Se ha viralizado un peligroso desafío en TikTok que incita a varones a golpear a mujeres ante un supuesto rechazo sentimental, en una suerte de banalización de la agresión machista. La insólita y execrable tendencia es síntoma de un problema más profundo: la naturalización de la violencia como respuesta frente a la frustración masculina. En vez de propiciarse la tolerancia a la negativa, ciertos espacios digitales promueven la idea de que el rechazo humilla y debe ser castigado.
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Nadie tiene derecho al afecto ajeno
Las redes sociales amplifican el resentimiento hacia las mujeres con una velocidad inédita. Como los algoritmos tienden a premiar lo extremo, lo escandaloso, lo que genera reacción inmediata, contenidos misóginos o agresivos encuentran audiencias enormes, especialmente entre adolescentes y jóvenes en etapas de formación emocional. Investigaciones académicas han señalado que los sistemas de recomendación y el tiempo de visualización influyen en lo que TikTok muestra a cada usuario, favoreciendo la proliferación de materiales problemáticos.
Por eso sería ingenuo reducir la cuestión a un simple “cada uno elige lo que mira”. En entornos diseñados para captar atención, los desafíos virales funcionan como mecanismos de contagio social. La lógica del like, de la validación grupal y de la pertenencia puede empujar a jóvenes inmaduros a reproducir conductas que, fuera de pantalla, implican delitos y daños reales graves.
Es responsabilidad de las redes detectar y remover con rapidez contenidos que promuevan agresiones físicas, amenazas o humillaciones por razones de género. También deben fortalecer canales de denuncia y colaborar con autoridades cuando existan conductas delictivas.
Pero además de las medidas vinculadas a lo tecnológico, la respuesta central debe ser educativa y cultural. Padres, escuelas y comunidad necesitan formar jóvenes capaces de mirar críticamente lo que consumen en línea, comprender cómo opera un algoritmo, cómo se manipulan emociones, y cómo ciertos discursos disfrazan violencia de humor, con la monetización como telón de fondo.
Los expertos aconsejan incorporar en escuelas contenidos obligatorios de ciudadanía digital, consentimiento, vínculos sanos y prevención de violencia de género. También capacitar a docentes para detectar señales de radicalización misógina o de propensión a la violencia simbólica, promover conversaciones familiares frecuentes sobre redes sociales, enseñar a denunciar contenidos violentos y a no compartirlos, porque cada reproducción amplifica el daño, y fortalecer dispositivos de atención psicológica para adolescentes captados por comunidades de odio o violencia.
También corresponde recuperar una verdad elemental que a veces parece olvidarse: nadie tiene derecho al afecto ajeno. Ser rechazado forma parte de la experiencia humana. Aprender a tolerarlo con dignidad es señal de madurez.
Una sociedad seria no puede mirar con displicencia estas tendencias, porque es inevitable que la violencia simbólica, si se exacerba, se convierta en violencia física real.