En Argentina se necesitan unas 5.000 donaciones de sangre por día para sostener cirugías, tratamientos oncológicos, emergencias obstétricas y otras intervenciones críticas. Aun así, la tasa nacional continúa baja: apenas el 1,15 % de la población dona, muy por debajo del mínimo recomendado del 3 al 5 %. Esta diferencia numérica impacta de lleno en el funcionamiento del sistema sanitario, porque en vez de trabajar con proyecciones se trabaja administrando la carencia, lo cual implica un riesgo permanente.
Cada donación puede salvar varias vidas porque la sangre se separa en componentes que se destinan a distintos pacientes. Pero esa evidencia convive con una práctica cultural que el país no logra modificar. La mayoría de las donaciones surge por una urgencia personal. Se dona cuando un familiar lo necesita. No por hábito, ni por previsión, ni por un compromiso sostenido. Entrevistado por el diario La Voz, el jefe del Servicio de Medicina Transfusional del Hospital Italiano, Dr. Pablo Sancassani, sintetizó el problema sin matices: “Debe haber una transformación cultural: que la sangre espere al paciente, y no al revés”. Esa frase, repetida desde hace años en distintos ámbitos, sigue describiendo la realidad con una precisión incómoda.
En Argentina, solo el 55 % de las donaciones provienen de personas voluntarias y habituales, mientras que el resto corresponde a reposición. Los expertos sostienen que, en un país donde cada tres minutos un paciente necesita una transfusión, es fundamental incorporar a más personas sanas como donantes regulares.
Un sistema que depende del imprevisto no solo llega tarde: arriesga, cada día, aquello que debería garantizar sin interrupciones. Un sistema que depende del imprevisto no solo llega tarde: arriesga, cada día, aquello que debería garantizar sin interrupciones.
En este contexto, desde hoy y hasta mañana, el Banco de Sangre de la provincia realizará una campaña especial para sumar voluntarios y compensar la caída de donantes espontáneos. La iniciativa es necesaria y se suma a otras realizadas meses atrás en la Facultad de Ciencias de la Salud de la Universidad Nacional de Catamarca, y en otros organismos públicos.
En junio último, su director, Nicolás Collantes, le manifestó a El Ancasti que la sangre es “única, esencial e irreemplazable”. “Constantemente necesitamos una afluencia de donantes”, expresó. También desmitificó una práctica frecuente: “El familiar no puede esperar que usted se acerque a donar; hay todo un proceso de preparación del componente sanguíneo”. La urgencia particular nunca suple la necesidad colectiva.
A esto se suman mitos que desalientan a muchos. Hay quienes creen que deben ir en ayunas, que la donación debilita o que se extraen cantidades excesivas. Collantes lo aclaró: “No son litros; son 450 mililitros, y el proceso dura unos 30 minutos”. También recordó que una sola donación “puede salvar hasta tres vidas” y que la conducta social tiene un efecto multiplicador: “La gente imita actitudes; si ven que muchos donan, se contagian”.
El país sigue por debajo de los niveles prepandemia y la región marca un desafío común: sin donación voluntaria y frecuente, no existe un sistema seguro. Catamarca sostiene sus reservas con equipos comprometidos y campañas constantes, pero la ecuación es conocida. Sin hábito, todo queda librado al imprevisto. Y un sistema que depende del imprevisto no solo llega tarde: arriesga, cada día, aquello que debería garantizar sin interrupciones.