Por encima de las controversias, la perspectiva del tiempo difumina luces y sombras para imponer la figura de Vicente Leónides Saadi. El Senado de la Nación le rindió homenaje el miércoles, a las puertas de los 30 años de su fallecimiento. En el salón Arturo Illia de la Cámara alta, añejas y viscerales antinomias aldeanas pactaron una tregua: coincidieron en la conmemoración el senador nacional Oscar Castillo y el ex senador nacional Ramón Eduardo Saadi, los dos ex gobernadores de Catamarca que encarnan el litigio político medular provinciano de las primeras dos décadas de la democracia recuperada en 1983. Vicente Saadi integra el reducido catálogo de dirigentes catamarqueños que accedieron a espacios de importancia a nivel nacional en el siglo XX. Mencionar solo los extintos contribuirá a no herir susceptibilidades: el conservador ancasteño Ramón S. Castillo, que reemplazó en la Presidencia a Roberto Ortiz en 1942; José Ber Gelbard, “el burgués maldito”, fundador de la Confederación General Empresaria y ministro de Economía del último Perón; Ramón Edgardo Acuña, cofundador del Movimiento de Renovación y Cambio desde el que ascendió a la presidencia Raúl Alfonsín, de quien fue colaborador dilecto. Del lote, Saadi se diferencia por haber urdido un esquema de poder propio con proyección nacional desde el territorio catamarqueño, autónomo de voluntades ajenas a la suya.
El diseño se extinguió tras su muerte, aunque con el saldo, no menor, de haber llevado a la Casa Rosada al riojano Carlos Saúl Menem tras derrotar en las internas justicialistas de 1988 nada menos que a los aparatos electorales conjugados del por entonces gobernador de Buenos Aires, Antonio Cafiero, y el jefe del peronismo cordobés, José Manuel de la Sota. Vicente falleció el 10 de julio de ese año, mientras se perfeccionara la hazaña a la que había contribuido con muñeca maestra.
Las caracterizaciones de Saadi fluctúan del panegírico a la diatriba, sin matices y con idéntica desmesura. Como en la mayoría de los casos, pueden esgrimirse tantos argumentos para el elogio como para la censura; del criterio y la intención de quien incurra en las evaluaciones depende enfatizar unos u otros: lo que unos leen como aptitud para el diálogo democrático y la negociación, para los otros fueron meros alardes de camandulero y tahúr. Vaya a saberse. En cualquier caso, no es posible omitir, sin caer en arbitrariedad palmaria, lo determinante que fue la gravitación de Saadi en la política nacional de los ’80. Tampoco, negarse el papel que cumplió en la edificación del ascenso de Menem y más: que aquella atropellada fue la última que el interior logró perpetrar a expensas de un proyecto cifrado en la contundencia electoral de distritos como Buenos Aires y Córdoba. Después de eso, con más celeridad desde la reforma constitucional de 1994 y la eliminación del sistema de elección presidencial indirecta, los distritos como Catamarca acentuaron su retroceso hacia posiciones marginales.
Lo que Menem haya hecho es otra historia, en la no pueden atribuírsele a Saadi ni elogios ni impugnaciones. Vale a tres décadas de su muerte, en cambio, insistir con la necesidad de construir desde el interior argentino consensos que trasciendan los límites provinciales y permitan al menos igualar cargas con regiones a las que sus multitudinarios padrones proporcionan ventajas inacortables cuando de tratar con el poder central. En estos momentos de incertidumbre económica, en el parecer indestructible ciclo de las frustraciones patrias, la minusvalía institucional de las provincias menos pobladas, lo menguado de sus recursos políticos, se hace todavía más evidente. Tanto, como la ausencia de dirigentes con la competencia para tramar acuerdos de don Vicente Saadi.