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Pobreza sin perdón

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22 de septiembre de 2006 - 00:00
Cuando la pobreza no puede achacarse a la carencia de recursos naturales, ha de entenderse que no tiene perdón, que no autoriza ninguna resignación, que no debiera permitir otra inquietud que la de exterminarla, que debería convertir a todos en miembros de una milicia imposible de contener.

Cuando la pobreza ocurre en medio de la abundancia de la naturaleza, ya no queda lugar para la comprensión. En esta situación, ya no hay inocentes y menos entre los que gobiernan y los que hablan de refundar la provincia según proyectos que nunca se concretan o, lo que es peor, que ni siquiera se diseñan. Ni los hay entre los que a la hora de erigir con su voto a quienes deben asegurar la felicidad común, insisten en encumbrar a los mismos que consolidaron este presente de tanta hambre, de tanta desprotección, de tanta exclusión, de tanta intemperie, de tanta inseguridad, de tanto mal ejemplo.

Que Catamarca es pobre -que los catamarqueños son pobres, más exactamente- no es secreto para nadie. Los hijos de esta tierra lo tienen asumido tanto como a su nombre y apellido. Pero no siempre tienen conciencia de hasta qué grado lo son. Y hasta qué punto esta pobreza es un despojo. Ni menos el tamaño de su responsabilidad en esta realidad inadmisible. Ni lo que podrían haber sido si no hubieran tolerado la cadena de complicidades que hicieron posible esta pobreza que ya tiene contaminado también el futuro de las generaciones jóvenes de hoy.

La pobreza aquí ya no puede negarse con el argumento de que es fantasma que gusta menear la oposición política o los masoquistas, que pululan por todas partes y en todo tiempo o a los órganos perceptivos deformados, supuestamente incapaces de reconocer cuánto se ha modificado, para bien, la suerte de las mayorías en los últimos decenios.

El discurso triunfalista no puede, ahora, mantenerse con tan endebles razones. El Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) ha emitido su verdad, una vez más. Y ella revela que Catamarca sigue anclada en su elevado índice de estrechez económica. Al informar sobre el nuevo dictamen del INDEC, EL ANCASTI de ayer señala que “con el 48,4 por ciento de su población sin poder acceder al mínimo de alimentación y servicios, Catamarca ocupa el cuarto lugar entre los conglomerados urbanos con mayor índice de pobreza: solamente tienen indicadores más críticos en este aspecto Resistencia (55,6%), Corrientes (51,7%) y Palpalá- Jujuy (48,9%).

Se apunta, además, que “el nivel de pobreza catamarqueño está 17 puntos porcentuales por encima de la media nacional, que es del 31,4 por ciento. Y 2,6 puntos por sobre la media de la región noroeste, que es del 45,8%”. Detalla, luego, que Catamarca está entre las más pobres de la región noroeste, sólo superada por Jujuy, y que debajo de ella se ubican Tucumán (47,9%), Salta (45,7%), Santiago del Estero (45,6%) y La Rioja (28%).

Un dato que para los catamarqueños resultará particularmente indicador de su postración es el que da cuenta de que La Rioja está ubicada en el puesto 17 del ranking de la miseria, en tanto Catamarca se halla en el cuarto lugar. Parece innecesario observar que ese ranking pone a la cabeza a la jurisdicción más indigente y en orden decreciente a los que le siguen en tan lastimoso rubro.

Podría servir de consuelo el hecho de que hay provincias -pocas, pero hay- en peor situación que Catamarca. Pero la circunstancia de que aquí la gran minería es floreciente, de que la actividad agroindustrial también lo es, y de que el nivel de escolaridad de la población es igualmente significativo no deja lugar a conformidad alguna.

La pobreza de Catamarca no es castigo divino, ni fruto de la Fatalidad, ni producto histórico irreversible. Es creación, conservación y agudización colectiva, pero responsabilidad primera de sus dirigentes de todo género.
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