lunes 8 de junio de 2026

Nueva Coneta, el pueblo abandonado

El 9 de agosto de 1969 llegaron los primeros colonos. Pero el 38º aniversario dejó una sensación de tristeza. Su gente no tiene agua, dejó de producir y teme desaparecer.

Se estima que existen 143 pueblos del interior provincial con menos de dos mil habitantes y en riesgo de desaparición. Según datos relevados por la organización Responde (Recuperación Social de Poblados Nacionales que Desaparecen), la falta de oportunidades laborales, de vías de comunicación adecuadas y las escasas posibilidades educativas y sanitarias son causales del éxodo de sus habitantes. Nueva Coneta forma parte de esos poblados olvidados, lejos del desarrollo y el progreso, donde el paso del tiempo marcó una involución.

El pasado 9 de agosto se cumplieron 38 años de su fundación, de aquella época gloriosa en que campesinos provenientes de provincias vecinas, como San Juan, La Rioja, Mendoza, pisaron esta tierra árida. Fueron veinticinco las familias que dejaron su tierra natal para construir de Nueva Coneta, la gran Colonia.

Hoy su pueblo quiere recuperar su esencia. Los recursos no son extraordinarios pero la voluntad de sus habitantes es inmensa. La localidad ubicada a la vera de la ruta nacional 38 –hacia el sur de la ciudad, a sólo 11 km. de distancia- es una zona en extinción que depende del agua para riego del dique Las Pirquitas, el que también provee de agua a sus pobladores.

Esta colonia posee una superficie explotable de 3.611 hectáreas, de las cuales se aprovecha a pleno aproximadamente el 30 por ciento. Los principales cultivos son: hortalizas (pimiento, berenjena, alcaucil, cebolla, zanahoria, lechuga, tomate, ajo y espinaca), industriales (tabaco), forrajeras (cebada, avena, alfalfa y sorgo) y frutales (uva, mandarina, durazno, sandía y melón).

Pero hoy son todas pérdidas. Aunque aún persiste la ilusión y las ganas de seguir luchando contra sus fantasmas, la desazón y la postración.



Historia desintegrada

“El jueves cumplimos 38 años; soy uno de los primeros colonos. Y aquí nos ve. Nosotros no llegamos acá con el propósito de hacer ningún negocio con las tierras, sólo llegamos para trabajar. El gobierno nos cedió las tierras y nosotros las pagamos. Pero en este momento lo estamos pasando mal. No tenemos agua para el riego y con la mala noticia de que nos sacaron el agua para abastecer a la ciudad”, comenta Victoriano Olivera, mientras se pregunta, "¿cómo hacemos para seguir aquí?".

Victoriano llegó al pueblo un 4 de agosto de 1969. Por entonces, estas tierras eran un desierto, de allí se podía ver hasta el fondo de la colonia. Hoy ya no es lo mismo. “No estamos pasándolo bien. Si llegamos hasta acá, es por milagro de la Virgen del Valle”, retruca.

El pueblo, que fue epicentro de una Catamarca agricultora, padeció el desarraigo de sus pobladores y el éxodo de jóvenes ávidos de trabajo y estudio. Hoy, aunque el campo ya no da ganancias, las fincas de citrus y de pequeñas plantaciones de tomate, espinaca y algunos tambos todavía generan puestos de trabajo.

El pórtico, con el tradicional cartel de “bienvenidos” que marca el acceso al pueblo, señala también un tiempo de esplendor del que tanto hablan, con resignación, los memoriosos ancianos que viven en las deterioradas casas ubicadas en las inmediaciones de tambos y parcelas de cultivo a punto de desaparecer. El pasto está seco, las calles son un sendero por el que ya casi nadie camina.

“No sé qué va a pasar. Yo estoy aguantando, tengo 77 años y estoy muy enfermo. En todos estos años no hemos tenido la oportunidad de que el Gobierno llegue al pueblo, reúna a su gente y le pregunte: Señores vecinos, ¿qué les hace falta? Nunca sucedió, sólo cuando llegan las épocas de elecciones y visitan casa por casa para entregar algo a cambio de un voto”, comenta Victorino.

Una otrora maquinaria, junto a un tractor viejo, que se exhibe en el fondo de su casa, lo dice todo. “Esa posibilidad no las dio hace años el general Guillermo Ramón Brizuela. Yo pagué hasta dos veces mi parcela. Cuando nos entregaron las tierras nos dieron dos años de gracia y 25 años para cancelar la deuda. Pero en la época de Oscar Bársena, nos fueron desconocidos los pagos de la deuda. Cuando llegó Castillo a la Gobernación se comprometió a que nos iba a escriturar los terrenos como corresponde y fue al revés. Fuimos a juicio con el Gobierno y nos hicieron pagar dos veces los campos. Recién, durante la presidencia de Alfonsín, se nos compensó la deuda. Ésa es nuestra historia, de trabas por gobiernos indiferentes”, relata Victorino.

Sus plantaciones de mandarina fueron afectadas hace unos días por un voraz incendio que le quemó todo, y los bomberos nunca aparecieron. “Cuando los llamamos nos preguntaron si era mucho lo que se había quemado. Pero no vinieron nunca. Para colmo con la helada se nos arruinó todo. Siempre hemos tenido una actitud para con el pueblo y al Gobierno no le debemos nada”, dice angustiado.

¿Nueva Coneta es un pueblo abandonado? ”Sí, abandonado por el Gobierno. Los políticos jamás se preocuparon por la colonia y su gente. En estos últimos años, muchos se fueron y vendieron su parcela con sólo tener un pago. Yo fui inquilino de una finca durante 18 años, y los mismos propietarios me alentaron a que tuviera algo propio. Ver este abandono me entristece”, asevera.

Victorino es de Chilecito y llegó a Catamarca junto a Juana -su mujer- y sus siete hijos con un sueño que nunca se cumplió.

“Cuando llegamos no se podía vivir con los vientos. Antes se comía tierra, no se podía comer comida. Pero no hubo épocas como éstas, nunca hubo tanto abandono como ahora. Aquí se trabajó bien. Formamos la Cooperativa Agropecuaria Nueva Coneta, pero de eso ya no queda nada. La última vez que nos dieron una mano fue durante la intervención de Brizuela, que nos entregó nueve tractores. Después nadie se interesó por nosotros. Nos dieron maquinaria a concesión de pago, pero la cooperativa se vino abajo, porque comenzaron a meterse los políticos, entonces la postura era: no paguemos total soy del gobierno”, señala Juana de Olivera.



Desdicha y desencanto

Omar “Chichí” Olivera, tiene 52 años; de joven intentó torcer su futuro en Río Gallegos. Trabajó durante 14 años en una petrolera, pero las privatizaciones impulsadas por el gobierno de Carlos Menem lo dejaron sin trabajo. Y regresó a Nueva Coneta. “Yo no les estoy echando la culpa a los funcionarios y políticos; creo que la culpa de que estemos así hoy nos toca a nosotros mismos. Hay una desidia total en la Colonia, pareciera que tenemos una enfermedad, de desidia, envidia, no hay colaboración de nada… No hay humanidad”, describe con voz de angustia.

Chichí puso una despensa y administra una parcela de 16 hectáreas por la calle Nº 8, herencia de su padre. Enciende su camioneta y le pide a los enviados de EL ANCASTI que lo acompañen a recorrer el pueblo.

A pocos kilómetros de su domicilio, a la izquierda, unas vacas intentan alimentarse de pasto seco. “Esto no pueden comer los animales; ya vamos treinta días que nos cortaron el agua para los cultivos. Encima la helada deja a la planta sin defensa, entonces las vacas arrancan la raíz y no queda nada. La gente de los tambos está desesperada”, explica agarrándose la frente.

“No estoy resentido, sigo trabajando y luchando pero si alguien me dijera: Chichí, vendé todo y venite a trabajar, dejo todo y me voy, sin pensarlo. Muchos de los problemas están en nosotros, en nuestra dejadez. El otro día a un tambero se le escaparon los animales porque había un poco de verde en una parcela del lado de la suya, era un campo de alfalfa. Se fueron y se empastaron. Murieron 33 animales. Son muchas las pérdidas, la falta de agua, las heladas, la falta de inversión y sobre todo, la pobreza”, dice.



Decadencia total

“En aquellos años, esto era una verdadera colonia. Trabajábamos entre nosotros, después perdimos el rumbo, no has dividido la concepción de democracia de los políticos: divide y reinarás. Y se compraron campos para sus casas quintas, pero no arriesgaron nada y se dejó de producir. Mientras en la ciudad están comiendo una verdura carísima, acá no podemos producir, porque no se puede, no dan los números. Una bolsa de urea vale 100 mangos. Un kilo de semillas vale otros 100 mangos y no termina ahí. Hay que escarillar, hay que fumigar, curar; y el otro tema es que la gente no quiere trabajar. Acá pareciera que es mejor el Pro Familia, la caja ésa que les dan, que trabajar. Mucha culpa es del agrónomo de Zona. Nos da lástima este pueblo”, señala Chichí.

Hasta el año 75, Nueva Coneta fue un lujo. Llegaban las camionetas de la ciudad buscando mercadería, las cúpulas iban llenas. Por entonces Chichí tenía 17 años.

"En esa época no se echaban químicos, ahora estamos matando gente. Pero no nos dan los números, nadie puede fertilizar con guano de vaca, de gallina, lo correcto sería hacer abono de lombriz, la lombricultura. Pero no dan los números. Yo fui presidente de un consorcio, de una de las pocas instituciones que llevaba las cuotas al día. Pero me pusieron contra la pared y un ladrillo de canto. Nadie quería pagar. Lo que más me duele es que dentro de unos años esto va a ser un pueblo perdido. ¿Y de que valió el sacrificio que realizaron esos 25 colonos y sus familias? De nada. Yo quiero seguir con la tradición. Pero así no se puede, es como darle una gota de agua a los chanchos”.

Hasta el año pasado funcionaba en la colonia “Nutremac”, una fábrica procesadora de tomate que compraba el producto a $4. Pero se fue a Salta. “Yo fui a ver si este año le podía vender a ellos los tomates y nos dijeron que se fueron porque allá hay más producción, más inversión. En cambio acá queremos sacar una mandarina y no podemos pasar más allá de Chumbicha, porque no tenemos control de desinfección”, se lamenta.
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