Una de las maneras de perfeccionar las acciones de gobierno, de hacerlas más amigables con los intereses generales, es precisamente otorgándoles participación en la toma de decisiones a los ciudadanos, fundamentalmente a través de sus organizaciones representativas. Se trata de una ecuación indiscutible: a mayor participación, menor margen de error y, consecuentemente, menor costo político en caso de críticas sobre los hechos consumados.
Pero los gobiernos no suelen ser, ni siquiera los municipios, que son los que están más cerca de la gente, muy proclives a utilizar mecanismos de consultas a la población, ni los informales ni los que tienen algún grado de regulación. Los resultados de algunas medidas inconsultas tienen como secuela inevitable la reacción airada de los representados.
Esto es lo que ha sucedido con vecinos de la zona de Santa Rosa, en el departamento Valle Viejo, que debieron autoconvocarse días pasados para impedir que las máquinas municipales arrasaran con añosos y frondosos árboles, de esos que le otorgan a Las Chacras belleza natural y una fisonomía tan particular.
Los pobladores que habitan sobre la calle Crisanto Gómez o en sus inmediaciones protegieron con una cerca a un grupo de árboles con el propósito de impedir que los talaran. La organización rindió sus frutos, pues los empleados comunales debieron informar a sus superiores que no podían llevar a cabo la tarea encomendada, y la obra se paralizó.
Basta recorrer las calles del departamento para darse cuenta de que el paisaje ha cambiado bastante en los últimos años, en algunos casos como consecuencia del avance de la urbanización y en otros por defectos del propio municipio, ya sea por pésimas intervenciones o por omisiones evidentes, sobre todo de la anterior gestión.
El proyecto de tala de los árboles de la calle Crisanto Gómez con el objeto de ensancharla fue ideado precisamente por las autoridades que culminaron su mandato en diciembre pasado. Pero la actual gestión cometió el mismo error que la anterior, y pretendió ejecutarlo pese a la oposición de los vecinos, que cuestionaron la acción que desarrolla la municipalidad al no tener en cuenta la preservación de estos añosos ejemplares, entre los que hay tipas, algarrobos y jacarandaes -algunas de estas especies se encuentran protegidas-, lo que les cambia la imagen al paisaje, brindando "un espectáculo deplorable", según dijeron.
La buena noticia es que el municipio, aunque tarde, decidió escuchar a los ciudadanos y permitirles que elaboren una contrapropuesta. No se sabe con exactitud si los funcionarios abrieron el juego a las opiniones vecinales convencidos de la utilidad de esta medida o simplemente porque el hecho tomó estado público gracias a los medios de comunicación.
Podrían, las autoridades, haber evitado el conflicto si se esforzaran por tender puentes de diálogo con sus representados de manera sistemática, o al menos cuando se realicen intervenciones que modifiquen el paisaje urbano de manera sustantiva.
Pero, según se ve, la palabra participación no parece estar en el diccionario de los gobernantes.