En los últimos días, en un contexto que obliga a reflexionar sobre la crucial situación que atraviesa el planeta por la pandemia del coronavirus, se ha recordado una reflexión de la antropóloga Margaret Mead (1901-1978) que bien puede aplicarse como eficaz metáfora para los días que corren, pero sobre todo para los que se avecinan.
Hace años, un estudiante le preguntó a la antropóloga Margaret Mead cuál consideraba ella que era el primer signo de civilización en una cultura. El estudiante esperaba que Mead hablara de anzuelos, ollas de barro o piedras de moler. Pero no. Mead dijo que el primer signo de civilización en una cultura antigua era un fémur que se había roto y luego sanado. Mead explicó que si un animal tiene una pata rota no puede huir del peligro, ir por ejemplo al río a tomar agua o buscar comida. Es carne de otras bestias que merodean. Ningún animal sobrevive a una pata rota el tiempo suficiente para que el hueso sane. Un fémur roto que se ha curado es evidencia de que alguien se ha tomado el tiempo para quedarse con el que se cayó, ha vendado la herida, lo ha llevado a un lugar seguro y lo ha ayudado a recuperarse. Mead dijo, entonces, que ayudar a alguien más en las dificultades es el punto donde comienza la civilización.
Mead, cuyo libro más conocido es “Adolescencia, sexo y cultura en Samoa”, lo explica con belleza. No es casual: además de antropóloga era poeta.
Enfrentar a la amenaza inesperada del coronavirus exige solidaridad: me cuido yo para cuidarte a vos. También ayuda, para asistir a los enfermos; cooperación, para investigar la cura o la vacuna en un emprendimiento colectivo mundial, en el que un descubrimiento se comparte con otros, sin egoísmos; compromiso, para trabajar incansablemente, codo a codo con otras personas, con el propósito de evitar la propagación del virus o mitigar sus efectos.
No es posible enfrentar la crisis de manera individual. Habrá que arrancar de la cabeza la idea inoculada por Hollywood del héroe individual, que todo lo soluciona solo, y apelar a la figura del héroe colectivo planteada por Héctor Oesterheld, creador de El Eternauta, desaparecido y asesinado por la última dictadura militar:
Oesterheld dice: “Siempre me fascinó la idea del Robinson Crusoe. Me lo regalaron siendo muy chico, debo haberlo leído más de veinte veces. El Eternauta, inicialmente, fue mi versión del Robinson. La soledad del hombre, rodeado, preso, no ya por el mar sino por la muerte. Tampoco el hombre solo de Robinson, sino el hombre con familia, con amigos. […] Ahora que lo pienso, se me ocurre que quizás por esta falta de héroe central, El Eternauta es una de mis historias que recuerdo con más placer. El héroe verdadero de El Eternauta es un héroe colectivo, un grupo humano. Refleja así, aunque sin intención previa, mi sentir íntimo: el único héroe válido es el héroe ‘en grupo’, nunca el héroe individual, el héroe solo”.