Pretender que las fuerzas de seguridad, que ejercen controles para evitar que haya transgresiones al aislamiento social obligatorio impuesto para prevenir una reproducción acelerada de la pandemia del coronavirus, sean eficaces en un 100 por ciento, es una utopía. Se pueden hacer operativos rigurosos y sistemáticos, pero siempre serán sectorizados, parciales. Es inevitable. Para que sean exhaustivos, de alcance total o casi total, se necesitarían miles de efectivos más en la calle, lo cual sería también un despropósito.
De modo que el éxito de la cuarentena depende más de la conciencia responsable de la comunidad, del compromiso de todos los habitantes de la Argentina, que de la eficacia policial. El aislamiento obligatorio fue establecido por decreto presidencial, pero en definitiva es un pacto social, una medida que requiere del acuerdo de una comunidad comprometida con el destino colectivo.
La mayoría, la gran mayoría tal vez, ha entendido el mensaje y lo comparte y pone en práctica las medidas preventivas aconsejadas. Pero claramente no todos. Las violaciones a la cuarentena son cosas de todos los días, y si bien en algunos casos se trata de transgresiones menores, en otras son comportamientos desafiantes e irresponsables que pueden traer –y muchas veces así ha sucedido- consecuencia graves e incluso fatales.
No es lo mismo el caso de un cuentapropista que sale de su casa para realizar alguna changa remunerada porque necesita el dinero para sobrevivir en estos días aciagos, que el del que violenta la cuarentena para salir a pasear en grupo en bicicleta, participar de fiestas masivas o compartir un asado masivo, con personas que están pasando la cuarentena en distintos domicilios.
Quizás las 27 personas que fueron detenidas por la Policía el sábado en Tinogasta luego de ser sorprendidas jugando a los dados, con bebidas alcohólicas y música de por medio, consideren que se trató de una especie de “travesura” menor. Deberían saber que lo mismo consideró el joven que en marzo asistió a una fiesta de quince en la localidad de Moreno, provincia de Buenos Aires, cuando debía permanecer dos semanas sin salir de su domicilio luego de haber regresado de un viaje al exterior. Esa “travesura” –cómo se iba a perder una fiesta de quince- provocó 20 contagios solo en esa reunión y la muerte de una persona mayor, precisamente el abuelo de la cumpleañera. Desde entonces, los casos de coronavirus no paran de multiplicarse en Moreno.
Un caso similar ocurrió en Loncopué, un pequeño pueblo neuquino de 5.000 habitantes, donde en un asado realizado en plena cuarentena hubo al menos 22 contagios de la enfermedad y dos muertes. Hay además 60 vecinos con síntomas.
Episodios como los relatados se repiten a diario, y deberían ser argumento más que suficiente para que se entienda la gravedad de ciertas transgresiones, aun en Catamarca, donde no se ha registrado hasta el momento ningún caso positivo, pero no hay garantía alguna de que el virus no esté circulando.