El Mirador Político

En la tormenta perfecta

domingo, 10 de febrero de 2019 · 04:10

Una combinación de factores que actúan de manera coincidente ha generado casi una tormenta perfecta que se cierne sobre el sistema productivo provincial y que amenaza con profundizar la crisis hasta niveles, en algunos sectores, de devastación.
No hay, en el recuento de causas subyacentes, demasiadas fatalidades, es decir perjuicios que puedan achacárseles al azar, sino, en todo caso, una sucesión de impericias o malas decisiones políticas, más nacionales que provinciales, que han conducido al estado actual de las cosas casi de manera previsible.

La liquidación de los regímenes de diferimientos impositivos y promoción industrial ocurrida durante el kirchnerismo puede concebirse como un mojón inaugural de la debacle. No es que el sistema productivo catamarqueño haya estado, bajo estos regímenes, en el mejor de los mundos, pero al menos regía un conjunto de reglas del juego claras, y establecidas por ley, que favorecían, por las ventajas comparativas en materia tributaria que ofrecía, el desarrollo modesto, pero desarrollo al fin, de emprendimientos en los subsectores agropecuario y manufacturero. Tales beneficios, es preciso señalarlo, le habían permitido a muchas empresas sobrevivir a la crisis del periodo 2001-2002, tal vez la más grave de la historia argentina.

El estancamiento de la economía argentina que caracterizó al periodo 2011-2015, luego de varios años de expansión del PBI registrados luego del 2003 (con la excepción del 2009, año dominado por la crisis internacional), provocó un gradual debilitamiento del entramado productivo local.

La agudización de la crisis
Los problemas se agudizaron a partir de 2016. Los sucesivos tarifazos dispuestos por la administración de Cambiemos incrementaron de manera exponencial los costos de las firmas industriales y agropecuarias radicadas en la provincia. 
La apertura de importaciones fue un golpe casi letal para el sector manufacturero. El ingreso con escasas restricciones de productos textiles fabricados en países con costos muy por debajo de los nacionales puede caracterizarse como una competencia desleal para las empresas locales. Lo mismo sucedió, aunque con un impacto no tal ruinoso, con los productos de la denominada línea blanca, que también se fabrican en Catamarca.

La caída del poder adquisitivo de los salarios, que perdieron por goleada frente a la inflación en 2016 y 2018, empatando apenas en 2017, fue un factor adicional que minó la sustentabilidad de la industria. Numerosas son las empresas que cerraron sus puertas definitivamente, y las que subsisten ven en la recesión que afecta a la economía desde hace dos trimestres una amenaza real para su continuidad. 

El sector agropecuario, en particular la olivicultura, que tuvo un desarrollo notable en la última década del siglo pasado y primera del actual se encuentra en terapia intensiva. Según los datos aportados por la Federación Olivícola Argentina, sobrevive en el Valle central de Catamarca apenas el 20% de los productores. El resto ha dejado de producir o, directamente, ha abandonado las fincas. Este proceso se ha dado sobre todo a partir de 2015: el aumento formidable del precio de la energía, imprescindible para el riego, puede anotarse como causa determinante, aunque no única, de este  fenómeno.
La minería, el otro sector clave del sistema productivo, tiene su propia dinámica interna, y, aunque condicionado también por la adversa situación macroeconómica, enfrenta interrogantes respecto de su potencial futuro que, al no depender su sustentabilidad del alicaído mercado interno, no se relacionan directamente con las restricciones que enfrentan los otros actores de la producción.

El margen de maniobra provincial
Una de las discusiones aún no saldada debidamente se vincula con el margen de acción que tienen los gobiernos provinciales para ofrecer, no ya soluciones, pero al menos paliativos que contribuyan a que las empresas que operan en sus territorios sobrevivan al mal momento, hasta que reaparezcan mejores condiciones macroeconómicas para producir con rentabilidad.

Algunas provincias de características productivas similares a Catamarca –por ejemplo, en su dependencia energética para extraer agua subterránea-, han decidido subsidiar parte de ese costo. Ése es uno de los reclamos que los empresarios olivícolas le hacen al Gobierno provincial, al que le atribuyen escasa preocupación por generar estrategias de salvataje al sector.

Al finalizar la semana, el propio ministro de Hacienda, Sebastián Véliz, ante los reclamos reiterados, dio algunos indicios que alimentan expectativas respecto de la posibilidad de que el aporte del Estado provincial tome algunas medidas que favorezcan a los productores en aprietos económicos por la inviabilidad coyuntural de ésa y otras actividades agropecuarias. 

Desde el Gobierno se están generando algunas estrategias que pueden ser viables, pero cuyo impacto puede medirse en el mediano o largo plazo. Por ejemplo, una modificación de la ley de Micropymes con nuevas exenciones impositivas, que está a consideración de Hacienda; la modificación del decreto reglamentario de la ley de Compre y Contrate preferentemente Catamarqueño; o la puesta en marcha de procesos de desarrollo local en algunos departamentos.

Responsabilidades 
El Gobierno provincial puede exhibir como logros de gestión el superávit de sus cuentas públicas o el bajo endeudamiento, lo que en teoría amplía la capacidad de asistencia al sector productivo. Pero el retiro de los subsidios nacionales –al régimen tarifario o al transporte, por citar los dos de mayor incidencia- obligan a que deba utilizar recursos propios para compensar esos faltantes.
Pese a estas restricciones innegables, no pueden las autoridades catamarqueñas eludir las responsabilidades que les caben descansando en el argumento de que las pésimas condiciones de la macroeconomía tornan inviable cualquier intento de reactivar al sector productivo local. 

Es en tiempos de crisis cuando deben aflorar las mejores ideas y estrategias, mejor si son frutos de amplios consensos, para aguantar los embates más duros de las adversidades económicas, la mayoría de ellas autoinflingidas.

 

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