A pocas semanas de las elecciones, no cabe duda de que, para la mayoría de quienes siguieron los comicios norteamericanos, no existía un dilema. La opción era, aparentemente, por demás clara. Lo que venía diciendo Trump, más su falta total de experiencia en funciones de gobierno y lo que salía a la luz sobre sus conductas pasadas sobraban para inclinar la balanza hacia Hillary Clinton. No fue así.
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La invención de Trump
Sin embargo, visto ahora a la distancia, la victoria de Trump no fue una sorpresa porque ya se insinuaba en los medios a través de los escasos reportajes a la gente que se encasilla en los sectores más vulnerables de la sociedad por su nivel educativo y salarial. Las respuestas de ese sector indicaban que algo no andaba bien para los demócratas. Efectivamente, ante la pregunta de por quién votarían, la respuesta era clara: votarían por Trump porque él, en un lenguaje claro y sencillo, al menos hablaba de sus problemas, de los empleos perdidos, de los sueldos bajos, de las fábricas que habían cerrado sus puertas y se habían ido a México, a China. Hillary, en cambio, nunca lo hizo y se enredó en una temática social y cultural de alto vuelo que no llegó a esa gente.
Conocido el resultado de la elección, el desafío fue encontrar las razones que impulsaron al pueblo norteamericano a elegir lo que eligió. Desde ya que la tarea no fue fácil porque lo paradójico de esta situación es que Obama, un presidente demócrata, gozaba al momento de la elección del más alto índice de popularidad que un presidente saliente podía tener. El índice de desempleo era el más bajo de los últimos tiempos: 4,9%. Sin embargo, todo esto no alcanzó para entender la decisión de los votantes.
Por lo tanto, dada esa situación, la tarea que nos planteamos era difícil. Pero decidimos encararla lo mismo porque valía la pena tratar de llegar a las raíces, equivocadas o no, de donde brotan las decisiones de los pueblos. No se podía arrojar al olvido el tratar de averiguar cómo, en una sociedad altamente desarrollada económicamente como la norteamericana, en otros tiempos cuna de la democracia moderna, se pudo haber elegido a un candidato que durante la campaña electoral se empeñó en "patear el tablero” de todas las convenciones políticas. El hecho de que ni sus insultos, ni sus amenazas, ni sus burlas, ni su lenguaje muchas veces vulgar al extremo, ni sus promesas de dudosa concreción hubieran bastado para impedir que convenciera a gran parte de la clase media a seguirlo, merecía una investigación. Y hacia allí nos fuimos.
Los grandes derrotados
Dado el distanciamiento de Trump con el partido que representaba durante la campaña electoral, su triunfo no fue ni es visto hoy como el del partido republicano sobre el demócrata. La opinión general es que Trump derrotó a los dos partidos. Por lo tanto, los grandes perdedores en estas elecciones habrían sido las respectivas estructuras de estos dos partidos en Washington: la demócrata y la republicana.
En efecto, según los analistas más avezados de los medios, esas dos estructuras partidarias habían "bendecido” a dos candidatos que garantizaban la continuidad del statu-quo económico y político: Hillary Clinton y Jeb Bush. Ellos eran conocidos, tenían experiencia como políticos y controlaban la muy bien aceitada red de manejo político en Washington. Pero la trama les salió incompleta. Jeb Bush no llegó.
Sin embargo, una vez finalista, Trump no las tuvo fácil. Se tuvo que mover solo por la indiferencia y el rechazo a su postulación de parte del aparato republicano, incluido el ex presidente Bush-1 y otros jerarcas que ocuparon cargos importantes en las anteriores administraciones. También tuvo que afrontar al comienzo de su campaña la falta de apoyo financiero de los donantes millonarios, que prefirieron volcar sus fondos al control del Congreso, seguros de que Trump perdería la elección. Por el otro lado, el triunfo de Trump sobre Hillary Clinton no puede menos que verse como la derrota de la maquinaria electoral montada por los demócratas. Las estrategias de sus expertos para desacreditar a Trump por sus carencias, su lenguaje y mil cosas más, al final les jugó en contra pues sirvieron para enardecer más a los seguidores del republicano.
La lista de derrotados se completa con los grandes medios de comunicación, los intereses financieros y los tecnológicos que apostaron a Hillary porque les daba una garantía confiable para seguir con sus negocios a bordo de la globalización y las especulaciones financieras.
A todos ellos les ganó Trump.
Los derrotados de más abajo
Aquí se incluyen los pocos sindicatos que quedan, los cuales, a pesar de haber gastado unos 100 millones de dólares en propaganda a favor de Clinton, no pudieron inclinar a los votantes hacia ella. Aclaremos que los sindicatos fueron diezmados a lo largo de estos últimos 30 años por la migración de las fuentes de trabajo a otros países como China y México y por el avance tecnológico y la robótica. En la actualidad, solamente el 11.1% de los trabajadores están afiliados a un sindicato en EE.UU. comparado con el 35% de cuando Reagan llegó a la presidencia en 1981.
El tema es que la capa de población trabajadora y flotante políticamente, que constituye un 15-20% de los votantes, esta vez votó por Trump, mientras que en 2008 y 2012 habían votado por Obama. Esto no debería sorprender, sin embargo. Se estima que 5 millones de personas perdieron su trabajo desde 1993 a la fecha; que entre 50.000 y 75.000 pequeñas y medianas empresas o fábricas manufactureras desaparecieron en ese mismo periodo.
La conciencia sobre el origen político de estas pérdidas en la clase media se estuvo dando a la sombra de la política impulsada sobre todo desde la presidencia de Bill Clinton. A nadie escapa que él fue el impulsor de tratados de libre comercio como NAFTA, culpable de la pérdida de 851.700 puestos de trabajo. Hoy la mayoría de los estadounidenses se dio cuenta de que los tratados de libre comercio, lejos de haber servido para inundar el mercado mundial con productos manufacturados en USA, en realidad sirvieron para exportar los puestos de trabajo.
Frente a esta hecatombe que Trump denunciaba a cada paso, aparecía Hillary con sus dudosas conexiones con las corporaciones financieras de Wall Street, una de las cuales le pagó 270.000 dólares por cada uno de los dos discursos que hizo ante empresarios y que se negó a hacerlos públicos. Como si esto fuera poco es la esposa de quien impulsó y firmó el acuerdo NAFTA con México y Canadá, Bill Clinton, tratado que usaron miles de corporaciones para irse del país.A nadie le pasó desapercibido que si no hubiera sido por la presión de Bernie Sanders, ella habría apoyado el Acuerdo Transpacífico o TPP que, obviamente, iba a profundizar la salida de compañías manufactureras, aumentando la desocupación y las ganancias corporativas. Se comprende, en Vietnam el salario de un obrero manufacturero es de 1 dólar la hora!
El último golpe a sus pretensiones electorales fue el tema de los emails, una falta de criterio personal que terminó por justificar el manto de dudas acerca de su sinceridad y honestidad en el manejo de los asuntos públicos.
Un poco de historia: La creación del candidato Trump
Más precisos que al comienzo, creemos que la mejor opinión leída acerca del surgimiento de Trump como candidato es aquella que sostiene que es una creación del mismo Partido Demócrata. Esto nos coloca ante una paradoja, porque implicaría reconocer un despropósito en el partido que se ve a sí mismo como el representante de la clase media. Sin embargo, la propuesta tiene sus razones.
Todo esto empieza con la primera presidencia de Bill Clinton, a partir de 1993. cuando este rompió con la tradición de defender al trabajador y dio continuidad a la política económica implementada por el presidente Ronald Reagan (1981-89), su antecesor republicano, una política que puso en jaque a la clase media.
Reagan había implementado durante su mandato el concepto del automático "derrame económico” de riqueza hacia abajo si los ricos se hacían más ricos. Esto, traducido al nivel de comprensión del trabajador, implicaba implícitamente la creación de más fuentes de trabajo como efecto colateral de ese supuesto "derrame”.
Al margen de que la teoría no tiene asidero teórico ni práctico dentro del sistema capitalista, la realidad es que cuando Bill Clinton llegó al poder no hizo nada para desmentirla en la primera parte de su enunciado, la de hacer a los ricos más ricos. Pero tampoco hizo nada para hacer cumplir la segunda, la de mejorar el nivel de vida del trabajador generando más fuentes de trabajo. El "derrame” hacia abajo nunca tuvo efecto. Peor aún, su presidencia se cuenta como la que más desigualdad creó, históricamente, entre ricos y pobres, al haber facilitado la transferencia de más riqueza al 0.01% de la población.
Ahora bien ¿qué hizo Bill Clinton para que esa transferencia de trillones de dólares hacia los sectores más ricos se concretara? Simplemente adherir al llamado Consenso de Washington, un programa que promovía la austeridad fiscal, la autonomía de los bancos, la desregulación de los mercados, la libertad de movimiento del capital, el libre comercio y las privatizaciones. Esa política siguió su curso con Bush-2 y, salvo algunas medidas de Obama para proteger a los consumidores y poner algo de orden en el sistema financiero, sigue hasta nuestros días.
Por lo tanto, Bill Clinton no cumplió con sus promesas desde el principio. Había prometido un paquete de estímulo para la economía, pero Alan Greenspan, por entonces Jefe de la Reserva Federal, lo hizo cambiar de parecer al comienzo de su presidencia. Lo indujo a adoptar, en cambio, la llamada "Estrategia Financiera de Mercado”, una política destinada a calmar los mercados financieros, en vez de someterlos a control. Con ello, el estímulo a la economía murió, se subieron los impuestos y los gastos federales se cortaron con el fútil propósito de evitar el aumento de interés a largo plazo. Esto le costó a los demócratas el control de la Cámara de Representantes en el Congreso y a Clinton el apoyo popular.
La creación de Trump surgió de ese primer acto, en el mismo comienzo de la presidencia de Bill Clinton, en 1993.
La adhesión de Clinton a Greenspan significó la sujeción de la Reserva Federal a los intereses financieros privados y terminó por crear las burbujas económicas con las hipotecas, las tecnológicas y el mismo dólar sobrevaluado. Esa misma subordinación ideológica alineada con los postulados del Consenso de Washington hizo que en los tratados de libre comercio que él fomentó y creó, ignorara la necesidad de imponer a la otra parte un piso mínimo a los salarios para evitar la explotación de mano de obra barata, más la de respetar los derechos humanos y la de sujetarse a los estándares ambientales.
La política económica de Clinton culminó con la eliminación de las regulaciones financieras, medidas que habrían sido necesarias para mantener encarrilada a la economía dentro de normas claras de funcionamiento, equidad y transparencia que requiere este sector para funcionar dentro de cierta normalidad.
Sin embargo, la claudicación de Bill Clinton frente al gran capital no terminó con su adhesión al Consenso de Washington. Al final de su mandato promulgó dos leyes que transformaron la economía norteamericana en un casino. L a primera fue la Ley de Modernización de los Servicios Financieros (Gramm-Leach-Bliley Financial Service Modernization Act of 1999), que declaró la caducidad de la llamada Acta Glass-Steagal de 1933, una ley de tiempos de Franklin D. Roosevelt que prohibía las maniobras bancarias para apostar en el mercado accionario, que fue una de las causas de la Gran Depresión de 1929. La ley de 1933 imponía poderosas barreras legales que separaban las funciones de los bancos comerciales, las compañías de seguros, las operadoras de bolsa y los bancos financieros. Clinton las tiró abajo.
La segunda ley fue la que firmó en diciembre del 2000, la llamada Acta de Modernización de Commodities a Futuro (Commodity Futures Modernization Act) que protegió a los especuladores con los "derivados” de cualquier regulación gubernamental. Concretamente, la nueva ley le permitió a los bancos operar sin suficientes garantías propias y con dinero prestado como garantía en el mercado de las hipotecas.
Esto hizo que estos engendros financieros de dudosa reputación, crecieran falsamente en valor económico y se transformaran en la bomba de tiempo financiera que finalmente explotó en 2008. Como se recordará, este desastre financiero obligó a Obama, en contra de la opinión generalizada del pueblo norteamericano, a rescatar a las entidades financieras que se jugaron sus fondos en la especulación con las hipotecas.
Un ejemplo ilustra cómo impactó en el trabajador de clase media la especulación con las hipotecas o "burbuja inmobiliaria”, como se la denominó. La gente fue inducida, a pesar de que los bancos sabían que no tenían medios para asumir una deuda hipotecaria, a tomar préstamos hipotecarios con interés variable que, obviamente, luego no se pudieron pagar. Es decir, pagaban su cuota mensual y la deuda, en vez de disminuir, aumentaba. Al final, muchas personas perdieron sus casas, mientras los bancos las recobraban a pesar de haberse embolsado ya parte del pago. La economía se había transformado en un casino financiero.
Bajo el amparo de la burbuja hipotecaria solamente en Chicago las expropiaciones por falta de pago saltaron de 131 en 1993 a 5.000 en 1999, final del mandato de Bill Clinton. En sus 8 años en el poder el déficit de cuenta corriente de EE. UU., que por sí mismo da una idea de la competividad de la economía, subió de 84.000 millones a 415.000 millones de dólares. Por último, durante su presidencia ayudó a que China entrara en la Organización Mundial del Comercio en el año 2000. Para lograrlo "vendió” infinidad de promesas que luego no se cumplieron en los siguientes años. A nivel de la clase media el efecto de esta acción significó la pérdida de un tercio de los 5,6 millones de puestos de trabajo en el campo de las manufacturas, más la caída de los salarios al aumentar la competencia entre los trabajadores desempleados. Si en mayo del 2000 había 110,7 millones de empleos en el sector privado, para 2010 solamente quedaban 107,6 millones; casi 3 millones menos. En el intercambio las cosas tampoco resultaron buenas para EE.UU.: en 2015 tuvo un déficit de intercambio de 365.000 millones de dólares.
Los Tratados de Libre Comercio de Clinton
En el tema del efecto de los tratados de libre comercio, los análisis económicos revelan que, lejos de haber servido para mantener el estándar de vida del trabajador estadounidense, en realidad aumentaron la brecha entre ricos y pobres al generar inmensas ganancias a las compañías que luego, además, no las repatriaron a su país de origen, los EE.UU. (caso Apple en Irlanda). La obscenidad de los grandes bonos que las corporaciones pagaban y siguen pagando a sus gerentes no pasó desapercibida para una clase media que se iba quedando sin nada. Hoy la realidad demuestra que a través de esos acuerdos promovidos por Bill Clinton y continuados hasta ahora con el intento de Obama de promulgar el TPP, la clase media sólo experimentó los lados negativos de la globalización. A pesar de que los indicadores macro económicos indicaban progreso, los sueldos de las familias de clase media son hoy más bajos que hace 16 años, ajustados por inflación. Y esto suponiendo que esa clase media tenga trabajo, porque la realidad es que entre 50.000 y 70.000 fábricas cerraron sus puertas.
El éxodo del "Made in America”
Como decimos más arriba, el Consenso de Washington al cual el gobierno de Bill Clinton y sus sucesores adhirieron, implicó la libertad absoluta en la circulación de capitales y empresas. Si bien el intercambio es enorme, las condiciones de desigualdad bajo los cuales se generan los productos es por demás condenable. En efecto, al no haber condicionamientos firmes en cuanto a mantener sueldos comparativos en ambos lados, al no poderse controlar la participación de niños en la producción, al no poderse implementar un riguroso control ambiental, etc, las condiciones de igualdad o equidad en el intercambio desaparecen. Que en EE.UU. un obrero industrial gane unos 20 dólares la hora, en México 3 dólares y en Vietnam 1 dólar o los niños menos aún en Indonesia, demuestra que en todo esto no interesa generar mejores empleos mejor pagados y complementariedad económica, sino mayores ganancias empresarias.
El conflicto entre Apple y la Comunidad Europea, con Irlanda actuando de cómplice de la trasnacional, demuestra las debilidades legales que dominan la globalización. Apple está siendo demandada por 13.000 millones de Euros por la CE, dinero que la CE interpreta que debería haber pagado a Irlanda en impuestos a las ganancias, pero que no pagó porque Irlanda le permite pagar menos del 1% a cambio de que se quede en el país y dé trabajo a unos pocos miles de programadores. Obviamente, Apple no quiere repatriar ese dinero a EE.UU. porque aquí tendría que pagar el impuesto corporativo del 35%. Entonces fija su sede en Irlanda y tema arreglado.
No causa sorpresa que bajo el amparo de las leyes inspiradas en la globalización, compañías íconos norteamericanas en su origen ya no lo sean. Es el caso de Chrisler, Burger King, Caterpillar, Apple, Budweiser, Medtronic, Purina, Frigidaire y muchas más que ocuparían varias páginas nombrarlas, que ya residen en otros países. Ahora son extranjeras con sucursales en EE.UU.
En conclusión, la política que se implementó desde Washington a partir de los años 80, la cual se acentuó a partir del gobierno de Bill Clinton no representó una panacea para la clase media. La realidad demuestra que a partir de entonces los salarios se estancaron; que los trabajos en las manufactureras y en áreas de servicio emigraron a otros países en gran número; que parte de la clase media fue llevada hacia la pobreza.
El resultado de las elecciones, por lo tanto, no debería sorprender.
Después de Clinton
Con el que le siguió en la presidencia, Bush-2, las cosas no cambiaron. El ataque a las Torres Gemelas, la guerra en Irak, la bancarrota escandalosa de algunas corporaciones gigantescas como Enron, la creación de otras burbujas financieras y la prolongación de la crisis de las hipotecas como producto de las malas políticas de la Reserva Federal liderada por Alan Greenspan, siguieron victimizando a los estadounidenses.Con la llegada de Obama a la presidencia en 2008 las cosas de fondo no cambiaron mucho. Si bien se avanzó en temas sociales, culturales y ambientales, el tema de la pérdida de trabajos al amparo de los tratados de libre comercio con países con una clase obrera sumergida en salarios bajos y abusos, más la fuga de capitales a paraísos fiscales amparada en la dinámica del Consenso de Washignton siguió su curso. Tanto Obama, como Hillary Clinton no comprendieron que la primera preocupación del trabajador es poner el pan en la mesa y que todo lo demás es secundario.
Trump comprendió esto y lo explotó demagógicamente. Por eso ganó.
Conclusión
Hoy por hoy una idea prevalece al menos en la clase media norteamericana: la de que vive en un sistema al servicio de las corporaciones, donde el poder político es comprado por sus operadores internos en Washington a través del financiamiento de las campañas de la mayoría de los miembros del Congreso. Que hay una relación directa entre riqueza y poder. Que Washington es un antro de corrupción al servicio de los más ricos. Se los prueba, entre otras cosas, el hecho de que en la crisis de las hipotecas de 2008 los que fueron rescatados por el gobierno de Obama fueron los grandes bancos, no la gente que perdió sus viviendas.
El desastre de los demócratas ya había sido presagiado por Bernie Sanders, que ganó las primarias en 22 estados con 47% de los votos. Su visión coincidía con la de Trump al acusar a los políticos de haber inclinado la economía a favor del tope 1% de la población, o sea los millonarios.
Pero esto venía de hace mucho. Los demócratas han tenido la presidencia durante 16 de los últimos 24 años. Además, por 4 años han controlado ambas cámaras del congreso. Sin embargo, en todo ese tiempo no hicieron nada para afianzar a la clase media. Antes bien, la hicieron declinar en su estándar de vida con los acuerdos de libre comercio que firmaron y con las leyes que beneficiaron a las financieras, transformando a la economía, de paso, en un casino. Ante este desastre, Trump, como demagogo, no necesitó crear un enemigo. Treinta años de malos gobiernos se lo crearon y se lo "sirvieron en bandeja”, especialmente los demócratas a partir de Bill Clinton. La invención del Trump estaba consumada.