El nuevo poemario de María del Rosario Andrada contiene una mirada contemplativa sobre la Puna catamarqueña. Pero la belleza aparece como fundamento para denunciar la verdad sobre los peligros del saqueo extractivista.
Por Jorge G. Tula
El nuevo poemario de María del Rosario Andrada contiene una mirada contemplativa sobre la Puna catamarqueña. Pero la belleza aparece como fundamento para denunciar la verdad sobre los peligros del saqueo extractivista.
Al leer El huevo del flamenco (Vinciguerra, 2025), de María del Rosario Andrada, surge el deseo de volver a la pregunta inicial: ¿Qué es la poesía? O también: ¿Cuál es la naturaleza del lenguaje de la poesía? Y ¿por qué ella parece señalar las cosas, los seres y los fenómenos del mundo de una manera diferente, original, como a soslayo del decir habitual, tantas veces cristalizado y despojado de lo que podríamos considerar “verdad”?
Algunas respuestas sobre estos interrogantes nos las ofrece la tradición de la crítica literaria. Otras -que son las que nos interesan más- resultan de adentrarnos en el universo de sentidos que se entrelazan en la obra de nuestra poeta. La poesía suspende el modo de actividad habitual que tiene el lenguaje, que es producir información. En la poesía el lenguaje es contemplativo, lo que significa un uso pasivo, vuelto sobre su propio esplendor. El esplendor del lenguaje es, precisamente, lo que define a la poesía.
¿Por qué nos puede interesar lo que tienen para decirnos los poetas, en un mundo que se derrumba por el horror de las guerras y de la sobreexplotación de los recursos naturales?
A lo largo de gran parte de sus poemarios, María del Rosario Andrada ha fundado una poética basada en la sacralidad del mundo y en el retorno a un tiempo mítico de la existencia.
Como ella misma reconoce en el prólogo del libro que -diremos ahora- está dividido en siete partes o momentos que construyen un gran relato mitológico sobre el paraíso perdido andino poblado de seres vivos en riesgo de extinción, El huevo del flamenco cierra una saga conformada por anteriores poemarios: Los Cánticos de Otmerón, que presenta el entramado de la Conquista y Colonización; Los Señores del Jaguar, adonde narra los tiempos de la llegada de Hernán Cortés al reino mixteca; Profanación en las alturas, en que señala la belleza efímera de la Puna; y finalmente la trilogía conformada por Huayrapuca, la madre del viento, Suri patitas largas y Wanaku, referidos a deidades centrales del universo diaguita.
Cómo logra la poeta esta coherencia de temas tiene que ver con sus preocupaciones vitales, con su compromiso ético-político alrededor de un universo que parece venir en derrumbe, desde hace siglos, por la acción humana. ¿Cómo salvar ese mundo? La respuesta parece ser la contemplación, el abrazo a sus seres y paisaje, el rescate impulsado por la conciencia de hermandad que nos vincula con la Puna desde nuestros orígenes biológicos, históricos y culturales. Pero fundamentalmente, la recuperación por la memoria, es decir, la imprescindible transmisión a las nuevas generaciones de la necesidad de valorar y preservar el paisaje, el agua de los glaciares y los cientos de especies que allí habitan, de los que no estamos disociados sino que somos parte de su ser.
Ahora, si nos preguntamos por qué María del Rosario Andrada titula su libro de esa manera, responden varias hipótesis: la primera, representa una metáfora de un mundo en riesgo de extinción. Segunda, describe un microcosmo que contiene a pequeña escala toda la magnificencia del macrocosmo, como el aleph borgiano. Tercera, propone una mirada: es la de la vida latente, en potencia, la perspectiva que la poeta elige para narrar y describir la situación de peligro de un mundo en profanación por el saqueo; a la vez que para hacer notar que la esencia, lo verdaderamente perdurable se encuentra en la belleza de la vida que se desenvuelve en lagunas y salares volcánicos.
¿Y si el mundo pudiera ser descripto y narrado desde lo pequeño, desde lo micro y no desde lo macro? ¿Y si la carga de mostrar la diversidad del universo fuera puesta sobre un ojo vulnerable? Algún poeta japonés se preguntó hace siglos qué es la vida sino la pervivencia de lo efímero, las mutaciones del cosmos que ocurren a cada instante, en la alternancia entre la belleza y el dolor.
Respecto del dolor, la poesía contenida en este nuevo libro de Rosario es el relato de un doble despojo: del territorio y de la Historia, es decir de la Memoria. Por lo tanto, la poesía es un discurso sobre el develamiento de la verdad. La belleza contemplativa del lenguaje funciona en estos poemas como un medio, como una excusa para la “desocultación del ser” (Goethe) y un fundamento para la verdad. Por eso cobran sentido las palabras de Inés Aráoz en el epígrafe de la primera parte, que hablan de vuelo que se aleja mientras el tiempo se detiene, y del deseo de llorar.
Los poemas no llevan título, hay ausencias notacionales que potencian lo sugestivo de la segmentación de los versos libres y forman todos un solo río de imágenes.
Todavía es la noche del mundo, en que las imágenes surgidas de la memoria ancestral se aparecen para dar sostén a la nueva vida. A lo largo de sus siete partes, los poemas tienen gradualidad narrativa dada por pequeñas escenas que recortan un macro relato del despojo, que es lo que la poeta quiere contar. En principio, sobresale un campo semántico del temor, que opera mediante una selección léxica precisa que permite transmitir una experiencia de mundo.
La analogía del miedo con una serpiente es siempre eficaz y funciona como una representación arquetípica del temor psíquico. Sin embargo, en el mundo andino la serpiente es bicéfala y representa el orden cósmico. Para imponer equilibrio frente al desorden que en el territorio provoca la Conquista surgen los caciques diaguitas. Se trata de una parte del relato que tiene anclaje en la historia regional, en lo referido a las Guerras Calchaquíes que ocurrieron entre 1560 y 1667: Rebelión de calchaquíes/ porque envenenaron/ la lengua (p. 24).
El poema dice la lengua (hoy podríamos reponer mentalmente el agua) porque la conciencia mayor es de que la acción de los españoles dañó no solamente el paisaje sino la cultura, alterando irremediablemente la construcción identitaria basada en la cosmovisión originaria.
La acción destructiva y el extractivismo avanzan sobre el paisaje y sobre los filamentos de vida que lo entretejen. La acción antrópica es descripta como devastadora y suena como una advertencia.
Más allá del temor, la actitud contemplativa y de esplendor sobresale en estos poemas. Parece un lugar común decir esto pero es real: la poesía es por naturaleza esperanzadora porque sensibiliza mediante la belleza y con eso contribuye a crear conciencia frente al dolor. En este libro, la imagen quizá de mayor esplendor describe el vuelo de los flamencos: Cuando se elevan en bandadas/ la porción del aire/ se detiene (p. 40).
En esos momentos, en esas escenas, el tiempo se detiene como ocurre con el tiempo primordial mítico, y la actitud contemplativa del yo se apoya en la animización de la Naturaleza, que está viva siendo parte de una gran conciencia. Las imágenes y la belleza descriptiva activan la sensibilidad hacia los animales y las plantas (se nombra a la pupusa), a la par de despertar la memoria geológica, el conocimiento sobre cómo se originó el paisaje actual de la Puna catamarqueña.
Uno de los poemas que funciona como epílogo contiene claramente la advertencia sobre un futuro apocalíptico, sin agua, sin vida, sin identidad: en el final de los tiempos/ no habrá días ni noches/ sólo la oscuridad eterna/ enseñándonos/ que olvidamos el único/ sacramento/ la vida. (p. 76)
El epígrafe de la tercera parte del libro es una cita de un poema de María Negroni que habla sobre el “concierto del mundo”. Nos preguntamos cómo podríamos oírlo, ser testigos de su polifonía. ¿Será que miramos solamente, sin escuchar? ¿Que no vemos los hilos secretos, lo subterráneo, su esplendor? ¿Que no atendemos lo suficiente el dolor del mundo?