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Artesanos y seudo hippies… una concepción de vida distinta

Su forma de vida genera rechazos; lejos del sistema y entre montañas, junto al río, se construye su comunidad. No tienen asistencia por parte del Estado ni nadie que los controle. Aunque aseguran que los miran de cerca y de reojo.

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17 de septiembre de 2006 - 00:00
“…Tal vez es la época del año. Sí, y tal vez es la época del hombre. Y no sé quien soy. Pero la vida es para aprender”, decía Joni Mitchell, en 1970, en el festival de Woodstock, uno de los acontecimientos musicales que mejor expresó la ideología de este movimiento, que tuvo su origen allá por los años 60.

Salvando las enormes distancias, quizá resulta difícil trazar un paralelismo entre ese movimiento que arraigó una visión ideológica del mundo que caracterizó a toda una época, y la que se observa hoy en día.

A pesar de que esta generación de jóvenes utópicos fue desapareciendo con la instalación del régimen capitalista, la globalización, lejos de distanciarlos los unió. Y Catamarca es lugar de encuentro para muchos de ellos.

Sin embargo, todavía quedan algunos rastros de ese movimiento. Algo desgastado y con menor énfasis, pero no por eso invisibles. Todo lo contrario, a la vera del río El Tala se asienta una comunidad de artesanos y de “hippies” de enorme crecimiento, no sólo por la cantidad de personas que viven actualmente en la Loma Cortada, sino por el intercambio permanente de jóvenes que llegan desde distintas partes del mundo.

Atraídos por la increíble naturaleza del lugar, algunos por la energía que emanan los tiempos pasados, en los que estas tierras eran habitadas por los aborígenes y en las que todavía sobreviven restos arqueológicos que aún se encuentran en el lugar, y por la permanencia de terrazas de cultivo entremedio de las montañas que señalan la fertilidad de la tierra.

Gran parte de ellos permanecen en El Tala desde hace varios años, otros son nómades que viajan alrededor del mundo. Lo cierto es que su vida genera una inmensa curiosidad por entender y conocer cómo viven y piensan. Con esta intención, EL ANCASTI ingresó a la reserva de su mundo, que construyen a pesar de la oposición de muchos.

Extranjeros, porteños, jóvenes, adultos viven arraigados con sus familias y ahí crecieron sus hijos; otros están de paso con sus parejas y llegan para pasar el invierno; el resto son visitantes que están unos días y si “no pinta” se marchan.

María (20) y Edu (32), están desde marzo, el año pasado visitaron a unos amigos y les encantó el lugar no sólo por la belleza del paisaje sino también por la calidez del invierno; hasta hace poco vivían en una carpa y ahora alquilan una cabaña entre varios.

María es de Buenos Aires, realiza artesanías y estudia danza; Edu, su pareja, es colombiano, trabaja el metal, la madera y la piedra y desde hace más de 10 años dejó su Bogotá natal para dedicarse a recorrer el mundo con la mochila.

No es tan fácil acceder a su cotidianidad porque ellos también están molestos por la cantidad de rumores que corren alrededor de su forma de vida: los acusan de ser sucios, vagos, drogadictos, usurpadores de tierras, de contaminar el agua del río, y una cantidad más de quejas en su contra. Y ellos lo saben. Pese a que muchos no consumen los medios de comunicación, dicen que lo perciben a través de la mirada de la gente que los observan como si fueran “bichos raros” y con las reiteradas veces que la policía los interroga en la calle.

¿Qué es un hippie? Para responder a esta pregunta, y para alejarnos de los preconceptos, ellos mismos se definen. Algunos dicen que es la forma de vestir y comportarse; un estilo de vida. Otros se clasifican como consumidores de droga y rock o con ciertas políticas radicales. Aunque la historia define al hippie como alguien que no se conforma con los estándares de la sociedad y defienden una actitud liberal y un estilo de vida.



El camino del hippie

“Mi opinión es que ser un hippie es una cuestión de aceptar un sistema universal de creencias que transcienden las normas sociales, políticas y morales de cualquier estructura establecida, ya sea una clase, iglesia o gobierno. Cada una de estas instituciones poderosas tiene su propia agenda para controlar, y aun esclavizar a la gente”, explica Eduardo que viene de un país donde la guerrilla azota.

“El camino del hippie es antagónico a todas las estructuras de poder jerárquicas represivas, que son contrarias a los objetivos del hippie que son la paz, el amor y la libertad”. Es ésta la razón por la que la "clase dirigente" tuvo miedo y suprimió el movimiento hippie de los `60, ya que era una revolución contra el orden establecido. Es también la razón por la que los hippies fueron incapaces de unirse y derrocar el sistema, ya que rehusaron construir una base de poder. “Por eso nosotros no imponemos nuestras creencias a los demás, creemos en la libertad, tampoco nos interesa que los demás nos entiendan, sólo tratamos de cambiar el mundo viviendo como lo creemos”, continúa el colombiano.

“Nosotros no miramos a nadie con ojos extraños, porque no viva o vista como nosotros, no juzgamos a la gente por las apariencias, pero con nosotros sí lo hacen. Por ejemplo, los colectiveros nos discriminan, cuando bajamos a la ciudad muchas veces nos quedamos a pie por la noche porque esperamos la línea 101 que termina su recorrido a las 11.30 aproximadamente, y sin embargo más de una vez el chofer nos mira y no para, entonces tenemos que venirnos a La Quebrada caminando”, señala María.

Con respecto a las acusaciones de que contaminan el agua del río, responden: “No es así”, dice contundentemente María, “todo lo contrario, todos los días nosotros levantamos bolsas llenas de botellas de gaseosas, de plásticos, de basura que nosotros no la generamos. Acá viene mucha gente los fines de semana y no les preocupa dejar las botellas en cualquier lado y además nosotros no lo hacemos porque sólo consumimos agua”. María dice que desde muy chica se preocupa por la contaminación y por la destrucción del medio ambiente, y que justamente por eso van a organizar en los próximos días una campaña ecológica para limpiar el lugar.



Salidos del sistema

Entre los hippies no existen tapujos. Su forma de vida es el amor libre, la del contacto con la naturaleza, la búsqueda de la libertad.

“Es importante ser empleado; el trabajo es importante, pero nosotros sentíamos que si era para sacar provecho, el ser empleado sería como chupar el alma, la necesidad de lucrar con la gente nos esclaviza por eso nos conformamos con asegurar nuestras necesidades de supervivencia”, explica Edu.

Y explican: “Nosotros compramos la verdura y las frutas en la feria de la Manzana de Turismo, no consumimos marcas ni modas, tampoco químicos, porque estamos convencidos de que cuando las personas consumen menos, más alcanza, y tratamos de no dejarnos llevar por los mandatos del sistema que te dicen que si no tenés un celular no existís y que todo pasa por el dinero y el consumo”, dice María.

“La gente por ahí dice: ‘mirá a esos hippies que andan con sus hijos como si fueran una mochila, los exponen al frío o al sol’, y sin embargo jamás Baltasar -el hijo de Edu- se enfermó”. Por otro lado si estamos enfermos, tampoco es que nos dejamos morir; por ejemplo el otro día a una de las chicas la picó un alacrán y entre todos la acompañamos al hospital, existe un valor entre nosotros que se está perdiendo en la gente, como es la solidaridad”.

Por otro lado, quienes viven ahí y tienen un proyecto de vida también distinguen entre los viajeros que, según sus propias palabras, “nos les importa andar sucios, tirados o drogados por la calle” y ellos que trabajan con las artesanías y cultivan la tierra.

Por otro lado dice: “Nosotros no molestamos a nadie, la gente tiene muchos prejuicios”, reflexiona María, “antes de iniciar la labor de cambiar el mundo hay que dar tres vueltas por la propia casa”. Además, apunta a que la gente debería pensar que el camión de la basura por El Tala pasa solamente una vez a la semana, “y hay semanas que ni pasa; entonces creo que la gente debería focalizar sus reclamos hacia otro lado”.

Vicky (29) tiene su casa toda construida con madera y piedra, en su taller de las mismas características, realiza trabajos en alfarería y se dedica a crear gnomos que los vende en comercios o por encargos para fiestas de quince.

“A mí, particularmente, no me preocupa demasiado que mis hijos vayan a la escuela formal, mis dos hijos saben leer y escribir, no son analfabetos como la gente piensa; creo que a determinada edad la escuela te anula la mente”.

Así, ellos también reniegan de los de “los de abajo”, haciendo referencia a quienes viven en la ciudad, y aseguran que lo que más molesta es la libertad que ellos practican y que los prejuicios y preconceptos de la gente “no permiten ver que el otro puede ser distinto”.

“Para ser un hippie debes creer en la paz como forma de resolver las diferencias entre los pueblos, ideologías y religiones. El camino a la paz es a través del amor y la tolerancia. Amar significa aceptar a los otros como son, dándoles libertad para expresarse y no juzgándolos por las apariencias. Éste es el centro de nuestra filosofía”, concluye Marisol que desde hace varios años vive junto a su familia en El Tala.
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