la identificación de los padecientes como “enemigos del pueblo”. Circulan por las redes sociales posteos que responsabilizan anticipadamente a quienes caigan enfermos a pesar de las medidas preventivas dispuestas y extendidas.
Arranques como los de Morales legitiman estas posiciones traficadas como afanes justicieros.
Por fortuna, también abundan la generosidad, la entrega y la sensatez. Pero son muy oscuros los pronósticos sobre el tendal de dolor y quebrantos que dejará la peste como para ensombrecerlos encima con el proceder de los miserables.n