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Opinión

La demagogia y sus recursos en la era Trump

Por Rodolfo Schweizer- Especial para El Ancasti-Diciembre 2016
16 de diciembre de 2016 - 11:32 Por Redacción El Ancasti

Vale la pena tomar como base de este artículo dos notas recientes del New York Times, una el editorial del 11 de diciembre y la otra, una nota del 20 de noviembre, porque revelan y sirven de ejemplo de cómo se maneja al individuo y, por ende, a la opinión pública para llevar unas elecciones a un resultado deseado. En este caso, al triunfo de Donald Trump en EE.UU. 

A estas alturas hay pocas dudas que el origen de su triunfo radica en que supo hablarle o decirle al ciudadano medio norteamericano lo que éste quería escuchar. Su mérito estuvo en haber detectado el hartazgo de una clase media agotada por la desesperanza en que la tenía sumida la hipocresía de un mundillo político que le había dado la espalda. Como lo dijimos en una nota anterior, Trump derrotó a ambos partidos políticos mediante la apropiación y proyección política de lo que el individuo de abajo piensa del sistema político actual. 

A la derrota de la estructura política de los dos partidos debemos agregar ahora que su triunfo también implicó la derrota de las instituciones sociales que a lo largo de décadas mantuvieron el statu-quo político, económico y social, o sea el reinado de la hipocresía y el cinismo a bordo de un discurso que disimulaba o tapaba un proceso de desintegración social a bordo de valores sociales falsos. Por eso, en el camino quedaron, además de los partidos políticos, las iglesias, las universidades, los sindicatos, los medios, todos, que aún no pueden entender lo qué pasó. Obviamente, nunca tuvieron en cuenta que a un pueblo se lo puede engañar muchas veces, pero no siempre. 

Sin embargo, la elección de un candidato como Trump también ha tirado por la borda todas las suposiciones acerca de la existencia en el campo social de un umbral ético y moral. Lo demuestra el hecho de que todas las ofensas que Trump ha cometido durante su campaña no bastaron para descalificarlo como candidato. Antes bien, lo llevaron a ganar la elección. Por lo tanto, nada más absurdo hoy por hoy que seguir creyendo que un pueblo nunca se equivoca. La historia reciente ejemplifica estas verdades en la Alemania y la Italia de los años 30, lo mismo que nuestro propio país, por mencionar unos pocos casos.

Sin duda que los sicólogos y sociólogos encontrarán respuestas valederas y enjundiosas a estas decisiones que los pueblos toman en un momento electoral. Pero aquí queremos comentar la mencionada en el editorial del periódico neoyorquino porque nos parece plausible, dada la epidemia informativa en la cual vive hoy la sociedad, gracias a la tecnología. Según este medio, el exceso de información disponible para un individuo a través de los medios, la internet, las plataformas como Facebook, etc., termina generándole una confusión que, al final, lo lleva a rechazar todo y a refugiarse en una burbuja informativa que responda o coincida con su punto de vista personal. Todo lo demás es excluido.

Sin embargo, yendo más allá del editorial que mencionamos, nos aventuramos a  sugerir que esta opción personal no termina en el acto de someterse a lo que le gusta oír. Creemos que el individuo sigue más allá hasta fundir su consciencia y cuadro de valores con la de quienes le crean la información, en última instancia el líder, que en el caso norteamericano tuvo y tiene un nombre: Trump. Es más, creemos no equivocarnos si decimos que, a partir de ese momento de identificación con el mensaje, el individuo deja de lado su autonomía intelectual o racionalidad para sujetarse a lo que el "líder” decida. De ahí a votar por él solo queda un paso. El fanatismo irracional ha tomado por asalto su conciencia. 

Ahora bien, aclaremos que seríamos injustos si creemos que esto fue solamente un fenómeno norteamericano. La historia del siglo 20 está llena de ejemplos de pueblos que, renunciando a la racionalidad, se dejaron llevar por las promesas vacías de sus demagogos de turno. Así terminaron.

 

El papel de la tecnología en la elección

 

El otro componente en el desenlace de la elección norteamericana tiene que ver con el uso de la tecnología misma para ganar la conciencia de millones de personas. Aquí no nos referimos solamente a lo que la sociedad usa diariamente desde una computadora o un celular para comunicarse, sino a los programas que se usaron para personalizar un mensaje dirigido a la "burbuja” en la cual se refugió un votante potencial. Por lo tanto no estamos hablando del aviso o propaganda que llega normalmente a todo el mundo en la TV, sino de otro que le llega a una persona sola, no a su amiga o amigo que recibe otro, sobre un mismo tema. Es lo que en la jerga publicitaria se llama "Direct Marketing”.  

Según indica el NYT en su edición del 20 de noviembre, el vehículo involuntario fue Facebook y uno de sus test, el cual le da a una persona una definición de su perfil sicológico. Se lo identifica como el Ocean Score. Quien lo toma por voluntad propia se entera si es una persona extravertida o introvertida, consciente de sus actos, accesible y neurótica. Según la información, esta clasificación de Facebook fue tomada por una compañía, Cambridge Analytica, para construir una base de datos con el perfil sicológico de unos 230 millones de adultos norteamericanos. 

Desde ya nos anticipamos a la sonrisa del lector ante la inocencia del que tomó el test por no haber ocultado su nombre bajo otro falso. No cante victoria. El problema es que estos operadores, como Cambridge Analytica, sí pueden saber quien tomó el test porque tienen acceso, por la ley de libertad de la información, a la identidad del titular de la cuenta de Facebook. Por lo tanto saben quién habita en la "burbuja”. Así de simple.

Lo que hizo Cambridge Analytica es bien simple: combinar los datos del test sicológico online con los otros datos que dejamos como rastro de quienes somos cuando operamos "offline”. Aquí los "informantes” son nuestras tarjetas de crédito, tipos de gasto, comentarios, tipos de amistades que frecuentamos, nivel de estudio, afiliaciones deportivas o políticas, datos digitalizados sobre nuestra salud, qué miramos en la internet, etc.

Según informa el NYT, Cambridge Analytica dijo tener entre 3.000 y 5.000 datos de cada norteamericano; de nada menos que 230 millones de personas adultas que todavía creen en la "santidad” o privacidad de su vida personal.

Lo que aplicaron los que dirigieron la campaña de Trump fue aplicar las técnicas del "direct marketing”. Los 3.000 o 5.000 datos personales de cada uno de los 230 millones de individuos adultos que podían votar fueron agrupados de acuerdo a sus perfiles sicológicos en casilleros diferentes, para los cuales les construyeron un mensaje político que se acomodaba a su mentalidad. El tema del aviso era el mismo para todos, pero la forma de presentarlo cambiaba de acuerdo a la personalidad del recipiente. 

La eficiencia de este tipo de marketing directo y personal se lo aprecia hoy, después de las elecciones. Mientras Hillary Clinton gastó unos 140 millones de dólares en la campaña con avisos generales en la TV dirigidos a todo el mundo, la compañía contratada por Trump gastó muchísimo menos para insertar "Trump TV” después del segundo debate a través de Facebook, y en solo 120 minutos de exposición recaudaron 9 millones de dólares. Para quienes no sepan nada de Cambridge Analytical, aclaramos que ya había operado en el Brexit apoyando el abandono de la Unión Europea y que su campo de actuación abarca justamente la obtención y estudio de datos sociales mediante el rastreo de tendencias en los medios tecnológicos que la sociedad mundial usa a diario. Su actividad es parte de la lucha antiterrorista a nivel mundial. Uno de sus ejecutivos es justamente Stephen Bannon, el designado como Jefe de Estrategia Internacional en el futuro gobierno de Trump.

Conclusión

El resultado de las elecciones norteamericanas demuestra que vivimos en un mundo impredecible por muchas razones, pero que es manejable sabiendo usar los recursos que brindan la sicología social y la tecnología.

Esta capacidad no evita, sin embargo, que el mundo siga su curso de crisis en crisis. Lo prueba el rebrote del nacionalismo en Europa, como defensa ante un mundo ido de las manos. El Brexit y la elección de Trump en EE.UU. también lo demuestran, entre otros casos. Hoy muy pocos apuestan a que la Comunidad Europea tenga un futuro asegurado. La percepción es que las falencias de la  democracia, antes que sus virtudes, son las que están prevaleciendo por doquier.

A esto se le suma ahora el efecto del uso de la tecnología, o sea de la ciencia aplicada. El ejemplo del uso dado por Cambridge Analytica en las elecciones norteamericanas demuestra que su uso, lejos de intentar apoyar el desarrollo de una mejor comprensión de los problemas sociales y sus posibles soluciones, en realidad se la puede usar para lograr cualquier objetivo.

En el caso norteamericano, su uso para llegar a un individuo aislado en su burbuja y desesperado para ganar su voto y plegarlo a un programa demagógico como el de Trump, demuestra lo nefasto que puede llegar a ser su uso. Ahora, con la revelación de que los medios cibernéticos pueden ser o ya fueron usados para influir en las elecciones de EE.UU. prueban que entramos a una etapa donde nada es creible. No en vano el creador de Facebook, Mark Zuckerberg, ha salido públicamente a condenar el uso de su plataforma como arma política en estas elecciones. 

Así están las cosas. El lector quizás sonría ante esta realidad y corra la pantalla para ver cosas más interesantes. Sin embargo, debe saber que el haber llegado hasta aquí en la lectura y el movimiento de su dedo para correr la pantalla ya fue registrado en una base de datos que lo identificará con nombre y apellido y le adjuntará una clasificación. Ha llegado la hora de asumir que no estamos solos y que nuestra vida es un libro abierto gracias a los medios tecnológicos, más allá de que usemos un nombre falso en la red. 

Con respecto a lo que esto puede enseñarles a los pueblos, no podemos decirlo. Pero es obvio que si persistimos en refugiarnos en la "burbuja” tecnológica y en no hablar cara a cara, las esperanzas de los pueblos por un mundo mejor no serán más que burbujas llevadas por el viento hacia la nada. 

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