viernes 21 de agosto de 2026
Editorial

Otro año que vivimos en peligro

Finaliza el segundo año de pandemia, pero si el primero estuvo caracterizado por la incertidumbre, las dudas y la angustia, el año que culmina mañana ofrece mucho más certezas y esperanzas. Puede, en principio, sonar paradójico, pero hay argumentos de sobra para un cambio de perspectiva en el análisis de la pandemia.

La paradoja mentada deriva de los siguientes números: los últimos días de 2020 los casos de coronavirus registrados en el mundo no llegaban a los 600.000. En el cierre de 2021 los casos globales superan el millón, con picos como el registrado el miércoles 29 de diciembre con más de 1.700.000. Sin embargo, mientras las muertes hace un año alcanzaban el promedio diario de más de 10.000, en estos días oscilan los 6.300. Es decir, hay actualmente casi el doble de casos, pero las muertes son mucho menos.

En la Argentina se replica este esquema, con cifras aun más asombrosas: mientras hace un año el promedio de casos diarios era de 7.100 aproximadamente, en este fin de año llegan a los casi 30.000, con picos como el de ayer jueves: 50.506 contagios. Sin embargo, las muertes de hace un año eran en promedio, tomando como referencia la última semana, 133, en estos días llega a un promedio de menos de 25.

¿Qué pasó entre diciembre del año pasado y este diciembre para que se verifique esta paradoja? Pasó, fundamentalmente, que hubo un proceso de vacunación que, si bien no produjo una baja en los contagios, sobre todo porque aparecieron en los últimos meses mutaciones del virus original mucho más contagiosas, sí logró en cambio que la inmensa mayoría de los casos fueran leves o asintomáticos. La tasa de letalidad del Covid-19 –esto es, la cantidad de personas muertas en función de las personas que contraen la enfermedad- bajó abruptamente. Y esa es una buena noticia.

La primera lección que el mundo aprendió, entonces, en este segundo año que vivimos en peligro, es que respetar los llamados a la colocación de las distintas dosis de las vacunas es la herramienta más eficaz para disminuir los peligros de internación y muerte por coronavirus. Las cifras son elocuentes, de modo que los argumentos de los movimientos antivacunas se han debilitado hasta la inconsistencia total.

La segunda gran lección es que las medidas preventivas deben ser asumidas con responsabilidad por la ciudadanía, individual y colectivamente. El Estado puede y debe- establecer regulaciones, pautas generales, restricciones mínimas, pero es deber de cada uno protegerse de la enfermedad, contribuyendo de esa manera a la salud de toda la población. No hay lugar ya para largas cuarentenas o prohibiciones de alta exigencia, porque debilitan la economía y porque la masificación de la vacunación ofrece una protección que no existía hace un año.

La esperanza es que el actual crecimiento exponencial de los contagios, tanto a nivel nacional como mundial, con muchos menos casos graves y muertes, sea el último coletazo de una pandemia que puso en peligro al mundo en los últimos dos años. Estas perspectivas más alentadoras no deben, sin embargo, hacernos creer que los riesgos se han superado. Sería un error con consecuencias todavía imposibles de mensurar.

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