La abrumadora victoria que logró Juntos por el Cambio en las PASO de Santa Fe impacta...
La abrumadora victoria que logró Juntos por el Cambio en las PASO de Santa Fe impacta sobre un peronismo que ya perdió los gobiernos provinciales de San Juan y San Luis y las PASO en Chaco. Las generales santafesinas serán en septiembre, pero cuesta suponer que el oficialismo pueda revertir la diferencia de 35 puntos que le sacaron allí sus antagonistas y conjurar el ascenso a la Gobernación de Maximiliano Pullaro, más aún cuando su candidato a la Gobernación, el senador nacional Marcelo Lewandowsky, quedó tercero.
Juntos retuvo Jujuy, ganó las PASO en Mendoza y no pone en juego Corrientes en este turno. Todavía faltan las elecciones de la Ciudad de Buenos Aires, donde el justicialismo no ganó nunca desde la autonomía.
De tal modo, independientemente del resultado de las Presidenciales, la coalición iniciará el ciclo 2023-27 gobernando al menos siete distritos, con la posibilidad de sumar a Chaco y un par más, aparte de la Capital de Córdoba, que se define este fin de semana. Con Santa Fe se afianza un esquema institucional y territorial que nunca tuvo, cuya gravitación definitiva en el Congreso surgirá de las nacionales de octubre.
El peronismo santafesino paga caro el sesgo ideológico que el kirchnerismo impone a la Casa Rosada. La provincia está tramada por el flagelo de la criminalidad narco, pero es esencialmente agroganadera y agroindustrial. La agresividad kirchnerista contra el campo y las medidas tomadas en consecuencia incide en su electorado con particular potencia erosiva. La paliza que recibió el peronismo fue general, pero en las regiones más vinculadas a la actividad agrícola y ganadera alcanzó ribetes catastróficos.
Unión por la Patria tuvo un respiro con la unificación bajo la candidatura de Sergio Massa, pero Santa Fe es el tercer padrón electoral del país y el compañero de fórmula del ministro de Economía, Agustín Rossi, proviene de allí.
Es una derrota mucho más hiriente, y con proyecciones más inquietantes, que las de San Juan, atribuida a la intervención de la Corte Suprema de Justicia que impidió la candidatura a un tercer mandato de Sergio Uñac, o San Luis, encapsulada en la disputa entre los hermanos Rodríguez Saá.
Se manifestó además el domingo con más claridad lo relativo de las encuestas para pronosticar resultados.
Si bien el triunfo de la versión local de Juntos por el Cambio se auguró, casi ninguna encuestadora marcó la envergadura de la paliza, y ninguna la amplia ventaja que en la interna de Juntos Pullaro, enfilado con Horacio Rodríguez Larreta, obtuvo sobre Carolina Losada, el crédito de Patricia Bullrich.
Los encuestadores explican que los errores se deben a la “baja de respuesta” que obtienen en sus sondeos, debida a la retracción del interés por la política. El fenómeno es reflejo de la apatía electoral, que se manifiesta en niveles de abstención importantes para un país con voto obligatorio, y el rechazo expresado por el voto en blanco.
Como si hubiera un electorado con el cuchillo bajo el poncho, que espera hasta el final para decidir el instrumento más eficaz para aplicar su castigo.
Los libertarios de Javier Milei, que suponían haberse consolidado como canal de repudio en bloque a la “casta política”, sacaron en Santa Fe los mismos paupérrimos resultados que en las otras elecciones desdobladas: poco más del 3%, con Edelvino Bodoira.
Hay algo bullendo en la sociedad que la política no alcanza a interpretar, y por lo tanto a representar.
De ahí la importancia de ir marcando los vectores que comienzan a insinuarse en este 2023 de calendario fragmentado. El principal desafío tras las elecciones pasa por la construcción de un sistema que reconcilie a la sociedad con sus instituciones políticas.
A la política ya no le alcanzará con mantenerse, como hasta ahora, a la defensiva y cuidando sus porotos.