martes 31 de marzo de 2026
COLECCIÓN SADE-BIBLIOGRAFÍA CATAMARQUEÑA

Trascendencia e iluminación en los haikus de Hilda Angélica García Karina Tapia

(Se pide al lector decodificar cada poema transcripto aquietando la respiración en la búsqueda de una visualización contemplativa)

Según Alberto Silva, el haiku es un tipo de poesía muy curiosa ya que es breve -su estructura métrica es de 5, 7, 5, es decir 17 sílabas en 3 versos-, muchas veces no contiene verbos y no es amigo del adjetivo aunque sí resalta el poder del sustantivo. Así, deja el cuadro pintado en un ideograma -o imagen verbal- propicio para que el lector aquiete la respiración en contemplación trascendental de la naturaleza. Esto puede llevar incluso a un estado de sabiduría Zen propuesto por el haijín, o creador de haikus, en nuestro caso la poeta local Hilda Angélica García en su obra Luciérnagas en las hojas.

García presenta una prolífica obra que reúne 120 haikus distribuidos en cuatro partes: “Mariposa del aire”, “Fuego de augurio”, “Habitaste la piedra” y “Agua fresca”, cuyos títulos revelan el código secreto del libro: el encuentro con Natura a través de sus cuatro elementos esenciales: Aire, Fuego, Tierra y Agua. Esto constituye un hallazgo y un punto de innovación de nuestra haijín, ya que el haiku tradicional se organiza según palabras kigo (Rascón, 2015), es decir palabras que dan cuenta de la estación del año de cada poema.

Sobre el elemento aire, la haijín local pinta con palabras el “aire fresco”, el “aire celeste”, “el viento” y la “brisa en la tarde”, por ejemplo en el haiku: “Perfuma el patio/cada flor en el aire./ Pétalos vuelan”, donde la contemplación se suspende en la imagen de pétalos volando en una escena de patio aromado por flores... sensibilidad, armonía, belleza que hacen imperecedero y profundo lo cotidiano del momento.

Por su parte, acerca del elemento fuego, a la haijín le duelen los incendios de campos y bosques. Por ejemplo en el haiku: “La hoguera enciende/ tristezas en los bosques./ Pájaros lloran”, donde es notable la potencia de la kireyí -o pausa- en la construcción del símbolo poético, tras lo cual sobreviene una revelación. En este caso, abruma en la contemplación el llanto de los pájaros, imagen dolorosa de la trascendencia abruptamente interrumpida por la hoguera...

En relación con el elemento Tierra, la haijín va a recuperar la “arena”, la “duna”, la “greda”, por ejemplo en: “Esa palabra/ recorre el horizonte./ Greda callada”. Bellísimo poema en la construcción de la imagen verbal ya que la palabra se hace una con el paisaje.

Primero la haijín dice: “Esa palabra recorre el horizonte”, luego viene la kireyí y finalmente se presenta la palabra que recorre el horizonte: ¡“Greda”!... En la visualización vamos a encontrar greda en el horizonte, es decir greda a la izquierda, greda al frente, greda a la derecha: greda, greda, greda. ¡Greda que recorre el horizonte! Y además hay en ello un eco silencioso: “Greda callada”. Es decir, el instante de eternidad que propone este haiku se compone de imagen verbal pero también de juego fónico… o mejor dicho, a-fónico: una palabra callada: la greda, que recorre el horizonte.

Es un haiku perfecto. Esta es la revelación, el encuentro con esa inmensidad, la necesidad de hacer silencio ante tanto...

Respecto del elemento agua, la poeta va a detallar cómo podemos encontrarla en el oeste catamarqueño: “agua de lluvia”, “rocío”, “río”, “agua de pozo”, “tormentas”, “nubes”, por ejemplo, en este finísimo haiku: “Agua de pozo./ Las lluvias buscan nido/ en los aljibes”.

La poesía de la poesía; el aljibe: nido; la lluvia: pájaro que busca guarecerse en la forma mullida del aljibe… en fin... la poesía de la poesía…

Luego observamos cómo entre los cuatro elementos de la naturaleza aparecen vegetación y fauna propias del norte agreste; entre la vegetación se mencionan el “cardón”, los “jazmines”, el “limonero”, los “yuyos”, el “algarrobo”. A su vez, entre los animales se presentan “chelcos”, “víbora ciega”, “lagarto verde”, “buey”, “cigarras”, “lechuzas”, “lagartijas”, “cabras”, “perros”, “luciérnagas”.

Y así, la haijín local va dibujando a lo largo de 360 versos la naturaleza del oeste catamarqueño en cuya inmensidad también aparece el hacer cultural humano a través de figuras como “camino”, “pueblo a lo lejos”, “el patio”, “las macetas”, “manos rugosas”, “Juega mi niño”, por ejemplo, en esta extraordinaria composición: “Alguien pasea,/ perdido en los confines/ de una mirada”, donde la trascendencia se presenta como honda mirada; la suspensión de los sentidos ya no se da solo frente a la inmensidad de la montaña, sino también frente a la inmensidad propia del ser humano en cuya mirada insondable “alguien pasea”.

Por su parte, también aparecen en el libro tiempos como la siesta y la noche… y en este marco aparecen las luciérnagas que desde su pequeñez luminiscente le dan título a la obra: Luciérnaga en las hojas.

Dice Hilda Angélica García: “Las luciérnagas,/ alumbrando el camino,/ abren las sombras”. Y más adelante agrega: “Oscurecía./ Luciérnagas se abrían/ en la quebrada”.

El símbolo trascendental que construye nuestra haijín, las luciérnagas, se relaciona con la apertura y la iluminación: “abren las sombras”, abren la oscuridad en la quebrada.

Es posible pensar y sentir que con las luciérnagas se está nombrando la iluminación en tanto despertar, autoconocimiento, sabiduría. En este sentido, la visualización de la luciérnaga puede hacernos reflexionar sobre nosotros mismos como “luz en medio de la oscuridad” (Sabate, 2020) a través de preguntas como: ¿soy luz?; ¿para qué soy luz? Y esto puede hablarnos de nuestro propósito en el mundo, del para qué estamos en la Tierra...

Más aún, la idea verbal de la luciérnaga conlleva la idea de la comunidad, ya que juntas las luciérnagas crean fascinantes juegos de sincrónica luminiscencia. Juntas son capaces de sincronizar su parpadeo, tal como podría sincronizarse una comunidad humana con un propósito común que abra luz en la oscuridad...

En definitiva, se observa en la obra de Hilda Angélica García Luciérnaga en las hojas que posiblemente su designio sea agudizar la sensibilidad respecto de los elementos esenciales aire, fuego, tierra y agua en cuanto a los secretos del territorio montañoso catamarqueño, en un lugar de trascendencia e iluminación a partir del entramado profundo de los haikus que presenta.

A su vez, estas composiciones revisten una creciente profundidad contemplativa que propician el estado de recogimiento Zen, donde la mente se apacigua para hacerse uno con la inmensidad del paisaje y de la interioridad humana.

Karina Tapia es Profesora y Licenciada en Letras por la UNCA y Especialista en Ciencias Sociales con Mención en Lectura, Escritura y Educación por FLACSO. Se desempeña como Docente Universitaria en las Cátedras Semiótica, Metodología de la Investigación Literaria y Literatura Europea II en la Facultad de Humanidades, UNCA. Es integrante de la SADE, Filial Catamarca.

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