En los últimos tiempos, sobran las anécdotas en las escuelas que permiten constatar las tensiones existentes, por ejemplo, entre los docentes y los padres de los alumnos. No aludimos, en este caso, a episodios relacionados con hechos de violencia generalmente protagonizados por progenitores disconformes con las calificaciones de su hijo. Estos son hechos se descalifican por sí solos y no admiten polémica.
Sí nos referimos, en cambio, a diferencias de criterios en las que cada parte parece tener una porción de razón, como las expuestas en una escuela de la capital salteña en los últimos días.
En ese establecimiento escolar, los docentes pegaron un cartel, dirigido a los padres, que en su texto desnuda la causa de la polémica. "Queridos papitos –comienza de un modo irónico-, atento a su solicitud de no enviar tareas para la casa, porque es de nuestra ‘responsabilidad’ como profesores enseñar las materias y no de ustedes, es por eso que queremos pedirles que no manden más a la escuela niños irresponsables, faltos de respeto, sin bañarse, deshonestos, flojos y prepotentes, porque esa es su ‘responsabilidad’ y no la deben delegar en nosotros. Gracias Papitos”.
El escrito revela una queja muy común entre los padres, que es la práctica, asumida de manera sistemática por algunos maestros o profesores, de "delegar” en los padres una parte del aprendizaje de los estudiantes, pues las tareas hogareñas en reiteradas ocasiones incluyen aportes de los mayores que se encuentran en la casa destinados a explicar o investigar contenidos.
Pero los docentes también tienen razón cuando deben soportar de parte de los alumnos malos comportamientos, falta de apego al compromiso y la responsabilidad escolar, entre otros defectos o carencias que tienen relación directa, muy seguramente, con los ejemplos o la calidad de la educación que reciben en el seno de sus propias familias.
Por cierto, el cartel en cuestión desapareció al poco tiempo de haber sido colocado, evitando que las autoridades escolares lo advirtieran y pidieran explicaciones a sus autores. Porque si bien es real que a los mentores les asiste una parte de razón en la argumentación de fondo, no es de esa manera cómo se resuelven los problemas que los docentes advierten en los estudiantes que tienen en sus aulas.
La polémica quedó acotada a la escuela salteña, pero encierra connotaciones más profundas en un sistema educativo cuya calidad está muy por debajo de la media histórica, siendo incluso superado en los exámenes que se toman habitualmente por países de la región con menor desarrollo cultural y educativo.
Los problemas de la educación no se resuelven con carteles y mensajes indirectos, por más que sean reveladores de las restricciones y carencias existentes, sino con una reflexión profunda que sea convocante de todos los sectores con incumbencia en la problemática.
Tal convocatoria siempre queda postergada por alguna urgencia, pero llegará el momento en que sea tan imprescindible que su cristalización en espacios de amplia participación será una obligación estatal imposible de eludir.