Riesgo sanitario. El nivel de vacunación está 30 puntos por debajo de lo necesario para la inmunidad comunitaria.
La ignorancia sobre logros históricos de la medicina, la propagación sistemática de falsedades en redes sociales y un inquietante déficit comunicacional de las instituciones sanitarias se conjugan en el caso de la vacunación infantil para configurar un escenario que podría tener proyecciones devastadoras en términos de salud pública.
Los datos catamarqueños son más que elocuentes. La cobertura vacunatoria fluctúa entre el 65 y 70%, cuando se necesita un 95% para mantener la protección comunitaria. El pediatra Juan Carabajal, referente en la Provincia de la Asociación Nacional de Pediatría, advirtió que se producirán rebrotes de enfermedades que se supone erradicadas si esta situación no se revierte.
No es una posibilidad abstracta, sino una certeza epidemiológica: cuando las coberturas caen por debajo del umbral de inmunidad colectiva, los patógenos encuentran camino libre para circular nuevamente.
“Habrá meningitis, poliomielitis, sarampión y otras enfermedades graves. Nos estamos preparando para un brote”, subrayó tras consignar la amenaza de retorno de patologías que no solo pueden ser mortales, sino que dejan secuelas irreversibles.
Las campañas antivacunas prosperan sin que el sector público atine a diseñar un sistema capaz de neutralizarlas. Las campañas antivacunas prosperan sin que el sector público atine a diseñar un sistema capaz de neutralizarlas.
“Los daños que dejan estas enfermedades no se pueden reparar. Una vez instaladas, los médicos tenemos muy pocas herramientas para revertir sus efectos. Por eso la prevención es la única vía segura”, señaló Carabajal.
Es probable que las campañas antivacunas penetren con mayor facilidad debido a que las generaciones actuales de padres nunca vieron un niño con las piernas paralizadas por la poliomielitis, ni conocieron familias destrozadas por la muerte de un hijo a causa del sarampión, ni presenciaron las secuelas cerebrales irreversibles que deja la meningitis.
Es paradójico. Estas tragedias desaparecieron precisamente gracias a la vacunación masiva, pero su ausencia parece haberlas convertido en abstracciones: las familias ya no temen a la difteria porque nunca la vieron.
Tal desconexión con la realidad histórica crea un terreno fértil para que prospere la desinformación.
Las redes sociales transformaron radicalmente el ecosistema de la información sanitaria. Lo que antes era un rumor de pasillo ahora es un video con millones de reproducciones, un testimonio falso que parece auténtico, un supuesto estudio científico que en realidad es una distorsión deliberada de datos.
Los grupos antivacunas aprovechan estas plataformas para difundir su prédica. Instigando el miedo, difunden anécdotas dramáticas como si fueran evidencia científica, utilizan un lenguaje que simula rigor académico para dar credibilidad a afirmaciones sin sustento y esparcen teorías conspirativas. Por la lógica del algoritmo, se forman de este modo comunidades cerradas cuyos miembros refuerzan mutuamente las falacias, aislándose de cualquier información que contradiga su narrativa.
El problema se agravó exponencialmente durante la pandemia de COVID-19. La desconfianza generada por la urgencia de las vacunas contra el coronavirus se trasladó, por extensión irracional, a vacunas que llevan décadas salvando vidas con perfiles de seguridad extraordinariamente sólidos.
Frente a este fenómeno, que es global, la necesidad de un sistema tendiente a neutralizar la desinformación es imperiosa. No existe un monitoreo sistemático de las narrativas falsas que circulan, ni respuestas rápidas y efectivas que las desmientan antes de que se viralicen. Cuando finalmente llega la respuesta oficial, el daño ya está hecho: su impacto es limitado y miles de personas ya internalizaron la información errónea.
Es una deserción llamativa. El efecto las “fake news” sanitarias es mucho más nocivo que el de las que afectan a políticos y personajes de la farándula.