lunes 6 de julio de 2026
Editorial

No tentar a la muerte

Las crónicas de los accidentes de tránsito ya forman parte del paisaje de los medios de comunicación. Es imposible concebir que la sección policial...

Por Redacción El Ancasti

Las crónicas de los accidentes de tránsito ya forman parte del paisaje de los medios de comunicación. Es imposible concebir que la sección policial de cualquier diario no contenga la descripción de un siniestro vial, muchos de los cuales, para colmo, tienen como saldo víctimas fatales.

El primer interrogante que cualquier perito en accidentología se formula se relaciona con la causa –o las causas- que produjeron el accidente. Y las conclusiones a las que suelen arribar mayoritariamente es que el episodio fue causado, más que por la fatalidad, el destino o la casualidad, por la imprudencia cometida por uno o varios de los protagonistas del hecho.

A esa causa de base debe sumarse otra relacionada también con las acciones, u omisiones, humanas. Los escasos controles de las personas que integran los organismos encargados de hacerlo que se dan en determinadas circunstancias facilitan la consumación de las tragedias.

Un episodio ocurrido en el pasado mes de enero –pero que con parecidas características se repite a diario- es paradigmático de lo que venimos describiendo. En aquella oportunidad, una moto ocupada por dos mujeres adultas, una niña de cinco años y un bebé fue colisionada por un automóvil cuando circulaban por ruta 38 a la altura de la fábrica Coteca. El resultado fue casi completamente fatal, pues las dos mujeres adultas y la bebé fallecieron, sobreviviendo con graves secuelas la niña.

Los ocupantes de la motocicleta se dirigían desde la ciudad capital hacia el Penal de Miraflores. Es decir, que para llegar al destino debían pasar por el control caminero dispuesto en inmediaciones de ese lugar. Un interrogante que surge inevitablemente es cómo puede ser que circularan cuatro personas en una motocicleta, dos de ellas niños de corta edad, en una ruta nacional de mucho tránsito, sin que ningún agente encargado de los controles se lo impidiera.

La respuesta es sencilla: los controles en los caminos catamarqueños son tan esporádicos que pareciese que esas construcciones dispuestas al costado de las rutas fuesen más habitaciones para el descanso de los policías que puestos camineros para el control del tránsito vehicular.

El hecho de que la imprudencia o errores humanos prevenibles se constituyan como las causas más importantes de los accidentes de circulación es un dato que debe tenerse muy en cuenta. No debe pensarse, sin embargo, que la localización de las causas de base habilita a soluciones de rápida implementación.

Aun cuando los controles de tránsito sean eficaces, no se garantizaría en absoluto que los accidentes no se producirán en cualquier momento. Si bien podría evitarse la circulación de una motocicleta con cuatro ocupantes, como sucedió en aquella calurosa tarde de enero, nada asegura que, lejos de las camineras, los conductores incurran en excesos de velocidad, maniobras imprudentes u otras violaciones a las normas de tránsito.

De modo que resulta imprescindible que, además de los controles de las autoridades competentes, cada uno de los que asume el comando de un vehículo tenga conciencia de que respetar las normas viales es una decisión que, muchas veces, separa la vida de la muerte.

 

Seguí leyendo

Te Puede Interesar