La llegada del verano despierta en los catamarqueños temores relacionados con los recursos con los que la provincia cuenta para contrarrestar sus efectos, sobre todo en materia de energía eléctrica y agua.
Respecto de la energía, el ministro de Servicios Públicos ha sido enfático en lo que se refiere a los requerimientos para soluciones de índole estratégica: se necesitan 2.000 millones de pesos y cinco años.
El del agua, en cambio, es un problema en el que las previsiones son más difíciles de establecer, en tanto la prestación satisfactoria del servicio de agua potable depende sólo parcialmente de la infraestructura con la que se cuente o la eficiente labor de mantenimiento de la existente: una porción para nada despreciable está supeditada a la envergadura y características de las precipitaciones que alimentan las fuentes de provisión, tanto las superficiales como las subterráneas.
En los últimos años la lluvia caída en el Valle Central de la provincia ha estado por debajo del promedio histórico. No obstante, si el agua ha escaseado en algunos sectores de los departamentos Capital, Valle Viejo o Fray Mamerto Esquiú no ha sido por su ausencia, sino más bien por la obsolescencia de la red de agua, cuyos daños permanentes provocan cortes parciales en el suministro en determinados sectores, y por problemas de energía eléctrica, que es necesaria para que los pozos bombeen el agua subterránea.
Si bien la carencia del agua superficial que aporta el río El Tala y el dique El Jumeal- es evidente, las reservas del recurso en las napas subterráneas han sido, hasta ahora, suficientes para abastecer los más de 200.000 habitantes de los departamentos mencionados.
Un informe de la Revista Express que publicó El Ancasti en su última edición dominical señala que hay estudios que establecen la existencia de una gran reserva de agua subterránea en el Valle Central, y que se han realizado barridos de los pozos en funcionamiento y también más al sur del valle, en la zona donde hay establecimiento de diferimientos impositivos con sus propias perforaciones, que confirman la existencia de ese acuífero. Pero también que el último barrido indica que el nivel de las napas ha bajado.
El mismo informe consigna que, según las autoridades de la empresa Aguas de Catamarca, los habitantes del Valle Central de la provincia consumen el doble del promedio mundial, que es de 250 litros por día.
Sin duda, la escasez de agua hasta el momento en la provincia es más una amenaza que un problema real. De otro modo no se entendería la cultura del derroche que predomina entre los catamarqueños.
Sería muy útil para el bienestar futuro leer, respecto de las conclusiones del estudio sobre las reservas de agua subterránea, no sólo la parte en la que se precisa la abundancia del acuífero, sino también la que indica que el nivel de las napas disminuye cuando el consumo es excesivo y las lluvias no alcanzan para reponer ese abuso.
No vendrían mal acciones complementarias destinadas a evitar los excesos: controlar los derroches el poder de policía le corresponde a los municipios- y concientizar respecto de la importancia de preservar un recurso escaso, tarea en la que la escuela debería asumir el rol protagónico.