Las crónicas de los accidentes de tránsito
ya forman parte del paisaje de los medios de comunicación. Es imposible
concebir que la sección policial de cualquier diario no contenga la descripción
de un siniestro vial, muchos de los cuales, para colmo, tienen como saldo
víctimas fatales.
El primer interrogante que cualquier perito
en accidentología se formula se relaciona con la causa –o las causas- que
produjeron el accidente. Y las conclusiones a las que suelen arribar mayoritariamente
es que el episodio fue causado, más que por la fatalidad, el destino o la
casualidad, por la imprudencia cometida por uno o varios de los protagonistas
del hecho.
A esa causa de base debe sumarse otra
relacionada también con las acciones, u omisiones, humanas. Los escasos
controles de las personas que integran los organismos encargados de hacerlo que
se dan en determinadas circunstancias facilitan la consumación de las
tragedias.
Un episodio ocurrido en el pasado mes de
enero –pero que con parecidas características se repite a diario- es
paradigmático de lo que venimos describiendo. En aquella oportunidad, una moto
ocupada por dos mujeres adultas, una niña de cinco años y un bebé fue
colisionada por un automóvil cuando circulaban por ruta 38 a la altura de la
fábrica Coteca. El resultado fue casi completamente fatal, pues las dos mujeres
adultas y la bebé fallecieron, sobreviviendo con graves secuelas la niña.
Los ocupantes de la motocicleta se dirigían
desde la ciudad capital hacia el Penal de Miraflores. Es decir, que para llegar
al destino debían pasar por el control caminero dispuesto en inmediaciones de
ese lugar. Un interrogante que surge inevitablemente es cómo puede ser que
circularan cuatro personas en una motocicleta, dos de ellas niños de corta
edad, en una ruta nacional de mucho tránsito, sin que ningún agente encargado
de los controles se lo impidiera.
La respuesta es sencilla: los controles en
los caminos catamarqueños son tan esporádicos que pareciese que esas
construcciones dispuestas al costado de las rutas fuesen más habitaciones para
el descanso de los policías que puestos camineros para el control del tránsito
vehicular.
El hecho de que la imprudencia o errores
humanos prevenibles se constituyan como las causas más importantes de los
accidentes de circulación es un dato que debe tenerse muy en cuenta. No debe
pensarse, sin embargo, que la localización de las causas de base habilita a
soluciones de rápida implementación.
Aun cuando los controles de tránsito sean
eficaces, no se garantizaría en absoluto que los accidentes no se producirán en
cualquier momento. Si bien podría evitarse la circulación de una motocicleta
con cuatro ocupantes, como sucedió en aquella calurosa tarde de enero, nada
asegura que, lejos de las camineras, los conductores incurran en excesos de
velocidad, maniobras imprudentes u otras violaciones a las normas de tránsito.
De modo que resulta imprescindible que,
además de los controles de las autoridades competentes, cada uno de los que
asume el comando de un vehículo tenga conciencia de que respetar las normas
viales es una decisión que, muchas veces, separa la vida de la muerte.