Disgusto. La polémica por el pago de licencias opacó al triunfo de Patricia Bullrich en el Senado.
Si las concesiones a los gobernadores y el sindicalismo fueron interpretadas como indicios de un sensato pragmatismo aplicado por el Gobierno libertario para obtener la media sanción de la Reforma Laboral en el Senado, el artículo 44 del pago menguado de licencias por enfermedad reluce como una exhibición de torpeza inaudita.
En principio, conviene aclarar, porque no ha sido precisamente torpe quien introdujo la controvertida cláusula, aprovechando la confusión que se apoderó del debate debido a la treintena de modificaciones introducidas al texto original.
Si no fue así, el artículo 44 debería anotarse como la más acabada expresión del surrealismo político criollo, pues se habría dictado solo.
No estaba en el proyecto enviado por el Gobierno en diciembre y Javier Milei se abstuvo de considerarlo una manifestación sobrenatural de la divinidad que orienta su gestión. Este silencio del profeta descolocó al coloso desregulador Federico Sturzenegger, que tuvo que recular en chancletas después de regocijarse por la invención cuando el propio Gobierno salió a aclarar que no tenía nada que ver con ella. Encima ahora lo denuncian por el contrato millonario de su esposa con la Cancillería.
El inciso establece que cuando el trabajador requiera licencia por problemas de salud no imputables a su actividad percibirá solamente el 75% de su salario, si el hecho que lo enfermó o lesionó fue contingente. y el 50% si la responsabiliad por el daño que pueda imputársele.
Nadie se hace cargo de la aparición del artículo 44 del pago menguado de licencias por enfermedad en la Reforma Laboral. Nadie se hace cargo de la aparición del artículo 44 del pago menguado de licencias por enfermedad en la Reforma Laboral.
Resulta que el Gobierno está en contra y analiza ahora alternativas para apresurar el trámite legislativo.
Los misterios no son tantos como para impedir la identificación de la principal perjudicada por la maniobra: la ofrenda de Patricia Bullrich a la Casa Rosada salió sucia. La celebrada Reforma Laboral no alcanzaría rango de ley antes del discurso de apertura del período ordinario de sesiones que Milei pronunciará al 1º de marzo. Quizás sí la baja de la edad de imputabilidad, que salió limpita y sin artículos 44 de la Cámara de Diputados, que preside Martín Menem, dilecto socio de la hermanísima Karina.
Ha de convenirse que, pese a su proverbial don de gentes, la senadora Bullrich se ha ganado una legión de enemigos a lo largo de su extensa y sinuosa carrera. Alguno de ellos parece haberla hecho víctima de lo que en la política anglosajona se conoce como "poison pill amendments": enmiendas de píldora envenenada, que se meten en leyes o contratos para hacerlos inviables o inaceptables.
El apuro del oficialismo por sacar la reforma antes de que concluyan las extraordinarias se conjugó con las ansiedades de Bullrich, que se salía por las orejas de las ganas de anotarse un poroto en la interna libertaria.
¿Quién habrá sido el travieso que le aguó la fiesta? Cuánta maldad.
A muchos les gusta pensar que fue algún taimado “karimenemista”, que ni siquiera tendría que ser senador: un simple empleado con inquietudes meritorias y posibilidades de meter la cuchara en la redacción del proyecto en algún momento de la maratónica jornada.
Pero no hay que entusiasmarse. También podrían haber sido los mefistofélicos kirchneristas, anémicos de votos pero con tinta en las biromes y experiencia en camándulas. O los resentidos macristas, que por algo a las horas nomás de la media sanción salió el presidente de la bancada del PRO en la Cámara de Diputados, Cristian Ritondo, a advertir que eran necesarias algunas modificaciones a lo aprobado por los senadores.
No olvidar lo obvio: la vicepresidenta Victoria Villarruel, sola o en componenda con alguna de las pandillas opositoras. Sería para festejar la hazaña que se fue el fin de semana a la chaya riojana y se fotografió con el gobernador Ricardo Quintela, tamaño réprobo populista.
Tal vez la Bullrich se hubiera ahorrado disgustos si el proyecto se debatía en comisión, sin tantas urgencias. Dada su experiencia, debería saberlo: en el juego de los tahúres, nunca se sabe quién terminará siendo el más tahúr.