En su edición de ayer, El Ancasti publicó un informe respecto de la triste realidad de San José, un pueblito ubicado a apenas 12 kilómetros de la ciudad de Tinogasta que está a punto de desaparecer.
Muchos factores, pero principalmente la ausencia de perspectivas económicas en la zona, son las que provocaron que de a poco las casas y los campos fueran abandonados, fenómeno que se repite en toda la extensión del territorio provincial.
Según el informe, en un recorrido por el pueblo se pueden observar más de 30 viviendas abandonadas. San José, reconocido por sus tierras fértiles, supo cosechar uvas y ser abastecedor de enormes cantidades de tomate y verduras de hojas verdes que abastecía el mercado interno. En los últimos 30 años se transformó en un pueblo donde quedan no más de 20 familias, la mayoría concentradas en el B° 25 viviendas, construidas por el Estado y entregadas hace una década.
Hace unos años, la ONG Responde publicó un estudio que aseguraba que en todo el país existían alrededor de 800 pueblos en vías de extinción, 40 de los cuales se ubicaban en Catamarca. La organización coloca en esa situación a todas las localidades con menos de 2.000 habitantes que entre censo y censo ven disminuir su población más del 10 por ciento, y que corren el riesgo de convertirse en pueblos fantasmas.
Las causas por las que este gran número de pueblitos de Catamarca pueden desaparecer muchos ya lo han hecho- son numerosas. Uno de los factores es el cierre de las estaciones de ferrocarril, pero también pueden mencionarse el deterioro de la importancia de la actividad económica que les dio vida en su momento; la falta de fuentes de trabajo; el aislamiento por el trazado de rutas pavimentadas alejadas de los antiguos caminos de tierra; la carencia de establecimientos educativos o sanitarios, entre otras causas.
Pero la migración continua desde estos lugares, generalmente a grandes ciudades, conlleva también un problema para los que toman esta decisión, debido a que cortan sus raíces culturales. Además, suelen tener problemas, por su baja calificación laboral, para encontrar empleo formal o bien remunerado; y habitualmente se radican en las periferias de las grandes ciudades, en lugares donde la calidad de vida es baja por la ausencia o insuficiencia- de servicios esenciales y el hacinamiento. Las malas condiciones de vida de los que eligen el camino del desarraigo derivan, asimismo, en otros peligros, como ser fácil presa de bandas delictivas o del clientelismo político.
Lo que en definitiva parece terminar condenando a la extinción a numerosas localidades es la ausencia de un horizonte de vida. El problema debe resolverse con el concurso de todos los niveles de gobierno, porque las políticas aisladas resultan insuficientes.
El camino más adecuado es el de alentar el diseño de planes territoriales que, a partir de un diagnóstico certero de la realidad de estos lugares, sean capaces de generar las condiciones productivas, pero también de infraestructura, que pongan un freno a la tendencia de concentración poblacionales en algunos lugares, por un lado, y de extinción de localidades que hasta hace no mucho eran comunidades vivas y con futuro, por el otro.