Hace unas semanas tuve la suerte de leer un libro maravilloso, llamado “El minotauro se toma un rato para fumar”, de Steven Sherrill. Es una novela que nos presenta la curiosa premisa de que el minotauro, ese monstruo mitológico que se alimentaba de vírgenes y vivía encerrado en un laberinto hace miles de años, vive en la actualidad en el sur estadounidense, en un barrio pobre, y trabaja en la cocina de un restaurante familiar.
Su vida está muy lejos de la altura mítica de su leyenda, sufre el mismo tedio vital y las mismas frustraciones de cualquier otro tipo que llega justo a fin de mes. La mayoría de la historia se centra en escenas de vida casi cotidianas, con poca intensidad dramática, recreando a la perfección el desaliento y la monotonía de una existencia vulgar en la figura de un personaje mitológico.
Su lectura me remitió, inevitablemente, al cuento de Borges, “La casa de Asterión”, y a lo curioso que resulta que dos obras literarias tan distantes entre sí en el tiempo y el lugar puedan utilizar el mismo recurso de dos formas diametralmente opuestas, para llegar a un destino muy similar.
La novela de Sherrill es extensa si se tiene en cuenta la banalidad de la mayoría de lo que relata, mientras que el cuento de Borges es económico y en un par de páginas hace referencia a la dimensión épica de la historia. Ambas aluden a elementos similares de la condición humana (el peso desasosegante de la soledad, la sensación de vacío ante el hecho abrumador de la existencia, entre otros contratiempos) y son en definitiva otro capítulo de la larga tradición literaria de hablar del monstruo para hablar del hombre.
Ahora bien, debo reconocer a Sherrill la audacia para entrar en análisis que Borges –siempre reacio al trabajo- eludió por completo. La extensión de “El minotauro se toma un rato para fumar” le permite entrar en detalles que a Jorge Luis seguramente le daba pereza escribir, como la forma en que el Minotauro se viste teniendo en cuenta el obstáculo de sus cuernos (una criatura condenada a vagar por la eternidad en camisa) o la forma en que tiene que utilizar periódicamente crema humectante para que no se le reseque la franja de piel en la que su cuerpo pasa de hombre a toro.
Y como suele pasar con la buena literatura, la lectura de estas obras, más que iluminar el asunto, me ha hecho consciente de mi ignorancia sobre él (quizás ambas cosas sean lo mismo, claro). Me asaltan muchas más dudas que antes, cuando el minotauro no era objeto de mi reflexión, sino otro ser mitológico fácil de ignorar.
Ahora, en cambio, me desvelan los misterios de Asterión ¿Era un hombre con cabeza de toro o un toro con cuerpo de hombre? ¿Era el primer therian de la historia? ¿Por qué comía humanos si debía ser herbívoro? Tantas preguntas, tan pocas respuestas, tan poco tiempo.