lunes 30 de marzo de 2026
Editorial 

Oleada pacifista en el corazón de las potencias

La prolongación del conflicto bélico en Irán ha dejado de ser un episodio más dentro de la ya convulsionada geopolítica contemporánea para convertirse en un factor de desestabilización global de gran magnitud. Lo que en su origen fue concebido por sus principales impulsores -EE.UU e Israel- como una acción de rápida resolución, ha derivado en una guerra extendida, costosa y de consecuencias crecientemente imprevisibles.

La extensión de la guerra no solo ha incrementado exponencialmente los costos militares y económicos para Estados Unidos e Israel, sino que también ha desatado un efecto dominó en toda la región de Medio Oriente, con impactos devastadores en términos humanitarios, institucionales y productivos.

Sin embargo, en medio de este panorama sombrío, comienza a emerger un dato que merece ser destacado como potencial punto de inflexión: la reacción de las sociedades civiles dentro de las propias potencias beligerantes. En Estados Unidos, las manifestaciones contra la guerra han adquirido una dimensión inesperada. Millones de ciudadanos se han movilizado en más de 70 ciudades, cuestionando la estrategia militar y el sesgo belicista de la administración de Donald Trump.

La expansión de una corriente pacifista a escala global constituye el único elemento capaz de introducir racionalidad en un escenario dominado por la lógica de la confrontación. La expansión de una corriente pacifista a escala global constituye el único elemento capaz de introducir racionalidad en un escenario dominado por la lógica de la confrontación.

En Israel, aunque en una escala menor, el fenómeno presenta características similares. Crece el número de ciudadanos que se movilizan para exigir el fin de las hostilidades y la apertura de canales diplomáticos que permitan, al menos, una desescalada parcial del conflicto. La tendencia no se limita a los países directamente involucrados. A nivel global, se advierte una clara preeminencia de posturas pacifistas. Incluso en la Argentina, donde el gobierno de Javier Milei ha optado por un alineamiento explícito con el eje Estados Unidos-Israel, diversas encuestas revelan que más de siete de cada diez ciudadanos rechazan esa orientación en el contexto de una guerra que, en apenas un mes, ya ha dejado decenas de miles de muertos.

Este contraste entre decisiones gubernamentales y percepciones sociales pone de relieve una tensión cada vez más visible entre dirigencias políticas y ciudadanía. En un mundo donde la información circula de manera inmediata y las consecuencias de los conflictos son percibidas en tiempo real, las sociedades parecen menos dispuestas a convalidar aventuras militares de dudosa eficacia y alto costo humano.

En este contexto, la expansión de una corriente pacifista a escala global constituye, quizás, el único elemento capaz de introducir racionalidad en un escenario dominado por la lógica de la confrontación. La persistencia y profundización de estas manifestaciones públicas podrían ejercer una presión decisiva sobre los gobiernos involucrados, forzándolos a reconsiderar sus estrategias y a explorar salidas diplomáticas.

Sería deseable, en consecuencia, que esta oleada pacifista en el corazón de las potencias beligerantes continúe ganando visibilidad y fuerza, ya no como una expresión meramente simbólica, sino como un instrumento efectivo de incidencia política que contribuya a frenar la deriva belicista.

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