Trazos y desafíos para una poética de la esperanza y del porvenir
Una re-lectura de "El tamaño de mi esperanza" de Jorge Luis Borges"
Cristina Pizarro (Autor)
El punto de partida de esta propuesta se instala en una relectura de “El tamaño de mi esperanza” de Jorge Luis Borges, 1926. A través del índice, se podrá observar que los temas abordados se reiteran en casi toda la obra borgeana a través de sus ensayos, poemas y cuentos, así como también su amor por Buenos Aires y la cultura universal. En esta oportunidad, el abordaje se focalizará en el primer capítulo, que da título a la obra mencionada, en el que el autor elige como destinatarios a los lectores de su tierra natal.
“A los criollos les quiero hablar: a los hombres que en esta tierra se sienten vivir y morir, no a los que creen que el sol y la luna están en Europa” […] […]“Mi argumento de hoy es la Patria: lo que hay en ella de presente, de pasado y de venidero […] lo venidero nunca se anima a ser presente del todo sin antes ensayarse y ese ensayo es la esperanza”; a la que llama “memoria del futuro”. La esperanza, dice, es tanto el ensayo como la memoria del futuro. Sin ensayo y sin memoria del futuro no hay esperanza. Así se produce un círculo virtuoso.
Su argumento abarca todos los tiempos. En el pasado histórico destaca los sucesos acontecidos, tales como el arrojamiento de los ingleses de Buenos Aires que fuera la primera hazaña criolla. Las guerras de la Independencia, La Santa Federación, la muerte de Justo José de Urquiza en la batalla de Monte Caseros. Asimismo, aparece la voz del gaucho Martín Fierro de José Hernández, la figura señera de Domingo Faustino Sarmiento que fomentó los avances en la educación y la cultura.
Cita a varios autores (Lucio V. Mansilla, Estanislao del Campo, Eduardo Wilde), cuyos textos forjaron distintas tendencias en nuestra literatura argentina, poblada de las reminiscencias de los indígenas, los campesinos y los habitantes de la ciudad y de una sociedad burguesa. Borges anticipa el tema de las orillas desde las postrimerías finiseculares del siglo XIX, donde ubicará a los compadritos en los arrabales con la presencia del tango, música de raigambre popular.
En el presente de Borges, (primeras décadas del siglo XX) hubo escritores argentinos que influyeron en la vida y obra del joven Borges (no solo la literatura inglesa y anglosajona). Le dedica un capítulo a Evaristo Carriego, “Carriego y el sentido del Arrabal”. Menciona a Macedonio Fernández, Ricardo Güiraldes. Señala también a Paul Groussac, Leopoldo Lugones, José Ingenieros, Enrique Banchs.
En síntesis, para Borges existe una realidad de vida integrada de hechos, sucesos, pero la idea y el pensamiento están ausentes. No vislumbra una ‘realidad pensada’ a lo largo del recorrido andariego por los barrios de la ciudad de Buenos Aires: Belgrano, Almagro, Palermo, Villa Ortúzar, Villa Urquiza, Saavedra, que se erigen en escenarios de sus poemas y relatos.
Con el énfasis de su primer criollismo, provocador hasta en la ortografía, Borges escribe:
"Nuestra realidá vital es grandiosa y nuestra realidá pensada es mendiga. Aquí no se ha engendrado ninguna idea que se parezca a mi Buenos Aires, a este mi Buenos Aires innumerable que es cariño de árboles en Belgrano y dulzura larga en Almagro y desganada sorna orillera en Palermo y mucho cielo en Villa Ortúzar y proceridá taciturna en las Cinco Esquinas y querencia de ponientes en Villa Urquiza y redondel de pampa en Saavedra. [...] Ya Buenos Aires, más que una ciudad es un país y hay que encontrarle la poesía y la música y la pintura y la religión y la metafísica que con su grandeza se avienen".
Para el futuro, Borges propone un tenaz desafío: indagar en nuestro propio territorio, ya sea tanto en la poesía, cuanto, en la metafísica, el manifiesto auténtico que exprese ‘el tamaño de mi esperanza’; es decir, convertir el criollismo en una constante conversación o coloquio entre el mundo y el yo, buscar más allá de la nostalgia, la incredulidad, el descreimiento, y encontrar la empresa intelectual de nuestra hazaña. Borges se va aproximando a la realidad y concluye esa breve y elocuente introducción, diciendo:
[…] “Nuestra famosa incredulidad no me desanima […] Una incredulidad grandiosa, vehemente, puede ser nuestra hazaña”.
Entre esta incredulidad, descripta hace un siglo como posible energía y la esperanza, que es necesariamente ensayo y memoria del futuro, se hace imprescindible construir un puente. Ese puente es el debate, la discusión de ideas y no la de personas. Borges decía que los inteligentes no discuten de personas sino de ideas. En su búsqueda subyace la necesidad de una identidad en la cual resida un pensamiento propio, de un poeta, un pintor o un metafísico.