sábado 2 de mayo de 2026
Editorial

Un costo más alto que el ahorro

En tiempos de ajuste del gasto público, existen áreas cuya reducción puede representar apenas una poda administrativa y otras en las que significa debilitar capacidades estratégicas del Estado. El ajuste aplicado al Servicio Meteorológico Nacional (SMN), con una disminución presupuestaria del orden del 43% y despidos de personal especializado, pertenece sin dudas a esta última categoría.

El SMN cumple funciones clave para la seguridad pública, la producción, el transporte, la defensa civil, la navegación aérea y marítima, la gestión energética, la planificación agropecuaria, la investigación científica y la prevención de catástrofes naturales. Su tarea no se limita a informar si lloverá mañana, sino que provee inteligencia ambiental indispensable para el funcionamiento moderno de un país extenso, diverso y expuesto a crecientes eventos extremos.

Por ello resultan preocupantes los argumentos utilizados por funcionarios nacionales para justificar el recorte. Las afirmaciones oficiales que minimizan la cantidad de profesionales del organismo, presentan una falsa oposición entre tecnología y trabajo humano, o sugieren una supuesta inutilidad del sistema de alertas, revelan una mirada simplificadora sobre un servicio altamente técnico y complejo.

La búsqueda del equilibrio fiscal es legítima. Lo que no resulta admisible es conseguirlo a partir del desguace de áreas sensibles como el Servicio Meteorológico Nacional. La búsqueda del equilibrio fiscal es legítima. Lo que no resulta admisible es conseguirlo a partir del desguace de áreas sensibles como el Servicio Meteorológico Nacional.

Un organismo meteorológico debilitado tiene múltiples implicancias porque su labor es muy importante. En la aviación comercial y civil, la información meteorológica confiable es una condición operativa básica. En el agro, determina siembras, cosechas, riego, aplicación de insumos y logística. En el sistema energético, anticipa picos de demanda, olas de frío o calor y disponibilidad hídrica. En rutas, puertos y ríos, permite prevenir contingencias. En salud pública, ayuda a preparar respuestas frente a olas térmicas o eventos ambientales adversos.

Pero el daño más grave aparece frente a las emergencias. Sequías, inundaciones, tormentas severas, granizo, vientos destructivos y crecidas repentinas exigen capacidades estatales bien preparadas. En un contexto global signado por el cambio climático y la mayor frecuencia de fenómenos extremos, recortar al organismo encargado de vigilar la atmósfera es una medida casi suicida. La experiencia reciente lo confirma. En episodios dramáticos como el temporal de Bahía Blanca, los sistemas de alerta habían emitido avisos previos escalonados. Y si los daños fueron grandes se debieron a la magnitud del fenómeno y a la falta de coordinación política para prevenirlos pese a contar con las indispensable información previa.

Además, los registros prolongados confeccionados por el SMN permiten detectar tendencias climáticas, diseñar obras públicas, calcular recurrencias de eventos extremos y mejorar modelos predictivos.

El Estado necesita austeridad, desde luego. Pero en ese marco debe distinguirse entre gasto improductivo e inversión pública esencial. La búsqueda del equilibrio fiscal es legítima y necesaria. Lo que no resulta admisible es conseguirlo a partir del desguace de áreas sensibles como el Servicio Meteorológico Nacional. Ajustar donde se compromete la seguridad, la prevención y el conocimiento tiene un costo más alto que eventuales ahorros.

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