El rechazo argentino a la resolución de las Naciones Unidas que declaró la esclavitud como el “crimen más grave contra la Humanidad” no admite ninguna explicación que no sea el alcahueterismo al eje Estados Unidos-Israel de Javier Milei, autoproclamado “el presidente más sionista del mundo”.
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Servilismo paria
La Argentina no solo votó contra una resolución histórica sobre la esclavitud, sino contra su propia tradición, sus aliados estratégicos en las gestiones diplomáticas para la recuperación de Malvinas y el sentido común más elemental.
De los 193 Estados miembros, 123 se pronunciaron a favor de condenar sin matices la esclavitud contra sólo tres rechazos: Israel, los Estados Unidos y la Argentina, pero lo que exhibe en toda su magnitud la humillante posición asumida por la diplomacia libertaria es observar que entre los que se abstuvieron estuvieron las antiguas potencias esclavistas de Reino Unido, Francia, España, Portugal y Holanda. El hecho de que eventualmente pudieran requerirles reparaciones económicas por su historial negrero –una posibilidad remotísima- no fue suficiente para inducirlas a oponerse a la declaración.
Argentina, que no tiene deuda colonial ni pasado negrero a gran escala, que declaró la “libertad de vientres” en la Asamblea del Año XIII y abolió definitivamente la esclavitud en la Constitución de 1853, diez años antes que los Estados Unidos, se degradó en el rechazo.
No es novedoso. En marzo de 2025, Israel, EE.UU y Argentina fueron los tres únicos países que rechazaron en una resolución simbólica por el Día Internacional de la Convivencia Pacífica. En noviembre, el trío volvió a coincidir en el rechazo solitario a una resolución sobre la erradicación de la tortura. En diciembre, el grupo se pronunció en contra de una resolución que celebraba el papel que cumplen las cooperativas en el desarrollo.
La posición en este tema de la esclavitud volvió a exponer el micro-bloque en la asamblea de la ONU, pero además afianza a la Argentina de Milei como protagonista de un servilismo paria: es la única nación del mundo que sigue falderamente las directivas de Donald Trump y Benjamín Netanyahu.
La Cancillería argentina no es una sucursal de intereses extranjeros; es una sucursal de los intereses de Israel y los Estados Unidos. No se trata de una alineación estratégica; es una subordinación total e indigna sin parangón en el planeta.
En su desesperación por complacer a Trump y Netanyahu, Milei ya involucró al país en la guerra de Irán. Ahora, al negarse a condenar la esclavitud como crimen de lesa humanidad, despreció a los 55 países de la Unión Africana que se enfilaron tras la propuesta de Ghana junto a América Latina, China, Rusia, India y el sudeste asiático.
Estas naciones son las que, año tras año, le dan a la Argentina los votos necesarios en el Comité de Descolonización para exigir que Londres se siente a negociar por Malvinas.
¿Con qué autoridad moral o política se puede pedir el apoyo contra el colonialismo británico después de negarse a reconocer el mayor crimen colonial de la historia? Se entrega el capital diplomático que sostiene el reclamo histórico por las islas a cambio de una palmada en la espalda de Trump y Netanyahu.
Milei sobreactúa lealtades que nadie le pidió, se babea en adulaciones mientras sacrifica décadas de prestigio en derechos humanos y pone en riesgo la seguridad nacional. Ha convertido a la Argentina en un satélite ideológico de dos líderes que comienzan a enfrentar severos problemas en sus propios países debido al extremismo de sus posiciones geopolíticas, que han sumergido al mundo en una tenebrosa incertidumbre.
Al libertario todavía no se le recrimina con suficiente énfasis su servilismo militante, pero la hora llegará en algún momento. Allá él. Ojalá que el precio que tenga que pagar la Argentina se reduzca sólo al oprobio internacional de ser gobernada por un patético alcahuete.