ver más

Mujeres y travestis: el trasfondo social de la prostitución callejera

Existen más de treinta mujeres ejerciendo la prostitución en las calles del centro y otras cuarenta registradas por la policía en locales nocturnos. La cifra es compartida con los travestis. Muchas son de otras provincias y el factor económico, el principal motivo.
18 de marzo de 2007 - 00:00
Una mujer junto a otras mujeres, en una plaza, conversando, fumando... Un auto se detiene a unos metros. Ella habla con su conductor, vuelve con sus compañeras y permanece por un tiempo en esa plaza pública, hasta que el mismo vehículo vuelve a pasar y ella se va....

Se puede pensar la prostitución como un banco de tres patas que no se sostiene si falta alguna de ellas: la mujer en situación de prostitución, el proxeneta y el cliente. Como es harto sabido, tanto las legislaciones como la sociedad suelen hacer como si sólo existiera una: la de la mujer que supuestamente “decide” prostituirse.

En nuestro país, la prostitución no es ilegal. Desde el punto de vista jurídico, Argentina adscribe al sistema abolicionista, esto es, la prostitución no es considerada delito, pero sí las conductas que la determinan, a las que se asocian severas penas. El sistema jurídico admite un tratamiento contravencional, en cuanto la prostitución adquiera ribetes escandalosos o ponga en peligro la “moral pública”.

No se legisla, entonces, en contra de la prostitución, sino en contra de las molestias que dicho ejercicio pudiera ocasionar a la comunidad, rebasando la esfera de lo privado en detrimento de lo público.

Así, el ejercicio de la prostitución está contemplado como contravención, resguardando la “moral pública” y desinteresándose por las situaciones de exclusión y pobreza a las que están expuestas las mujeres en condiciones de prostitución, y son indiferentes a la mayoría, que sólo las señala por el delito de vender el cuerpo; mientras tanto el flagelo crece.

Sólo en un recorrido nocturno de tres horas por las principales esquinas del centro, EL ANCASTI registró más de once prostitutas callejeras, sin contar las que permanecen en la zona roja, próxima a la avenida Alem. En diálogo con ellas hablaron sobre el trasfondo complicado de sus vidas, de los peligros de la calle, del trabajo, las persecuciones policiales, el temor del SIDA, de la perversión de los clientes y los mitos y prejuicios de la profesión más antigua: la prostitución.



La “mala” vida



(S) tiene 29 años, siete hijos y hace un mes que trabaja en una esquina de calle Zurita; (N) tiene 28 años, tres hijos y hace una década que es trabajadora sexual. Ambas están juntas y con la mirada puesta en el auto que pasa, asegura que “esto es lo único que les asegura llevar el dinero a casa”.

Estas palabras definen las particularidades de estas mujeres que marcan el ejercicio de la prostitución, a partir de situaciones de pobreza que implican la satisfacción de determinadas necesidades con propósitos concretos de alimentación y manutención propia, de sus hijas/os y sus parejas, para lo cual “hacer la calle” se constituye en un trabajo que se vincula a la supervivencia cotidiana y marca sus subjetividades.

“El 90de las trabajadoras sexuales deciden salir a la calle por el factor económico. La mayoría proviene de familias marginales, son únicas sostenes de hogar, tienen más de tres hijos. Es una salida rápida a la pobreza. Aunque gran parte de ellas se desempeñó en el mercado del trabajo ilegal, como empleadas domésticas, en comercios, etc., la diferencia en la ganancia de dinero las impulsa directamente a la prostitución”, explica María de los Ángeles Guzmán, psicóloga del Centro Único de Referencia (CUR) del Hospital San Juan Bautista y coordinadora de varios talleres de prevención de Enfermedades de Transmisión Sexual (ETS), junto a trabajadoras sexuales y travestis.

Signadas por la situación económica, el trabajo no constituye una opción libre, sino la única posibilidad de garantizar la propia subsistencia y la de los suyos, incorporándose al mundo del trabajo desde las capacidades adquiridas y en la mayoría de los casos, a muy corta edad.

“El incremento de la prostitución muestra variantes alarmantes. Se detectaron casos de niñas de 13 años que trabajaban en la calle y que a los 19 años tenían un cuadro de infección acelerado de VIH-SIDA”, advierte Guzmán.

Por su parte, el comisario mayor a cargo de la Unidad de Investigaciones Judiciales de la Policía de la provincia Francisco Soria señaló que en estos últimos tres años no hubo grandes variaciones en cuanto a la cantidad de trabajadoras sexuales en los lugares habilitados por la Municipalidad, como wisquerías y prostíbulos, aunque reconoció la mayor presencia callejera. “El principal factor es la llegada de mujeres de otras provincias como Santa Fe y Tucumán que tienen una estabilidad fluctuante. Y son ellas las que se manejan solas y que han ocupado lugares más visibles y muy cerca del centro, como ser las calles República, Prado, Rivadavia y Sarmiento, muchas vinieron escapándose de la trata de personas”.

Según informó Soria, existen en la Capital alrededor de 30 mujeres que ejercen la prostitución en la calle y más de 40 que trabajan en los cinco locales particulares. Con relación a los transexuales, se encuentran registrados 31 en la Capital y uno en el interior. Todos con una edad promedio de entre 22 años y 35 años. Estos datos son recabados por la División de Investigaciones, organismo que tiene a su cargo los controles sanitarios y legales los días jueves, cuando hace la famosa “razia”.



De levante



Por la noche, la calle Zurita es cuna de la prostitución. El pasado jueves, alrededor de las 23, en sólo tres cuadras había nueve mujeres ofreciendo sexo.

Esperan en grupo o generalmente solas que pasen los interesados, la mayoría de los cuales son conocidos y optan siempre por la misma chica. “Ése es cliente mío”, dijo (P), una joven de 35 años, al disculparse por tener pronto que interrumpir la entrevista.

De aspecto delgado, pelo lacio, rubio, a la altura de los hombros, ojos color miel, compartía la esquina de Tucumán con otra compañera de 24 años, que se esconde vestida con jeans, zapatillas y una bolsa en la mano para disimular cualquier indicio que pudiera delatarla.

Unas cuadras más abajo, (N) espera que alguien se pare y la levante, ella hace diez años que comenzó a prostituirse y fue apresada unas 30 veces. “Es muy complicado. Uno no hace esto porque le guste. Yo lo hago por necesidad”, se justificó, al tiempo que contó que durante su embarazo la policía la llevaba casi todos los días.

A diferencia de las prostitutas de cabaret, ellas se esconden en una vestimenta poco insinuante, apenas unos tacos, uñas pintadas, jeans ajustados, poco maquillaje, una blusa negra con breteles, sandalias de taco alto y un paquete de cigarrillos en la mano. Si no fuera por la hora y la actitud adoptada, podrían haber sido otras mujeres como tantas. “No molestamos a nadie ni nos vestimos de manera escandalosa”, agrega (P), quien no tiene pareja y cría sola a sus 2 hijos.

Todas estuvieron presas y se quejan por el trato que reciben y por las condiciones en las que les toca estar en la comisaría. “Te dicen pu..., cuánto cobrás” narró, con la voz entrecortada.
Seguí leyendo

Dejá tu comentario

Te Puede Interesar