sábado 17 de febrero de 2024
Cara y cruz

Tiempo de vacas flacas

Si algo no puede imputársele a Javier Milei es falta de honestidad: ganó prometiendo severos ajustes en el gasto público y se apresta a cumplir con ese programa, que el electorado legitimó en las urnas con cifras aplastantes. Es interesante, porque la victoria libertaria coloca a la sociedad argentina frente a su propia responsabilidad civil sin intermediarios: lo que el Presidente anuncia es exactamente lo que propuso. Nadie podrá decir que fue estafado en su buena fe, al menos por lo que se ve hasta ahora. Por lo tanto, habrá que hacerse cargo del voto.

En este sentido, entre las muchas incertidumbres sobre el futuro emerge con absoluta nitidez una certeza: los que se avecinan son tiempos de vacas flacas.

El presidente electo ha dicho que controlar la inflación demandará entre 18 y 24 meses, durante los cuales serán más intensos los esfuerzos para llegar a un equilibrio fiscal.

En tal contexto, el masivo rechazo a la denominada “casta” que consagró a Milei recrudecerá si los jerarcas y dirigentes de los diferentes enclaves institucionales no están a la altura de las circunstancias y se internan en maniobras para evitar los sacrificios que se le exigen a toda la sociedad.

“O es pa’ todos la cobija, o es pa’ todos el invierno”, como decía don Arturo Jauretche. La utilización del poder corporativo para escaparle a la motosierra hará recaer los padeceres con mayor fuerza sobre los más vulnerables y espiralará el proceso de deslegitimación que los miembros de las instituciones experimentan con toda crudeza en el ascenso de un “out-sider” que se circunscribió a impugnarlos en bloque.

El rotundo mensaje de las urnas angosta los caminos para continuar haciéndose el zonzo. Ha sido demasiado claro, no admite demasiadas interpretaciones. Interpela a los responsables del sistema y exige cambios en las actitudes de similar contundencia.

No hay margen para situaciones de despilfarro que no resisten el menor análisis, como el hecho de que la Casa de Antofagasta de la Sierra en Catamarca tenga nada menos que 80 empleados, o que los jerarcas de los distintos poderes utilicen las estructuras a su cargo para resolverle la vida a parientes, amistades y afectos arbitrariamente, sin el menor disimulo y hasta con ostentación.

Se trata de transmitir la impresión de que todos, hasta los más encumbrados, están dispuestos a poner el hombro en el difícil trance, por aquello de que “iguales cargas no pesan”: el sacrificio ha de ser parejo, y para serlo debe empezar por quienes están en situación más acomodada y en mejores condiciones para aguantar la indefectible austeridad.

En el caso de Catamarca, las señales que llegan desde Nación inducen los más negros augurios.

La poda a la coparticipación devenida de la merma del impuesto a las Ganancias y al IVA –instigada por Sergio Massa como otrora por Mauricio Macri, pero apoyada por el propio Milei en la Cámara de Diputados- se potencia por una caída general de la recaudación.

Todo indica que habrá una restricción y hasta anulación de los giros discrecionales de la Casa Rosada. La interrupción de las inversiones en obra pública es ya un hecho que repercutirá en toda la actividad económica provincial. La recesión continuará hasta por inercia, de modo que no cabe esperar repuntes en lo inmediato.

Es una oportunidad para que la denostada “casta”, que no se circunscribe solo a la dirigencia política, recupere un poco de la credibilidad rifada, antes que perdida, dando el ejemplo.

Si son “casta” es porque vivieron tiempos de vacas gordas mientras la sociedad se pauperizaba.

Tendrían que ser los primeros en ceñirse ahora que las vacas flacas se generalizan.

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