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EL MIRADOR POLÍTICO

Peligrosos indicios de degradación

30 de septiembre de 2018 - 04:03 Por Redacción El Ancasti

El acto contrición que el secretario de Seguridad Marcos Denett y el jefe de Policía Orlando Quevedo ensayaron en conferencia de prensa luego del robo a la Comisaría de Recreo carece de validez. Para acceder al perdón, ambos arrepentidos tendrían que haber inscripto el último papelón en el historial de incidentes que marcan la sostenida degradación de la imagen policial, de una heterogeneidad que fluctúa de lo trágico a lo cómico. Bolsones de policía brava, entrenamientos brutales, represión a estudiantinas, corruptelas, abusos de autoridad, inoperancia: un combo bien surtido, cuyo correlato es el incremento de los indicadores de inseguridad.

De acuerdo a las últimas estadísticas del Sistema Nacional de Información Criminal del Ministerio de Seguridad de la Nación, Catamarca es una de las provincias donde mayor cantidad de delitos contra la propiedad se producen en relación a su cantidad de habitantes. Ocupó el cuarto puesto en 2017, debajo de Ciudad de Buenos Aires, Neuquén y Salta. Meritorio casillero: el delito catucho en este rubro le ganó a distritos tan competitivos como Córdoba, provincia de Buenos Aires y Santa Fe.
La provincia de Denett y Quevedo lidera en delitos contra la integridad sexual, con una tasa de 83,8 cada 100.000 habitantes, muy por encima de la media nacional, que es de23,9. La tasa de homicidios creció un 105% entre 2015 y 2017, del 1,8 al 3,7, mientras que a nivel nacional se registró el fenómeno inverso, con una caída del 6,6 al 5,7.

Denett y Quevedo, por lógico instinto de conservación política, nunca se refirieron a estos indicadores. Sería una crueldad exigírselos. Demasiado tienen los pobres con las peripecias policiales.

Torpeza

El último bochorno  es de antología. Se robaron mercadería incautada en un procedimiento que estaba resguardada en un calabozo de la Comisaría recreína. La investigación avanza y el caso será posiblemente esclarecido, pero es arduo el regreso desde el ridículo.

Si el incidente lapaceño se vincula con otros, la perspectiva arroja indicios de defectos en los mecanismos aplicados para la incorporación de cuadros y la definición de ascensos en la Policía. No se trata solo de inconvenientes en la formación, sino también, y quizás sobre todo, de la omisión o subestimación de lo que marcan los certificados a aptitud psicológica que se confeccionan sobre los aspirantes.

Más que por la corrupción, que finalmente se sanciona, lo que destaca en algunos casos es la estupidez, la torpeza de los infractores. Este caso de Recreo es una muestra. El universo de sospechosos es muy restringido. Necesariamente alguien con acceso a las llaves del calabozo tiene que estar complicado. De ahí que la Justicia no pueda envanecerse demasiado por la celeridad de la causa.

Más grotescas fueron las andanzas del comisario Daniel Roldán, quien tuvo que ser desplazado del cargo de subjefe de Policía a solo tres meses de haber asumido debido a corruptelas. Compró a nombre de la institución policial dos espejos retrovisores que hizo colocar a sus subordinados en una camioneta de su propiedad; adquirió, también con fondos policiales, materiales de construcción, y luego asignó 9 efectivos a tareas de albañilería en su domicilio particular; inventó una comisión de servicios y fraguó viáticos a Buenos Aires. Que montara tamaña cadena de ilícitos para rapiñar menos de $20 mil es síntoma menos de distorsiones éticas que de severos problemas de razonamiento. Éstos, sin embargo, no fueron impedimento para que trepara hasta el segundo lugar en la cadena de mandos de la Policía.

Peligroso

Otros episodios resultan menos humorísticos. La cantidad de incidentes violentos protagonizados por policías, incluidos los de violencia de género, marca una inquietante prevalencia de desequilibrios emocionales en la fuerza, que conjugados con los déficits en la formación configuran un cóctel de alto voltaje.

Denett y Quevedo, por ejemplo, se vieron obligados a poner la cara por la represión a un inofensivo jolgorio de estudiantes secundarios en el que un estudiante resultó herido con balas de goma o sal. El jefe de Policía pretendió esgrimir como atenuante que los adolescentes habían provocado a los efectivos policiales.

Hace poco, un comisario encabezó la patoteada a una transexual cuyos servicios había contratado. La tomaron a golpes en la calle y luego quisieron seguirla en la Comisaría. El comisario explicó que la víctima le había robado el celular. Fue una suerte para la transexual que la propia policía interrumpiera los tormentos a los que el comisario y sus socios la sometían para tratar de recuperar el celular extraviado en la farra. Vaya a saberse cómo hubiera terminado el relato salvaje si esto no ocurría.

La resolución del caso por la paliza propinada por policías a Ricardo Paucará se dilata. Persisten las sospechas por la muerte del joven Diego Pachao luego de permanecer detenido en una comisaría.
Los desbordes de ira se concatenan con deficiencias en el proceso de formación de los ingresantes a la fuerza, que por otro lado fue objeto de denuncias cuando un grupo de cadetes tuvo que ser internado tras ser sometidos a entrenamientos brutales que los deshidrataron.

En el juicio oral y público contra el ex agente Omar Vergara, quien durante un procedimiento realizado en 2015 en Andalgalá mató de un escopetazo a Ariel Fuenzalida,  surgieron numerosos indicios sobre la instrucción deficiente que había recibido el encartado.

Se incorporaron a la sentencia. “No podemos dejar pasar por alto la falta de instrucción y capacitación policial adecuada”, consignaron. A criterio de los jueces, las fallas en la formación de Vergara habían incidido en la configuración de su accionar negligente e irresponsable.

El peligroso alcance de los emergentes descriptos se aquilata en cuanto se considera que una Policía en la que forman sujetos con criterios tan menesterosos está habilitada para ejercitar labores cuasi-judiciales y arrestar al amparo de la llamada ley de merodeo. Las denuncias por apremios a menores sumaron esta semana una realizada por la Subsecretaría de Familia del Ministerio de Desarrollo Social de la Provincia.

Es tan injusto generalizar las miserias a todos los integrantes de la Policía, como irresponsable mantenerse prescindente ante la acumulación de indicios de degradación.

Que el secretario Denett y el jefe Quevedo hayan declarado estar avergonzados por lo de Recreo es de una insuficiencia patética. Si se tomaran el trabajo de encadenar los hechos, una pesquisa que no requiere más que revisar archivos, advertirían que el robo a la Comisaría está muy lejos de ser una excepción. Más bien se acerca a constituirse en la regla.

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