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Emergencia ambiental

20 de septiembre de 2006 - 00:00
2006 será recordado por los catamarqueños como el año de las peores condiciones ambientales que hayan vivido en el Valle central. Y no por efectos de algún extraño fenómeno meteorológico, sino por la acción directa del hombre. Esto es, como consecuencia de la deforestación producida en los alrededores en el afán de la obra pública a cualquier precio. Este costo del “progreso” fue lo que se vio, o mejor dicho, lo que se está padeciendo las tres últimas semanas: un grave deterioro de la salud de la población, especialmente a raíz de las enfermedades respiratorias, gran ausentismo de trabajadores y alumnos, serias complicaciones en ámbitos laborales y educativos para el normal desempeño de la rutina por la acumulación de tierra aún en los ambientes cerrados y problemas para conducir en las calles adyacentes ante la escasa visibilidad. Y un generalizado mal humor en todo el mundo, porque así, respirando polvo todo el día, no se puede vivir. Si antes a esta época del año la padecían particularmente las personas con alergia, hoy en día buena parte de la gente se ha vuelto alérgica de algún modo.



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La gran responsabilidad de estas malas condiciones ambientales es de las autoridades provinciales de Obras Públicas, que dispusieron el inicio de los trabajos para la construcción del nuevo estadio de fútbol y del predio ferial en la zona del Campo Las Heras. Dichas tareas, a cargo de las empresas contratadas a tal fin, comenzaron con un desmonte nunca antes visto en las inmediaciones. El suelo quedó con tierra suelta y con la llegada de los vientos fuertes del final del invierno se originan allí unas nubes irrespirables de polvo. Las explicaciones oficiales son verdaderamente lamentables: para un funcionario del área, la obra pública no conoce de estos “imponderables” ni tampoco puede paralizarse porque haya viento. Y para consuelo para los vecinos de la zona –que son los más perjudicados por el trabajo de las topadoras-, dijo que el día de mañana sus casas se valorizarán como no imaginaban, porque no es lo mismo vivir cerca de un predio tan moderno como el que se piensa construir, que si sólo tuvieran un monte de especies autóctonas a la vuelta.



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Pero lo que nada paga, pretenden ignorar las autoridades de esa cartera, es la salud de la población. Según médicos especialistas consultados por este diario, el 90 por ciento de las enfermedades que se registran actualmente son de carácter respiratorio. Los más afectados son, por cierto, los niños de corta edad y las personas mayores. Por esa razón, las consecuencias de la deforestación no pueden ser consideradas como algo imprevisible para los responsables de la obra pública provincial. En todo caso, lo que se puede observar a simple vista es una absoluta falta de previsión. Cuando se tomó la decisión política y económica de hacer estas obras, no se determinó al mismo tiempo que se lleven a cabo contra viento y marea (contra viento y tierra, habría que decir en este caso), sino que la oportunidad y las características del trabajo quedaron en manos de los técnicos. Ellos eran quienes debían prever que no se puede desmontar a ciegas sin tener una alternativa para contrarrestar la falta de verde y la abundancia de tierra suelta. Ahora no basta con duplicar la cantidad de camiones regadores en medio del desastre producido. Una medida que, por otra parte, no se hubiera adoptado si no fuera por las incesantes quejas de vecinos y transeúntes de las inmediaciones del Campo Las Heras.
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